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Bowery 315, en el Lower East Side, ciudad de Nueva York. Allí funcionaba en la década del ‘70 la emblemática locación considerada cuna del punk: el CBGB. Su recepcionista, Roberta Bayley, cobraba solo 40 dólares por cada noche en la que debía cortar tickets para que el público ingrese a ver bandas que, aunque forjaron la escena punk, no abrazaron la etiqueta ni se asumieron como tales como sí lo habían hecho las bandas de Londres. Claro que ese dinero no le alcanzaba para pagar el alquiler, el mismo problema que atravesaban los artistas que ella comenzó a retratar con su Pentax cuando se dio cuenta que algo interesante que pasaba desapercibido, estaba comenzando a gestarse. Desde el 7 de septiembre, las fotos de Roberta pueden verse en la muestra “Ramones & CBGB – del caos a la cultura” que se exhibe en el Centro Cultural Borges hasta el 30 de este mes y, como no podría ser de otra forma en la ciudad que expresó el mayor fervor por Los Ramones, sus fanáticxs la recibieron enérgicamente y concurrieron a la muestra para conectar con aquellas épocas en las que, como Roberta señala, “el rock and roll tuvo por última vez, quizás, una escena under”.

Por Andrea Florencia Leal

Foto de portada cortesia The music photo book store


“Wrong” escribe Roberta Bayley y redondea su nombre mal escrito en la contratapa de un vinilo del primer disco de Ramones, edición argentina. Debajo, claro, firma el autógrafo que le pidieron. Testigo silencioso y parte del nacimiento del punk neoyorkino, Roberta sabe que hoy puede – y debe – hacer que su nombre figure, que no es aquella que pasaba desapercibida por no ser una fotógrafa profesional sino el testimonio viviente de una escena cuya relevancia se fue macerando con el paso del tiempo, pero que en los ’70 estaba bastante ignorada. Resaltar su nombre, corregirlo, remarcarlo, es también, recalcar su decisión de no haber negociado sus fotos en aquel momento: “Bob Gruen estaba ahí porque era amigo de los New York Dolls pero ya era muy famoso y seguramente les cobraría. En cambio, yo era nadie así que podía tomarles fotos por nada y nada era la cantidad de dinero que tenían para pagarme. Si una compañía te paga para sacarlas, se queda con tu trabajo y ya está. Pero estas fotos son mías aunque no me hayan ayudado a pagar el alquiler en 1976”, dice a sus 68 años desde el pabellón III del Centro Cultural Borges, en el que se exhiben sus fotos hasta el 30 de septiembre en el marco de la muestra “Ramones & CBGB – Del caos a la cultura”, que propone un viaje al mítico bar que nació para pasar música country y bluegrass pero que terminó por convertirse en el símbolo de un género musical que abandonó el sobre-lirismo, el glamour y la pose.

El nombre de la muestra que tiene lugar por primera vez en nuestro país resulta, al menos, curioso: un movimiento de rebeldía y contracultura que hoy forma parte de la cultura oficial. La dueña de aquella Pentax Spotmatic de segunda mano con la que inmortalizó a la escena punk de Nueva York, parece encontrarle la vuelta a ese asunto y explicarlo entre sonrisas cálidas e irónicas: “En ese momento estábamos tratando de ganar plata y la única motivación era pagar el alquiler, no nos rebelamos contra nada”. Es que ninguno de los artistas que conoció siendo recepcionista del CBGB fueron famosos ni amasaron grandes fortunas. Roberta se topó con bandas como Television, Johnny Thunders & The Heartbreakers, Richard Hell & The Voidoids, The Cramps, Blondie, Talking Heads, Teenage Jesus & The Jerks solo por nombrar algunas. A excepción de Blondie o Talking Heads, ninguna vio un peso ni tenía gran cantidad de seguidores. “Los Ramones tocaban para 40 personas. Nunca fueron grandes, no sonaban en la radio y eso los obligaba a salir de gira o como teloneros lo cual tampoco funcionaba porque les tiraban cosas o los abucheaban. En cada pueblo al que iban, de algún modo, sembraban un mensaje en los que los veían de ‘Ah, no parece tan difícil, ¿por qué no armamos una banda?’ En Argentina encontraron su lugar, fue en 1987”, explica quién sabe que no son casuales las muestras de cariño y reconocimiento del público local que colmó la inauguración de su muestra, un evento auspiciado por Coca Cola, esa vieja conocida que en 1996 decidió ofrecer una promoción en la que se podían canjear diez tapitas por una entrada para el show de Ramones en River, lo que derivó en un centro de canje colapsado y ante la ausencia de las prometidas entradas, se desataron pedradas, piñas, corridas y saqueos, el famoso “pogo violento en Florida y Lavalle”.

