Hacer teatro para expandir la vida. Es una de las tantas reflexiones que hace Clodet García en esta entrevista en la que, a partir de su obra Desnacida, propone una mirada sobre el mito de Lilith, la primera mujer de Adán antes de Eva; también sobre la memoria y la experiencia existencial del cuerpo en escena donde siente “que la vida es más vida que el resto”.

Por Andrea Beltramo

Fotos de Mariam Pessah, Eugenia García y Marta Zarza


IMAGEN II - marta zarza 8m 18
Ph. Marta Zarza Clodet, integrante de la colectiva ARDA, en la marcha del 8M, 2018.

Autora, intérprete, directora, artivista y referente feminista con especial presencia en las calles. Está siempre. Agita en todas las marchas el grito colectivo, el aullido. Y a la vez, es una más, ardiendo. Tiene un pequeño gesto, un movimiento de cabeza cuando se concentra para la escucha. En el bar del teatro Pan y Arte del barrio de Almagro a Clodet la conocen mucho. De distancias cortas, cercana, abraza fuerte y se detiene en el saludo. Es de ese tipo de personas que pregunta cómo estás y espera respuesta. Agradece los detalles a la camarera y menciona más de una vez que lo que estuvo pasando con Desnacida los últimos meses le da mucha alegría. Entradas agotadas y debate posterior a sala llena. Por supuesto que lo celebra.

_ ¿De qué trata Desnacida?

_ Hay algo que habla del estar entre mundos, de no pertenecer al mundo, de lo que está más allá del mundo. Siento que es la obra más autobiográfica que hice. No en un sentido lineal, sino que es la obra donde más desnudo mis laberintos. De hecho en un momento aparece un personaje, la madre, que aunque no se trate de la mía directamente, tiene que ver  con cosas que a mí me han moldeado. Es como si yo pusiera otras capas de lo biográfico. Las que no se narran tan linealmente, percepciones, sensaciones, y sobre todo esto que condensa la idea de la ‘desnacida’ que es la idea de no estar en el mundo, de no estar completa. De haber desobedecido los lugares asignados, la expulsión, el exilio. No poder pertenecer. La existencia plena como algo muy efímero que depende de otras y de otros.

Lo que no se nombra también existe

Adriana Carrasco, periodista, filósofa y militante feminista lesbiana, escribió sobre la obra: “en este texto, Clodet le arrebata al capitalismo lo que el capitalismo nos arrebata todo el tiempo: la experiencia de pensar la ‘negatividad’ y la ‘disrupción’. Presenta el mito de Lilith en juego con el personaje bíblico de Eva. Clodet hace su lectura feminista del mito y postula el personaje Lilith. Cuando el discurso intenta plenificar[1] y justificar ese lugar de ¿la experiencia?, ¿el pensar?, ¿la imaginación?, ¿la intuición?, sobre ‘qué es’ Lilith, el discurso colapsa. Se llena de objeto. Ese objeto colapsa porque ya no es ‘negatividad’. En medio del colapso positivo, Clodet retoma el discurso que intenta dar cuenta de la negatividad y la disrupción, de la “no-existencia que sin embargo…”. Dijo Wittgenstein  que “de lo que no se puede hablar hay que callar” y “que lo inexpresable, existe. Se muestra, es lo místico”. Clodet atraviesa esa barrera en este texto”.

IMAGEN III - mariam pessah
Ph. Mariam Pessah

_ En tu obra proponés una vuelta a Lilith, una relectura.

_ ¡Exacto! Esta obra nace de mis ganas de hacer algo con la figura de Lilith pero no sabía qué. No tenía ganas de contar una obra de principio a fin sobre Lilith pero tenía ganas de abordar su historia porque es un arquetipo que me convoca muchísimo. De hecho, lo han recuperado las feministas desde los sesenta y setenta, es la gran desobediente. Yo ya estaba trabajando con Lilith y en paralelo comencé a leer poesía después de muchos años, y una de esas poesías se llama justamente ‘desnacida’, y cuando leía ese texto pasaba algo muy fuerte en las personas y todo el mundo que sabía que yo actuaba me decía que tenía que volverlo obra.

