La Sociedad Rural fue, paradójicamente, el escenario en el que Agustina Paz Frontera, acompañada de Patricia Pietrafesa, miembros de Inerme Libros y Editorial Madreselva, presentó la reedición de su libro “Una excursión a los mapunkies”, resignificando una porción de ese nefasto espacio desde el que el año pasado se emitió un comunicado que catalogaba a lxs mapuche como delincuentes terroristas, para descorrer el velo y describir la lucha mapuche a raíz de un viaje que hizo en el 2006 en el cual se encontró con una comunidad que componía hip hop y punk, hacía radio y respiraba en las ciudades. Hacían, al fin y al cabo, lo mismo que ella en esa presentación: utilizar las herramientas y espacios del blanco para exponer una problemática. Eso describe su breve pero intensa obra que no es una novela, un diario de viaje, una investigación periodística, o una crónica, o quizás sea todas las opciones, aunque es lo menos importante cuando se trata de recuperar la esencia punk.

Por Andrea Florencia Leal


En “Lo neutro”, Roland Barthes decía que la pregunta es, quizás, la peor de las violencias. “Toda pregunta hace de mí una rata atrapada”, afirmaba el semiólogo. Agustina Paz Frontera estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Más de una vez leyó a Barthes y más de una vez atravesó las consecuencias de la transparencia del lenguaje, la igualdad frente a “la policía del discurso” y aquellas situaciones en las que la entrevista tiende a reemplazar a la crítica. Pero la investigación que llevó adelante para desarrollar su tesina y terminar la carrera, que dio origen al libro “Una excursión a los mapunkies”, le abrió las puertas a, como ella define, “la náusea eterna del trabajo con la pregunta”. Se dio cuenta que el desafío de trabajar son sujetxs vivxs que escapan de la facilidad de aplicar determinados modelos teóricos y el orden de una hoja de ruta, le generaba angustia a nivel personal y académico. En 126 páginas no solo indaga sobre la apropiación mapuche de herramientas winkas para luchar contra el colonialismo winka – música, radios, elementos del imperio para fugarse de la égida del imperio – sino que describe sus sensaciones a medida que avanza con la investigación, lo que extraña al haber decidido viajar, lo que le cuesta entender, lo que la hace replantearse su rol periodístico, lo que le afecta su autoestima y toda aquella pregunta y respuesta que la incomoda y la va convirtiendo cada vez más en una rata atrapada.

Agustina viajó a la Patagonia en el 2006 cuando lxs mapuche no tenían la explosión mediática que tienen en la actualidad, ese abordaje de los medios en muchos casos cómplice de una persecución feroz, de la especulación winka, de la represión y la concentración latifundista. El punk la acercó a lxs mapuche porque se unían en algo atemporal: la anarquía, el discurso, la acción contra el Estado. Pero le latía cierto miedo, parecer una estudiante herrumbrada por las lecturas antiglob dolorosas y onanistas, “una descendiente de europeos sonrojada por lo que sus ancestros le hicieron a los indios: una winka”.

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Agustina Paz Frontera. Foto: Fanu Santoro

 Haciendo dedo tuvo la oportunidad de ser levantada por una traffic que trasladaba a maestras a una escuela que quedaba hacia el norte de Aucapàn. Ninguna de ellas era mapuche pero compartían la percepción de estar viviendo una aventura. Así pudo plantearse una serie de interrogantes a raíz de un conflicto que las maestras le comentaron. La escuela Mamà Margarita, ubicada a unos 20 kilómetros de Junín de los Andes, es una escuela privada dirigida por monjas de la congregación María Auxiliadora con subsidio estatal ubicada en territorio de la Comunidad Painefilù. En diciembre de 2006 el Logko Miguel Huenuquir intimó a las monjas a abandonar la escuela antes de que finalizara el año porque consideraba que la religión católica avasallaba la cultura mapuche y violaba la ley vigente. Gracias a la intervención del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) se formó una comisión que plantea una escuela intercultural. Una de las cuestiones que el libro plantea es cómo sería una educación mapuche institucionalizada, qué implicaría la interculturalidad y una educación mixta encarnada tanto en la nación mapuche como en la argentina teniendo en cuenta que el Estado que garantiza la consecución de la legalidad institucional es, justamente, el Estado argentino y no un Estado mixto o intercultural.

 

A lo largo del libro aparecerán, como esta, varias inquietudes y reflexiones y no es para menos: la autora se encontró con mapuches componiendo hip hop y punk y utilizando las radios en las que la música mapuche se pasa a la mañana por las energías positivas que envían luz para toda la jornada laboral, en las que se escucha a los we newen, quienes dicen mapuchizar la poesía transformándola en herramienta moderna para la lucha de su pueblo, en las que escucha cómo algunxs rapean en mapudungùn, viven en Estados Unidos y mandan sus temas por Internet para que los escuchen sus peñi (hermanxs). En definitiva, radios en las que se lucha por el derecho a la comunicación con una postura que contribuya a derribar los cercos de la intolerancia.