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Rock & Roll, glitter y glam

“Todo empezó en Nueva York”, afirma Roberta sin rodeos como sentenciando el debate acerca de la ciudad en la que se dio origen al punk. Y esa seguridad se apoya en los tres años en los que vivió en Londres. Nunca le gustaron los recitales en grandes estadios aunque la deslumbró el primer show multitudinario al que asistió en la capital inglesa: Iggy Pop en el Cinema de King’s Cross porque sus amigos de San Francisco, “The Flamin’ groovies” eran la banda soporte. Vio pequeñas bandas en bares y pubs, allí conoció a su primer novio cuya banda “The Blockheads” lideró los rankings con el single “Sex & drugs & rock and roll”. Cuando se mudó a Londres, en 1971, aun no era fotógrafa, trabajaba como mesera en un bar vegetariano al que solía concurrir Malcolm McLaren, ya que “Let it rock”, su boutique de ropa estilo ‘50’s y vintage, se encontraba a unas cuadras, hasta que decidió cambiar el nombre de la tienda debido a que el look había comenzado a atraer a los llamados Teddy boys, de tendencia política conservadora y racista, y para ahuyentarlos, comenzó a vender prendas y accesorios sexuales y eróticos. Allí empezó a trabajar Roberta durante los feriados y fines de semana. No fue casual que fuera el mismísimo Malcolm Mclaren la mayor influencia en el aspecto controversial del vestuario de los New York Dolls, a quienes no les importaba usar trajes de charol rojo y salir con banderas con la hoz y el martillo en un momento en el que el comunismo era como un diablo en Estados Unidos: “Malcolm y Vivianne vinieron a Nueva York a traer algunas cosas para vender en su tienda. Cuando estaban en la boutique entró Sylvain, guitarrista de los NY Dolls, se hicieron amigos y Malcolm empezó a pasar más tiempo con ellos. En 1975 asesoró musicalmente a Paul Cook y Steve Jones, que eran sus clientes, y les presentó al bajista Glen Matlock que era empleado del local los sábados. Así nacieron los Sex Pistols”. Roberta une una historia con otra con la misma velocidad que ese torbellino de tres acordes, guitarras distorsionadas y melodías agresivas y crudas, que había despertado al rock de su letargo. Y con el mismo efecto: querer escucharla una y otra vez. Y así como se detiene para contar el inicio de Sex Pistols, es capaz de describir aquella gira en 1978 en la que recuerda a Sid Vicious en su peor momento tratando de dejar la heroína, pero tomando mucho alcohol y cortándose todo el cuerpo. Pero siempre vuelve al punto de partida por el que fue consultada: “Hasta abril de 1974 no había nada llamado punk en Londres. Era solo rock and roll, glitter y glam. Recién lo viví cuando volví en 1977 para fotografiar algunas bandas amigas, fue entonces cuando conocí a Elvis Costello y una banda llamada Dr Feelgood”.

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Cuando llegó a Nueva York, la primera banda que vio en vivo fue New York Dolls, quienes, según ella, inspiraron a otros músicos para empezar a tocar y crear en un contexto en el que los clubes solo buscaban artistas que supieran hacer covers y canciones populares del Top 40. No fue hasta el surgimiento de la revista “Punk”, que la movida que empezaba a generarse, obtuvo nombre y visibilidad. La publicación encabezada por John Holmstron y Legs McNeil, quienes conocieron a Roberta cuando era recepcionista del CBGB, contenía la narración de historias y fotonovelas con los y las protagonistas de la escena combinando texto con historietas y dibujos. “Al contrario de Inglaterra donde rápidamente se abrazó la etiqueta Punk y las bandas eran parecidas entre ellas en estilo y en ideas políticas, en Nueva York convivían muchos estilos. The Ramones no tenían nada que ver con Blondie, Blondie no tenía nada que ver con Talking Heads y ellos no tenían nada que ver con Patti Smith. Todo surgió por la necesidad que tenían las bandas de salir a tocar en vivo. Y la revista Punk hizo estallar todo”. Roberta comenzó a trabajar en esa publicación luego de que John y Legs le ofrecieran visitar su bar a cambio de eludir el precio de la entrada al CBGB. Ella aceptó y en su bar compró una de sus revistas que contenía una nota a Lou Reed. Sin saberlo, estaba sosteniendo en sus manos aquellas páginas en las que desplegaría toda su creatividad y donde publicaría la foto más icónica de Ramones.