_ Darle un lugar para que nazca, en el teatro…

_ Es que el teatro me permite una experiencia de vitalidad expandida que, a veces, en el mundo cotidiano me parece mucho más apagado. En cambio en la situación escénica estoy de una manera mucho más plena, donde siento que la vida es más vida que el resto. Pero eso dura una hora o una hora y pico. Y cuando comencé a pensar en esto, ¿cómo estar en el mundo?, ¿qué me permitía estar en el mundo?, el no encajar, la exiliada, la expulsada, digo, la desnacida también es Lilith, entonces se entrama Lilith y se cuenta la historia de Lilith desde Lilith, que es desde donde no se ha contado.

_ Es una figura femenina criminalizada, estigmatizada…

_ ¡La demonia! Lilith es eso, con habilidades de manipulación, belleza y la seducción de la sexualidad plena expresada en una mujer, y todo eso ligado al mal. Como una gran herramienta de poder usada para el mal. En realidad ella es la gran desobediente. En este sistema donde hay diferentes creencias y cosmovisiones de las personas, la religión y la tradición cultural judeo-cristiana marca todo el devenir patriarcal de los últimos siglos en occidente y el gran poder dentro de esa estructura mítica es un dios, padre, todopoderoso, omnipresente que expulsa a una mujer del paraíso por no obedecer. Entonces, la maravilla de los cuerpos míticos es que aunque obedezcan a paradigmas tan nefastos como el patriarcal, siempre hay lugar para que se exprese la disidencia. La sombra de esa misma estructura mítica, la sombra del mito de la creación, es Lilith. Que no acepta y confronta a Jehová en su desobediencia a Adán, ¡que era un pichi obediente!

_ ¿Más radical que Eva?

_ A mí me interesa muchísimo el personaje de Eva, ella también es una desobediente, pero se quedó a medias tintas, es la que desobedece y se mueve oculta. Lilith lo juega a fondo. Esto hace que después se la ligue a los episodios de aborto.

_ ¿Cómo con el aborto?, ¿qué tiene que ver Lilith?

_ En la tradición judía, cuando una mujer estaba embarazada y lo perdía se decía que la había visitado Lilith a la noche. O cuando la gestante no sentía mucha alegría por el embarazo era sospechosa de hacer pactos con Lilith para poder abortar. Después, con el devenir del mito, Lilith se convierte directamente en una asesina de niños. Bueno, no es ni más ni menos que los arquetipos con lo que se está jugando ahora. Las socorristas, las que abortamos, nos convertimos en asesinas de niños. Las que están poniendo el cuerpo por la libertad de otras mujeres, desde la mirada patriarcal, somos las asesinas de bebes.

_ En Desnacida es una gran aliada, incluso enfrenta a Eva por su tibieza…

_ Yo me reencuentro con Lilith a partir de Desnacida para pensar si esos acuerdos con Lilith se miran desde la mirada tradicional patriarcal de la demonia interviniendo, abortando, interrumpiendo lo que estaba destinado a ser, o si la recuperamos como una aliada. Como una sacerdotisa, como una chamana. ¡Menos mal que cada tanto aparece una que te dice, ¿qué necesitás?! Las socorristas somos Lilith, no te vamos a preguntar nada, vamos al ¿cómo hacemos? Y esas son alianzas que tenemos que recuperar. Obviamente, si la miro desde el lugar patriarcal es la peor, pero si la miro desde el feminismo es otra cosa, es un lugar de poder y es una gran protectora. Porque además no la veo causando aborto a quien no quiera, sino que es una posibilidad.

_ ¿La desnacida es una o son varias?

_ Para mí es una en escena con un yo inestable que trae otras voces. Como actriz estoy sola en el escenario y tengo un yo inestable. Que estalla, va, viene y trae otras voces.

Desobedecer con Lilith

Mariam Pessah, escritora, artivista feminista, es la responsable de registrar con su cámara los momentos de mayor intimidad de la presentación de Desnacida: cuando llega el público, los abrazos de quienes se reencuentran en boletería, las complicidades durante el debate, las que llegan justito cuando está por empezar porque se atrasó el colectivo o porque la vida sucede así en estos días, con prisas y amontonada de urgencias. Pero su registro trasciende la imagen y como una ofrenda para esta entrevista, escribe sobre la obra: “Una voz que luego ¿entenderemos?, será la de Lilith, nos irá llevando por un camino ondulante lleno de preguntas. ¿Qué me hace existir? ¿Si no hablo, no existo? ¿Si desobedezco, seré real? ‘Nombrame, dame un nombre, un no-hombre que me traiga mujer’. Clodet García irá jugando con la primera figura, mito rebelde de la his-herstoria. Lilith fue la mujer de Adán – antes que Eva – y como se negó a acostarse debajo de él, Dios la echó del paraíso creando el primer exilio de la historia. De esta forma la ‘desnace’. A partir de este desnacer, la autora actriz nos va tocando con sus preguntas hasta darnos cuenta que todas las rebeldes, en nuestras acciones desobedientes, le damos vida a aquella mujer a la que le fue negado su derecho a ser y estar en el mundo. ¿Sólo a ella?”

