Actuar es un pasaje de lo real a lo imaginario, no siempre seguro, y algo fantasmal o chamánico en la relación con el  personaje. Vero Barr trató de que en Los deseos, muerte y redención cumbiera las actrices rompieran con la imagen que tenían de sí mismas y no fueran directamente a la caracterización ni al disfraz, sino conseguir que vayan a lo medular. Así, cada viernes, la sala El Ópalo fue absorbida por un clima de interpelación generado por cuatro personajes que logran atravesar desbordes morales frente a un crimen. Vínculos políticos entre mujeres, sus contradicciones y los deseos expuestos sin ningún velo. En esta entrevista, la directora de la obra se pregunta cómo hacer carne el dolor “porque eso no está en lo dicho, sino en todo lo que empieza a operar por fuera de lo dicho”. Ah, y lo más interesante: toda una puesta en escena inundada por la retórica  cumbiera.

Entrevista por Andrea Beltramo


Desde hace algunas semanas, en la sala El Ópalo, al menos seis mujeres, entre actrices, directora y autora, ponen en escena una historia incómoda, absolutamente incomoda. Entre pasacalles y tubos fluorescentes. En una rápida revisión de la ficha técnica se reconoce un esfuerzo más amplio y compartido con otras personas: es la dimensión colectiva del hacer teatral. Y una de sus dimensiones políticas, una toma de posición.

La sinopsis oficial presenta la pieza de esta forma: “cuatro mujeres en una peluquería de barrio, en medio de la noche que les cambia el presente para siempre. Todas se ven envueltas en un episodio que las obliga a entrar en la marginal frontera entre lo permitido y lo prohibido, un fatal acontecimiento que las acorrala contra sus propias decisiones: violentas y ridículas, absurdas y místicas; para escapar de la desesperación. Pero estar juntas va a ser lo más poderoso que pueden hacer para cumplir los deseos que pidieron, cuando el presente no las amenazaba con la muerte. Esta es una historia de crimen, milagros y sobre todo, cumbia; que primero las asalta, después las posee y finalmente, las salva”

IMAGEN I

Matilde Campilongo, Florencia Colace, Patricia Rivero y Olivia Torrez son: Myriam, Mabel, Maribel y Vilma, las protagonistas de una historia donde las mujeres matan. Una de ellas acaba de matar a su pareja y entra en escena diciendo que afuera está el cuerpo del muerto, que lo arrastró hasta ahí, que no sabe qué hacer. Las amigas tendrán que acordar, negociar y pensar la mejor estrategia para ocultarlo. La cana no es aliada, abogados y fiscales no entran al barrio. ¿Qué hacer con el muerto?, ¿qué hacer con las heridas que deja el muerto en sus cuerpos? Piden un milagro. Que se vaya, que desaparezca, que se lo trague la tierra. Da igual justificarlas o condenarlas, eso no depende de quien mira. Cada cual sabrá qué hacer con sus límites y desbordes morales. No es un panfleto, es teatro. “La gente no quiere sentir tanto”, dijo Cristina Banegas[1] citando a Alberto Ure. Algo imposible en esta pieza, porque esta es una obra que se atraviesa sintiendo.

Vero Barr, directora de Los deseos, muerte y redención cumbiera, a partir del texto de Nadia Ethel Basanta Bracco, presenta una puesta que no seduce, interpela. No da descanso sino que agota, asfixia. Permite respirar sólo cuando las actrices bailan poseídas por la cumbia y, como Santa Teresa, entran en éxtasis místico y algo se libera entre ellas. El verbo hecho carne en ellas, que son las otras santas.

IMAGEN II_ …Cada una, las cuatro, son tremendas, conscientes de su poder. Ya, de entrada, son mujeres que matan…

_ Sí, porque nos preguntamos, ¿matamos?, ¡claro! ¿Somos malas?, ¡claro! También somos malas, somos hirientes. Y ese lugar para mí es el más divertido dentro del teatro. Pero saliendo de ese lugar común donde las mujeres terminamos con el rol subordinado o con un campo de acción muy limitadito: las chicas sienten así, piensan así, este es el lugar correcto. Incluso siendo mala. La mala de una historia es desde un lugar estereotipado de la mujer mala.