“Los Ramones no nos reímos”

Un par de filas de sillas están dispuestas de frente a una imitación a escala de la entrada del CBGB, en el Centro Cultural Borges. Suena de fondo “Dancing with myself”, el clásico de Billy Idol, y algunas personas van ocupando las sillas vacías. Roberta Bayley brindará una charla abierta, responderá preguntas del público y firmará autógrafos. Luego de un breve silencio, llega la primera pregunta, poco usual para romper el hielo: “¿Por qué en la foto de la tapa del primer disco de Ramones, Tommy está sobre un escalón?”. Lo que parece una pregunta intrascendente obtiene una respuesta interesante y con anécdota incluida. Roberta explica que ellos solo posaban y ella registraba, nunca les decía qué hacer: “En la foto se ve que Tommy, que era el más petiso, está arriba de un escalón y Joey, que era por lejos el más alto, está como encorvado. Si Tommy no estaba así quedaba muy desproporcionada, pero logró naturalmente esa proporción y eso es lo mágico. En la misma cinta hay fotos de Dee Dee amenazando a sus compañeros con un palo lleno de caca de perro que previamente había pisado”, explica con voz casi afónica luego de haber brindado varias entrevistas a diferentes medios.

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Roberta cobró solo 125 dólares por la famosa foto, que en principio, no fue pensada como tapa, ya que cuando el disco estuvo listo, la compañía contrató a un fotógrafo profesional pero las fotos no les gustaron para nada a los miembros de la banda que, inmediatamente, recordaron la sesión que habían hecho con Roberta para la edición N°3 de la revista Punk. “Eligieron dos fotos: la de la tapa y una donde se están riendo. La segunda foto salió de circulación porque al salir el disco la usaron un par de veces y era algo así como ‘Los alegres Ramones van a cantar para vos”. A Johnny no le gustó que se vuelva muy popular y dijo ‘No, los Ramones no nos reímos’, y así fue, nunca más volvieron a sonreír para una foto”, explica la mujer de cabello rojo fuego que se anima a bromear aun sabiendo que durante 30 años la discográfica la estafó utilizando sus fotos sin ningún tipo de pago.

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No es la única tapa de disco a cargo suyo que generó algún tipo de controversia. Para Parallel Lines, el tercer disco de Blondie, Roberta tomó fotos de cada integrante por separado para que luego cada uno elija cuál quería para componer la imagen grupal. Todos eligieron una toma en la que lucían muy serios, incluso Debbie Harry. Sin embargo, el manager eligió cada foto y la banda no lo supo hasta la salida del disco. Sonreír no era algo muy punk: “Pensemos en Richard Hell and The Voidoids, ¿alguien los vio sonreír? O The velvet underground, no hay una foto en la que se los vea alegres”, dice quien luego recuerda que la Rolling Stones catalogó a la tapa de “Blanck generation” de Richard Hell and The Voidoids como la peor tapa de un disco. “Al menos  fui número uno en algo”, dice con una mueca que pude envolver ternura, humildad y un porte intimidante simultáneamente.

