La sinopsis alerta: “veinticuatro horas en Punta Esquina, la frontera entre el Barrio Obrero y La Villa. De sol a sol los rotos pasan, y tanto es lo que pasa, que no hay quien lo aguante”. En el inmenso hall de la sala Martín Coronado del Teatro San Martín, Derrocando a Roca entrevistó a Alberto Ajaka autor y director de Los rotos,  su más reciente trabajo con el Colectivo Escalada que sostuvo durante dos meses cada fin de semana en la Sala A del Centro Cultural San Martín. Concentrado en cada respuesta, pensando en voz alta y generoso en el diálogo, en esta charla abre la cocina y profundiza los detalles de su forma de hacer teatro.


Por Andrea Beltramo

Realización audiovisual y fotos Marcelo Javier Moreno

Jesus died for somebody’s sins but not mine

Meltin’ in a pot of thieves

Wild card up my sleeve

Thick heart of stone

My sins my own

They belong to me, me (…)

Patti Smith – Gloria

Alberto Ajaka habla como un motor que se pone en marcha, rugiendo. Regula, arranca, avanza, se detiene a pensar. Sostiene el rugido. Hace largas pausas, busca la palabra justa. La ve y la atrapa. En un puño, en su mirada. Sostiene. Espera. ¿Prudente?, no. ¿Astuto bien pensante?, tampoco. Impresión a primera vista, ¿mérito de quien observa o generosidad de quien se muestra con cierta transparencia?

No le interesa el discurso solemne, ni bajar línea, no tiene ningún interés en seducir con la pose pesimista de quien está de vuelta de todo, lejos de eso. Anda con las escamas a la vista, no esconde la herida ni el deseo de reparar tanta destrucción y, advierte, que él también puede ser un desborde difícil de aguantar por su forma de pensar la escena como un espacio interminable de investigación.  “El laboratorio no cesa durante las funciones. Yo me gano el pan actuando, así que, los viernes y los sábados, en este caso particular no puedo estar. La providencia es bendita en ese sentido porque si yo estuviera no sé si sería bueno”.

_ ¿Irías a todas las funciones?

_ Sí…, sí…, sí… Tal vez elegiría alguna que no, alguna semana… para no aturdir tanto, ¿no? Porque es el momento. En una obra muy compleja. Y tiene algo la obra que solo, creo yo, una de esas cosas que a mí me interesan especialmente, que es abordar algunos problemas de lenguaje teatral, de lenguaje escénico que me parece que, nosotros, ahí estamos rozando un problema muy complejo, lo estamos viendo ahí… Por lo menos estamos en esa zona de verlo, que es un montón y a la vez no es nada, por todo lo que queda por delante.

Los rotos, una obra que el Colectivo Escalada presenta como “un grotesco fantástico”, con un elenco de once personas que interpretan casi treinta personajes y en el que, avisan en el programa de mano, “dentro de lo que se pudo, hicimos lo que se nos cantó”. Y de eso sigue hablando Ajaka en la entrevista, de cómo hicieron para contar esta historia colectiva de unas personas que pasan por una esquina, se encuentran al pasar con las heridas abiertas, la rabia despierta, la picardía como estrategia y la carcajada como antídoto. “No es la instalación de la escena” lo que más le importó, cuenta Ajaka, sino justamente dar cuenta del devenir de esos seres durante veinticuatro horas y “entender cuál es el tiempo necesario para abonar esta idea de que el relato es el pasaje por el paisaje”. Y así, llegó a la decisión de pensar ese dispositivo escénico de la esquina en punta, que tiene por concepto la austeridad, que abre dos diagonales y un espacio cerrado al que no se podrá acceder con la mirada, el baldío, y busca el equilibrio en la tensión entre lo que no se dice pero se está contando.

IMAGEN I -Fuente Colectivo Escalada - Ph. Gaspar Kunis
Colectivo Escalada – Ph. Gaspar Kunis

_ La otra cuestión fue, es, Aristotélica: veinticuatro horas sin apagón. El apagón hubiera jugado una herramienta de muchísima utilidad pero también hubiera condenado a que ese oscuro, por más que fuera a cuchilla y durara un segundo, ripiara el relato, es decir, que estuviera secuenciado a partir de ese oscuro. Y… si sos honesto, deberías entonces inmediatamente pensar que ese oscuro tiene un peso dramático en la escena que lo podrías obviar, con lo cual, al volver a la luz, por más que sea un segundo de fracción, deberías dar cuenta de lo que no pasó, de lo que pasó mientras no viste. En tanto, estás haciendo una elipsis, estás tratando con el negro, elipsar. Y hubiera entrado en la información, la letra, el texto. Y la información esa, en general, salvo que se escriba muy bien y, aun así, abre más de lo que cierra, ¿viste? Es decir, el tipo viene y cuenta algo que le pasó y entonces se empiezan a abrir líneas, líneas, líneas… y yo quería que las líneas que se abrieran, que son muchas porque son veintisiete o veintiocho personajes, creo, en fin, se narran. Con diferentes relevancias, podemos decir que hay una docena de protagonistas.