_ En la obra  está desarmada esa figura, se las muestra sin velos, con las contradicciones expuestas…

_ ¡Justamente! No ocultemos al personaje. Hablamos de violencia de género porque se trata de eso en nuestra historia pero si hubiera sido un guaso que mataba a otro guaso o una mujer que mataba a otra mujer, digo, la violencia pasa por otra categoría. Para mí esa es la tensión interna…esto va más allá del género. Es una situación que nos atraviesa a nivel humano.

_ Que se funde con otras violencias…

_ Es que, bueno, si alguien viene, en estas condiciones en donde el desamparo es importante… O sea, si una mujer, boliviana, que acaba de matar a un hombre, lleva el cuerpo a la comisaria no le van a preguntar ¿señora, fue en defensa propia? La tragedia ya no pasa por el muerto sino que pasa por cómo se va a salvar ella. La tragedia es el final. De la muerte no hay vuelta atrás, ese chabón ya está muerto. Esa tragedia está resuelta. ¿Ahora qué pasa con las que estamos de este otro lado? Porque pasa otra cosa. Cuando una mujer toma el coraje de matar al amor de su vida, o al amor, porque no quiere sufrir más, termina siendo la mala, pero hizo uso de un poder que tenemos todos. Algunos lo toman y otros obviamente no.

_ Ustedes lo tomaron…

_ Nosotras elegimos poner un personaje que mata. Una mujer que mata. Y lo hacemos con la conciencia de saber que somos mujeres que tenemos la capacidad de ponernos en un lugar de poder. Hace diez años atrás nosotras como mujeres no estábamos en el mismo lugar que hoy para decir esto, pero crear es tomar posición.

_ En ese sentido Los deseos… acompaña o, al menos coincide, con debates absolutamente coyunturales, propios de nuestro presente.

_ Sí, y está bueno reflexionar. Yo, como actriz, directora y como público, aunque no pueda escaparme del sistema de información que ya tengo, trato de que sea una experiencia que vaya más allá de mi lugar intelectual.  Por ejemplo, cuando empezamos a laburar la obra, que fue netamente desde lo actoral en un momento hicimos un ensayo abierto sin el dispositivo escénico donde nos preguntamos ¿cómo hacemos carne el dolor? Porque eso no está en lo dicho, sino en todo lo que empieza a operar por fuera de lo dicho. Entonces, pensamos en estas cosas: ¿qué es lo primero de este relato que va a impactar?, ¿quiénes son ellas?, nada menos.

Pacto entre mujeres

La antropóloga mexicana Marcela Lagarde[2] escribió:¿Qué sería de las mujeres sin el aliento y el apoyo en situaciones de crisis que son tantas? No habríamos sobrevivido a los avatares de la vida sin otras mujeres conocidas y desconocidas, próximas o distantes en el tiempo y en la tierra (…)” La autora tiene una larga trayectoria reflexionando sobre la necesidad de crear vínculos políticos entre mujeres. De acción política. Atrincherarse en esa forma de amistad que desafía ese otro pacto del que las mujeres no forman parte, el de la fraternidad, el pacto histórico entre caballeros. Las coyunturas locales y actuales extienden estas ideas de Lagarde y hoy, en todo el territorio nacional, se organizan movimientos sociales, feministas, sobre ejes políticos que nuclean a mujeres, lesbianas, travas y trans en redes solidarias de acción colectiva. En Los deseos… la historia la cuentan cuatro mujeres, fronterizas, en los bordes de todas estas identidades, mutantes en sus deseos, o como le gusta decir a Vero Barr “lo pueden todo, lo quieren todo”.