Roberta Bayley sabe que sus fotos se mimetizan con los objetivos y el espíritu amateur de los artistas allí capturados. Tuvo una cámara, casi nada de estudio y preparación y no se sintió limitada a la hora de sacar fotos, del mismo modo que los músicos comenzaron a tocar por el solo hecho de tener instrumentos y ganas de hacerlo. Nunca entendió por qué las personas se sienten intimidadas por la lente de una cámara, tampoco entendió por qué la sociedad pretende que haya una teoría detrás de una obra, ni por qué se le niega el acceso al arte a quien no es profesional. Pero tiene algo claro: el punk no se sometió a esa mecánica predecible en la que todo se derrite por el ardor propio de lo que alguna vez fue fuego y hoy es plástico negro petrificado: “El punk sigue vivo. Yo no sabía nada  respecto al léxico del arte, solo tomo fotos, no tengo una filosofía, solo espero que sean buenas. Y eso es punk, hacer arte sin la venia de las instituciones”.

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Fuente: words seem out of place

El movimiento desde adentro

La memoria de Roberta Bayley es un campo de minas. No hay nada que detenga ni haga olvidar dónde y cómo explotaban las noches eternas, fiestas privadas y bandas irrepetibles. Así, es capaz de mencionar en minutos aquello que diferenciaba y distinguía la esencia de cada músicx: el vestido de cebra de Debbie Harry – a quien describe como la mujer más hermosa del mundo – que fue encontrado en la basura y no tuvo dudas en ponerse, The heartbreakers con sus pechos ensangrentados con jarabe de chocolate para generar la idea de “véalos mientras están vivos” porque eran personas que tenían la reputación de estar empujando los límites todo el tiempo; o el ímpetu de quien era su pareja en aquel entonces, Richard Hell, bajista de Television, a la hora de encarar con desfachatez la oportunidad de tocar y allanar el camino para otras bandas en el epicentro del punk en el Lower East Side: “Cuando Television grabó su primer disco, consiguieron un manager y un día caminando por el barrio encontraron el CBGB, un lugar al que solían ir viejos alcohólicos, profesionales y Hells Angels. A Richard le ofrecieron tocar los domingos  por la noche y le preguntaron si hacían música country o blues. Dijo que sí, pero mentía. Así empezó un movimiento de jóvenes que iban a chequear las nuevas bandas”.

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Las calles porteñas de microcentro se visten de un aura desolador pasadas las ocho de la noche. Los alrededores al CC Borges combinan el silencio con el movimiento que proviene de la peatonal de Florida, y a pibes revolviendo containers de basura con la calma post hora pico que antecede al huracán de otro día laboral. Adentro, paradójicamente, un grupo de personas de todas las edades observan con atención fotografías de jóvenes que también solían patear calles malolientes de suburbios de Nueva York, que se movían en la turbiedad de la noche de un barrio que no estaba bien visto ni transmitía ninguna seguridad. Entre esos veinteañeros se encontraba Roberta, era una más y ninguno le prestaba atención a su cámara. Fue así cómo logró retratar a lxs artistas de la escena en situaciones íntimas. “En el CBGB no había lugar para los fotógrafos, tenían que ir bien adelante y sacar entre el público, como podías porque ese lugar les correspondía a los fans, había que sacar fotos rápido y salir. Cuando estábamos haciendo sesiones trataba de no demorarme, los músicos se aburren y pierden naturalidad”. Allí radica el patrimonio histórico de sus imágenes, en haber registrado el movimiento desde adentro. Por eso, cuando se dio cuenta que ya no habría más espontaneidad sino trabas para poder retratar momentos únicos e insólitos, decidió distanciarse de la fotografía: “Todo se había convertido en MTV, en un acto muy pulido y orquestado. No podría pasar un rato con Prince, por ejemplo, y no quería convertirme en una fotógrafa profesional, tener un estudio y sacarle fotos a bandas que no conocía. Así que sencillamente seguí adelante haciendo otras cosas”, afirma quien en la actualidad solo retrata a sus perros con su Sony A7s y sonríe  cada vez que observa el cuadro de 30×70 pulgadas de la portada del disco de Ramones que tiene en su casa, después de haber alcanzado la satisfacción de haber hecho lo que quiso y de disfrutar las consecuencias a miles de kilómetros de Nueva York.

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Foto: Rubén Digilio

_ Today your love, tomorrow the world. – le dice alguien que fue a visitar la muestra y se le acerca para sacarse una foto con ella.

_ Exactly. – responde.

>> “RAMONES & CBGB- Del caos a la cultura” se puede visitar hasta el 30 de septiembre en el Centro Cultural Borges, Viamonte 525, Capital Federal.

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