_…que van apareciendo en horizontalidad…

_ ¡Ah! La mecánica en la aparición de los personajes, para que permitiera que el que hiciera el personaje, porque cada uno tiene dos o tres personajes, le permitiera hacer cambio de vestuario y todo eso. Entonces, todo fue dirigiéndose a esa búsqueda, digamos. De encontrar, de lograr, ese pasaje del día completo en esa esquina y en la vida de los rotos. Para que el conflicto no sea un punto de encuentro, quiero decir, es organizar una máquina. Si bien es cierto que sobre la mitad, en el último tercio, empiezan a funcionar como una especie de máquina donde van aconteciendo cosas que los involucran a todos y eso es otro interés mío que está más desarrollado en el uso de la música… yo quería que llegaran a eso por casualidad, sin ningún objetivo en común. En tanto es el día que está pasando, con ellos ahí.

_…claro, incluso se nota en el elenco, como si les pasara el día en el cuerpo, más que el tiempo de función…

_ ¡Sí!, pensé mucho también, por lo menos en este laburo en particular, cuando la materia del teatro es el fenómeno de la actuación, no digo exclusivamente, pero es lo que importa, digamos, es el fenómeno vivo. Y el trazo y el gesto del actor son… como un monito en un zoológico… vamos a ver eso a un teatro, de alguna manera. Si…en lugar de tirarle una galletita, pagamos una entrada. Pero, digo, volviendo al punto de la actuación y del espacio: esa esquina… Yo no quería que se convirtiese en un hogar.

_ ¿cómo sería eso del hogar?…

_ Quiero decir, en la esquina donde paraban los muchachos y todo eso, sino que fuera de todos y no fuera de nadie. Por eso también ese triángulo milagroso del baldío y ese poder sobrenatural y su propia identidad. Un ente vivo. Por eso también la pulcritud de los muros y retirar toda la información posible en relación a eso. Limpiar y dejarlo muy pulcro tuvo también que ver con que la pobreza es abundancia, abundancia de pobreza, la pobreza es abundante. Es un pensamiento bastante primigenio que organizó un poco por dónde íbamos a ir. Es decir, vos ves una villa y vos ves un estallido de colores y de materiales y de acumulación de cosas…inservibles, precarias, una cosa muy clara son los cables, nosotros en nuestras casas escondemos los cables, están detrás del muro, empotrados.

_…una arquitectura de la urgencia, dice una amiga mía…

_ Exacto… ¡exactamente! Entonces por muy barroco que sea el espacio nunca podría dar cuenta de esa realidad. Por lo pronto había que sintetizar y poetizar a partir de ahí. Eso va a tener también el vestuario, su nivel de estridencia, en tanto… no podíamos abusar tampoco.

_ Eso me encantó de los personajes…ese límite

_ Fundamentalmente. ¡Fundamentalmente! de los personajes.

_…no son caricaturas…

_ ¡No! Porque la parodia no tenía lugar… porque no se puede dar cuenta, no se puede dar cuenta, no se puede, no se puede dar cuenta. Ni El marginal, ni Pizza, birra, faso, ni Los rotos, ni nadie, puede dar cuenta de eso. La realidad ¡estalla de sentido! Entonces uno lo único que puede hacer es posarse humildemente ante eso y encontrar la posibilidad de poetizar desde algún otro lugar.

_…claro…

_ Pero por límite, por límite, de no hacernos los que… En ese punto, el punto de actuación está todo el tiempo interrogado. ¿A quiénes estamos encarnando? Es muy difícil responder esas cosas y hay que hacerlo con mucho respeto. Pero no es una cuestión de respeto biempensante, es una cuestión de respeto por el propio trabajo. Es que, yo hago esto, no sirvo para nada. Entonces, lo único que puedo hacer, es hacer esto bien. Más allá de que lo haga mejor o a veces peor pero, digo, no puedo descansar en el guiño, eso no es el gesto, ni el trazo. El gesto y el trazo están pensados con la realidad aparente y la comprensión política que hacés de esa realidad. La lectura política que hacés.