Así, Agustina comprende más de un aspecto ligado a la comunicación: que el derecho a la misma es un derecho humano y en el caso de lxs mapuche está doblemente violado y que, frente a lo que se presentó ante sus ojos, se sentía como una estudiante ilusa intentando poner orden en aquello que en el centro tenía un hueco, que hacia que “las columnas se extravíen, que la estructura se fugue, que el itinerario se vuelva sin rumbo”.

Frente a una Sala Alejandra Pizarnik llena en el marco de la Feria del Libro, Agustina explica que la reedición de Una excursión a los mapunkies, tiene que ver con que el contexto de inclusión lavada, crudeza y represión a los pueblos originarios, invita a ser punks. Admite que la publicación de esas páginas fue, a su vez, una manera de denunciar su propio racismo y poner en evidencia la estupidez de esa concepción. Profundiza, también, en el concepto de mapunkie que tanto llama la atención y que no es para nada inocente. A su lado, Patricia Pietrafesa aporta su mirada para hacer hincapié en la importancia de hacer valer los deseos, aquellos que nos ponen en marcha, que nos ponen en la calle, que nos llevan a tomar una guitarra, un lápiz y un papel o a expresarnos en una fotocopia un poco descolorida: el fanzine, entendido como el tipo de publicación informal o producida de una forma barata que constituye otra cuestión punk, el saber que se puede acceder a todo corriéndose de las normas de la hegemonía. “Mapunkie”, entonces, hace referencia al sujetx que encuentra en estas herramientas, elementos que le proveen la confianza para tener un camino directo a lo que quieren expresar absorbiendo y resignificando la vigencia de la esencia del punk en la contracultura: su carácter cuestionador que aun persiste.

 

“Si levanto mi puño/ piensan que soy terrorista/ es por eso que lucho contra los capitalistas/ imperialistas”, el fraseo de rap de David, un chico de 17 años de Los Sauces, es ovacionado en un fogón. Agustina le consulta qué tienen en común sus líricas con las de los raperos negros de Estados Unidos y él responde, sin titubear, que se trata de la identidad como resistencia. El mérito del libro es no quedarse solo en la manifestación del deseo de despertar la esencia mapuche y que esta sea entendida por toda la sociedad, sino detenerse para analizar cada expresión, tratar de comprender qué es la esencia mapuche, cuestionar si es una identidad sustancial: “una vez que se le identifica con un pueblo-tierra-esencia, la comunidad queda amurallada dentro de sí misma. Al principio se quiso endurecer a los pueblos originarios para erradicarlos como raza, ahora ellos reclaman ser una comunidad sustancial y lo paradójico es que lo hacen cantando hip hop y rap”, explica Frontera.

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Luanko Minuto Soler. Foto: AFI Santiago

En cada párrafo se intenta llegar a una conclusión que permita definir al arte mapuche, que permita saber si hay que entenderlo como una fórmula o como una forma, como un espacio donde se pueda generar un cuerpo semántico pesado, de estudio, de análisis, que vaya generando tendencias, o como una pulsiòn. Sí, una pulsiòn que atraviesa toda técnica y tipo de configuración. Agustina se da cuenta que el Lof es una comunidad que mantiene lazos orgánicos con la naturaleza, es un organismo que hace a la comunidad, a cada momento comuniza y eso – para lxs mapuche – es saber vivir: guardar la memoria, respetar la memoria, hacer comunidad con las prácticas y los oficios, y el arte también funciona así, comunizando, como “la reelaboración de una técnica para fugar del estigma. La ciudad activa como máquina infernal. Mapuchizar la ciudad y que eso nunca se interprete como llenar la ciudad de plumas y místicos. ¿Qué es lo mapuche hoy? Una pulsiòn, un deseo de ser”.

Volver a casa supone, como cualquier retorno después de un largo viaje, afrontar las consecuencias: reparar vínculos abandonados, domar la exaltación inminente de los deseos en plena – y reciente – manifestación, buscar la mejor manera de clarificar una problemática que se presentó con cierta cercanía, desgranar una crónica y que en ese acto de volver a escuchar testimonios se pueda arribar a nuevas conclusiones – como la esencia ancestral atesorada en los orígenes del mundo mapuche, en el campo y su espíritu que sigue dejando en claro que se pueden dar batallas haciendo uso de los medios del winka, pero el mapudungùn es la herramienta que contiene toda la sabiduría del pueblo, el idioma como mejor arma – o reafirmar viejas posturas – que las ciencias sociales deberían asumir su naturaleza literaria –.

De la misma forma para lxs lectorxs, llegar al punto final de “Una excursión a los mapunkies”, supone el ejercicio nada sencillo de pensar en nuestros devaneos constantes, nuestros esfuerzos por parecer de ningún lado, las situaciones en las que priorizamos no arriesgarnos a perder un cuerpo de deseo, “un amor”, una relación, postergando el encuentro con la posibilidad de liberación política y las maneras que tiene el Estado de hacer seguro el miedo: con una libreta matrimonial, con una porción de tierra, con la incorporación cultural de un agente extraño o como Agustina sintetiza mejor: “Atar al deseo para poseerlo, pactar el amor para perderse unx mismx”.

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