IMAGEN III

_ Hay algo muy interesante en la obra que tiene que ver con el deseo y el milagro que finalmente se les concede. Acceden al milagro juntas, pero en el caso de las mujeres no hay permiso para desear directamente, hay intermediarias, la virgencita, la santita, quien sea. Hasta con la música se negocia el deseo…

_ La música las toma, las posee. ¡Nos costó! Pero ellas pueden, tienen poder. Hay algo de la marginalidad que tiene una impunidad que empieza como eso. Yo tengo esa impunidad. Yo no deseo a un hombre nada más, puedo desear a un hombre, a una mujer, puedo ser transa, voy con cualquiera. Esa retórica de la cumbia sobre la chica, la puta, nosotras lo usamos justamente para decir, sí, yo soy todo esto y me hago cargo de todo esto que soy.  Lo puedo hacer porque para mí hay un lugar de defensa donde yo no le tengo miedo a la violencia. No hay miedo. Ellas no tienen miedo. Lo que tensa también es ese momento donde quieren irse a la mierda. Todo bien, ellas pueden hacer todo eso pero se tienen que ir. Saben que corren en desventaja porque viene la cana y se les acaba el negocio, ni siquiera porque la vida sea más importante…

_ ¿Cómo fue el proceso de laburo con las actrices para encarnar estos personajes?

_ Sobre todo con la imagen. En esta obra, algo de la vanidad tiene que quedar afuera. Yo las incitaba a que cada vez se rompieran más, que rompieran la imagen que tenían ellas de sí mismas. Son actrices que realmente se entregan a ese juego que es muy difícil, romper con la propia imagen y no ir a la caracterización, no ir al disfraz. Me interesa el juego actoral. ¿Yo puedo, como actriz, entrar a este lugar escénico que a mí me pone en una posición super vulnerable?, ¿puedo entrar?, ¿qué operación tengo que hacer yo desde la dirección para que esa actriz entre al personaje? Conseguir que la actriz vaya a lo medular. Pero a lo más medular de ella no de la idea de ese personaje. Sino de ella.

Marcela Lagarde afirma, en el texto citado:Sólo arraigadas en ese saber solidario podemos remontar la prohibición patriarcal al pacto entre mujeres o, lo que es lo mismo, a la política entre mujeres y desmontar la cultura misógina que nos configura. La sororidad emerge como alternativa a la política que impide a las mujeres la identificación positiva de género, el reconocimiento, la agregación en sintonía y la alianza. No se trata de que nos amemos, podemos hacerlo. No se trata de concordar embelesadas por una fe, ni de coincidir en concepciones del mundo cerradas y obligatorias. Se trata de acordar de manera limitada y puntual algunas cosas con cada vez más mujeres. Sumar y crear vínculos (…) Sororidad es un pacto político entre pares”. Algo que, sin duda, llevan al extremo las protagonistas de esta historia.

IMAGEN IV


FICHA TÉCNICA

Dramaturgia: Nadia​ ​Ethel​ ​Basanta​ ​Bracco

Elenco: Matilde Campilongo, Florencia Colace, Patricia Rivero, Olivia Torrez

Diseño de vestuario y escenografía: Julia Camejo

Diseño de iluminación: Gustavo Dimas

Musicalización: Alberto Salamanco

Colaboración creativa: Flavia Rossi Tápias

Fotografía: María Horton y Héctor Miti

Realización audiovisual: Johanna Raño Figuerola

Diseño gráfico: Primo Productora/ Flora Buraschi

Comunicación: Primo Productora/ Gonzalo Facundo López y Micaela Freire

Prensa y difusiónOctavia Comunicación

Asistencia de dirección: Jimena Morrone

Dirección: Vero Barr


[1] Entrevistada por Silvio Lang en el marco del Programa de Formación de Dirección y Creación Escénica de la TAE, Escuela de Arte y Oficios del Teatro Argentino de La Plata. https://youtu.be/3eRot9KbC-o

[2] Marcela Lagarde y de los Ríos, “Pacto entre mujeres. Sororidad”, en Revista Aportes para el Debate, 2006. Publicado en la Coordinadora Española para el lobby europeo de mujeres (CELEM).

Consultado en https://www.asociacionag.org.ar/pdfaportes/25/09.pdf

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