_…está tensado en la actuación…

_ Exacto, en la actuación no podíamos exacerbar el grotesco. No podemos olvidar el drama y tampoco… la intención. A mí me sale siempre en tono tragicómico o de comedia dramática, no sé, entonces… el intento es des-solemnizar, por eso es que tanto horror te dar risa y tanta risa te da horror. Nada más que por eso, no porque no me pueda reír yo de un villero. Yo me puedo reír de un villero, ¿cuál sería el problema?, y me puedo reír de un príncipe, del presidente y de quien quiera y otros se reirán de mí. No es ese el problema. El asunto es que yo no me puedo reír del teatro, no me puedo burlar de la escena teatral. El teatro sabe más que yo, impone sus reglas. Entonces, la demanda actoral tiene que ver con no entrar a hacer la gracia, que es una tentación, en tanto, los personajes son muy queribles. Porque debemos saber que, en realidad, no los queremos cerca, después, cuando salimos a la calle Corrientes.  Cruzamos de vereda. Entonces tiene que causar también el horror necesario. Y en ese punto, ¿qué se puede adoctrinar?, ¿qué puedo hacer yo en relación a la pobreza?

 

“Se tiene que reparar”

no hay peor cárcel que la mirada del otro

(…) hasta las veredas sufren por
esa multitud que se queja de la lluvia
porque moja su ropa nueva
porque los retrasa en el trabajo…
aunque el mundo es más grande de lo que dicen
percibo que nos achicaron el tiempo…

César González, Ciudad panóptica (fragmento)

 

La experiencia de ver Los rotos es una combinación incómoda entre los que se siente, lo que podría ser, lo que conmueve porque no se enuncia, lo que sorprende y da risa, y lo que se mueve en el cuerpo como novedad y oportunidad poética para abrir el juego de lo propio y lo ajeno, la otredad en escena. Esos otros, esas otras, que no son patria ni nada, que no son promesa del mañana, que interpelan con descaro, con arrogancia, y cuidadosa alegría. Excelente el trabajo de todo el Colectivo Escalada en su coreografía de encuentros y desencuentros, la polifonía que se activa con cada personaje y el equilibrio para presentar los hilos que unen las historias de los rotos. Ahí están,  justo adelante, con límites. Sin panfletos ni diagnósticos, con la justa distancia que ubica la ficción a la realidad. Esa que pone a funcionar la máquina interior donde, como en Yira, yira, “verás que todo es mentira, que nada es amor… y que al mundo nada le importa…”

­_Todos los personajes narran una denuncia desde los márgenes, no son ni políticamente correctos… sin embargo…

_ …es una reflexión que tiene el personaje de La Negra, la villera que está contenta de ser villera, no sé si contenta, quiero decir, pero la que desde ese lugar lo que dice justamente es que “el curro de los discutidores es que no entendás”. Lo que pasa es que si tenemos que hablar y reducir…“la conversación es una sola y siempre es la misma: la miseria que siempre somos… en el sentido de la guita”, ¡en el sentido de la guita!, no en el sentido humano. “Lo que pasa es que éramos menos”, dice. Entonces, esa reflexión está permitida en tanto que ese personaje lo dice desde adentro y se asombra, y hasta se preocupa de que haya otros que estén viniendo más, más y más. Y en ese punto, es una cosa muy básica, en la vida uno va… nuestra vida de clase media va perdiendo un poquito la noción de eso donde el único índice que nos debería importar es cuánta gente sale de esa situación tan precaria, ¿no? Si es que, qué se yo, si es que algo importa, importaría eso.

_…y sí…

_ Mirá, yo lo único que he visto, tengo cuarenta y cinco años, es mayor empobrecimiento y mayor precariedad en la pobreza, y ahí está el hip-hop del payaso Totatola que dice: “una vez fuimos pobres y hoy ni la pobreza nos queda”. En todo caso, si hay un dolor al cual, respetuosamente, Los rotos intenta poner la mirada es en la destrucción de los sueños que yo conocí en mi infancia, de gente que pasaba por la villa, justamente, para pasar hacia otro lado.