IMAGEN IV - mariam pessah
Ph. Mariam Pessah

_ ¿Asumirse feminista es exiliarse un poco?, ¿es una expulsión, un exilio interior?

_ Yo creo que es un exilio interior y exterior. No necesariamente que nos vayamos del territorio geográfico pero siento que en la medida en que venimos de familias, redes, amistades, núcleos muy patriarcales, en la medida en que el feminismo va ocupando espacio dejamos de pertenecer al clan. Y creo que es el exilio más doloroso. O sea, dejás de pertenecer. Ya no sos recibida. Ni por nuestra familia, ni por esa madre, padre, incluso por esas amigas. O en ese lugar. A mí me pasa mucho con el teatro, con espacios que yo amaba, y darme cuenta lo patriarcales que son, que eran. Sentir que esa pertenencia de tribu, de estar en un lugar que es afín se me desdibujó y lo perdí porque tiene una mirada machista que no puedo poner en diálogo con lo que yo estoy viendo. Entonces he sido la rabiosa en un montón de lugares hasta que me di cuenta que me tenía que ir. Ahí la expulsión se da desde el dispositivo, la comunidad te expulsa.

_ …por rabiosa y desobediente…

_ Toda desobediencia es un exilio. Te diría más, yo me supe lesbiana con doce años. Eran los años ochenta, después de la dictadura. Yo tenía un espacio de pertenencia, mi grupo de teatro, y de repente a los veintitrés años me enamoré de un varón. Volví a tener otro exilio. Uno cuando me declaré torta y luego otro exilio de mi comunidad torta por heterosexual, algo que nunca fui. No tenía todavía las herramientas ni las miradas feministas como para entender que era una lesbiana enamorada de un varón, porque desde ahí me vinculé, desde ahí hice familia, desde ahí me separé y me fui. Nunca más volví a estar con un varón. Pero esos años de familia aparentemente heterosexual, con suegra, suegro, madre, padre, familia, yo sentía que era una impostora. Antes de leer cualquier autora feminista yo ya sabía que todo esto que asocian al ser mujer yo no lo era, sabía que había algo que estaba recontra mal. Sentía que en el lugar lésbico había otro lugar posible y que las lesbianas no funcionaban como lo hacían la gran mayoría de mujeres que conocía en ese momento. Y no porque no amara mucho a mi compañero o no amara la familia que estábamos formando, sino que sentía que todo me exigía jugar un rol al que yo no podía responder. Entonces, eso era como un exilio secreto, estoy pero soy extranjera. No entiendo nada de lo que están hablando. Había mucho amor pero yo no entendía esas reglas de juego del mundo. Entonces, era una paria. Eso es de mucho desconcierto y mucho dolor.

_ …y de ahí la posibilidad de renacer, en desplazamientos… un poco abismal, ¿verdad? Porque existe el riesgo de enmarcarse, de salir de la frontera y habitar otra vez una identidad cerrada, plena de certezas…

_ ¡Estar presente! Porque es un acto de riesgo, no es un acto de certeza. La certeza se cierra y te desvitaliza, te mata. La certeza se cerró, ya está. El estado de pregunta es mucho más vital y creativo. Para quien sabe que no nació del todo, que hay algún procedimiento que nos va a nacer si nos ocupamos de nacer, para quienes entendemos que estamos incompletos, que nos falta, no hay lugar que nos conforme. Porque vamos a estar cumpliendo con todos los cánones, con todas las normativas, con todas las reglas del buen vivir sabiendo que estamos incompletas. Que estamos necesitando otra cosa. Y ni siquiera hay certeza de dónde está ni cómo sucede. Hay atisbos. Estamos en un tiempo en que hay atisbos, que pueden tener una potencia expansiva y una intensidad y una existencia mucho más plena que un montón de otros momentos más duraderos, lineales, en el orden del mundo cotidiano.


[1] En portugués: dar plenitud

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