Juancito es el personaje que interpreta Fernando Contigiani García, un pibe que vive en la calle, dentro de un coche, medio coche, en realidad. Es el testigo de lo que va pasando en la esquina, el elegido para recibir pequeños gestos que salen del interior del baldío en forma de milagros: un pollo entero cuando tiene hambre, una pelota y un bidón de nafta para poner en marcha el auto con el que llegó a la esquina una vez y se le paró sin volver a arrancar. Sin dudas, es un personaje que atraviesa el cuerpo, que rasca hasta el hueso. Fanático del fútbol, de Independiente y del Bocha… Es un personaje en el que Ajaka profundiza con cierto detalle en esta entrevista…

_ Es tremendo, es el personaje más incómodo, el que despierta piedad, empatía…

_ Juancito es un muchachito, un personaje, se dice de él que vino, que tenía hermanos… que su madre… se construye una rara… es un negador de la realidad. Ahí la inteligencia está en Natalie, la inteligencia está en la retardada, porque el muchachito, que es el personaje con el cual uno se conmueve y compadece, digamos… No se le puede reclamar nada. Es un negador, con el piecito así ¡no podés jugar a la pelota, pibe! Por otro lado, es tan digno, todo lo que uno entiende por dignidad que vos decís, ¡sí, dale pibe, no aceptés nada!, ¡no aceptés nada!, ¡bancatelá!, ¡morite de hambre!… tiene algo del Cristo, ¿no? En ese punto mesiánico.

_ Se lo sacrifica de hecho…

_ Se lo sacrifica de hecho. Pero él se pone, no es la víctima sacrificial, probablemente sea la víctima sacrificial porque se ofrece, ¿no? En este caso, aún más como el Cristo.

_… si…

_ Sí… parece ser que si vino con un auto y el auto se instaló ahí,  sería una explicación que no me importa para nada y se me está ocurriendo, te lo juro, ahora, que si acepto lo que dice en circunstancias, eh… yo soy muy, muy, estricto con todo lo que se dice, y que no haya fisura. Que no haya contradicciones que no sean buscadas en esto no puede haber fisuras. Pero entonces, para bromear nada más, si uno aceptara que llegó la mitad del auto como dice el personaje de Mariela, en un momento entonces podemos aceptar que desapareció, que aquella madre a la que se refiere es su madre María que ascendió, porque él dice que un día estaba así flaquita y se la llevaron, que él tenía otros hermanos que se tuvieron que quedar con la tía…

IMAGEN II - Fuente Colectivo Escalada - Ph. Gaspar Kunis.jpg
 Colectivo Escalada – Ph. Gaspar Kunis

_ Y que es parte del milagro él… no es que es un milagro sino que es parte del milagro…

_…sí, sí… y eso estuvo bastante temprano. En realidad, yo lo que quería y después lo saqué, era que Juancito era un Cristo que salía y vivía en el baldío, que a la mañana se iba a laburar y vendía escobas. Entonces cargaba las escobas como una especie de cruz. Me imaginaba esa imagen, un tipo que vendía escobas, que sea Jesús…

_ Me hacés recordar un esclavo de Miguel Ángel… una escultura donde la cruz no lo contiene a él sino que él la carga por delante, como abrazándola… que es muy tremenda…

_ En realidad, ¡claro! En realidad la cruz… ellos llevaban el patíbulo, el tronco, no cargaban con toda, bueno, no el tronco, justamente… y todo tenía que ver con eso de si no era Jesús un hacedor de cruces, esto está en la novela de Norman Mailer, El evangelio según el hijo, en las dos primeras páginas del libro, y que, por eso desde hace unas funciones… se le agregó un poemita a la obra que dice: “vean la montaña en su inmensa majestad, el sol de la mañana abría mi hogar, el río más allá, sus golpes de agua y piedra que me invitan a nadar pero en mí árbol las hojas tristes están porque él bajo sus sombras se ha tendido a descansar, ¿sabrá el hombre malo lo que es el mal?”

_ La dimensión de los milagros es muy linda, es muy interesante, simples milagros que contienen nudos tremendos de las historias… el coche de Juancito, ¡es un alivio que arranque ese motor! Afecta el cuerpo, como si se repara algo, finalmente…

Es que se tiene que reparar, digamos, se tiene que reparar, se tiene que reparar. ¡Bienaventurados sean los pobres porque de ellos será el reino de los cielos! Así que, yo creo… en eso, no porque crea en el dogma, pero no tengo en otra cosa mucho mejor que creer.

 

LOS ROTOS

Ficha técnica 

Autoría: Alberto Ajaka

Dirección: Alberto Ajaka

Asistente de dirección: Hernán Ghioni

Producción: Silvina Silbergleit

Asistente de producción: María Villar

Compañía: Colectivo Escalada

Elenco: Fernando Contigiani García, Luciana Mastromauro, Georgina Hirsch, Leonel Elizondo, Sol Fernández López, Luciano Kaczer, Camila Peralta, Gabriela Saidón, Karina Frau, Andrés Rossi y Darío Levy

Escenografía: Rodrigo González Garillo

Música: José Ajaka y Alberto Ajaka

Vestuario: Betiana Temkin

Iluminación: Adrián Grimozzi

Fotografía: Gaspar Kunis

 

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