Una voz única en dos espacios y dos momentos. Acompañada del sonido del kultrun o de la tranquilidad de su hogar. Anahi Rayer Mariluan y su música e identidad mapuche se expanden por los sentidos y nos detalla cómo es llevar su arte lejos de su tierra, y cómo impacta la criminalización que sufre su comunidad. Entre Buenos Aires y Bariloche responde: ¿Cómo se materializa cotidianamente la espiritualidad? ¿Cómo se convive con el dolor? Su personalidad generosa en emociones define: “vivimos en un territorio usurpado que diariamente nos recuerda quien tiene el poder”

Por Andrea Beltramo y Juan Pablo Puentes


Palermo, Ciudad de Buenos Aires. Un recital, dos voces en resistencia. Martín Raninqueo, poeta, músico y ex combatiente de Malvinas abre con una canción que rememora sus días en las islas. Las melodías de los siguientes dos temas combinan el castellano con el mapuzugun, voz de la tierra y lengua del pueblo al que pertenece la cantora y compositora Anahi Rayen Mariluan que sube al escenario justo después para recorrer las canciones de sus dos últimos discos. Kisulelaiñ (2015), que significa “no estamos solas” y Amulepetaiñpurrun (2016), ¡que siga nuestro baile!

Acompañada por Leopoldo Caracoche en guitarra y Natalia Cabello en teclados, la noche del pasado 13 de abril, en la peña que organizan en la Asociación La Paila, Anahi  presentó, además, un adelanto de lo que será su tercer disco, Mankewenüy. Está de paso por la ciudad, vive en Bariloche y acaba de terminar una gira internacional por Alemania, Chile y Perú que realizó durante 2017. Un verdadero lujo conversar con ella tras el concierto.

_ Se viene nuevo disco, ¿qué nos podés decir de él, del proceso de grabación?, ¿lo mezclaron en Bariloche?

_ No mezclamos nunca nada en Bariloche, mezclamos y masterizamos todo en Buenos Aires, ese es siempre el proceso. El disco se llama Mankewenüyy alude a un Lonko que vivió a orillas del lago Nawel Huapi en 1790 y a su estrecha relación con el ave que dio pie a su nombre: amigo del cóndor. Sale a la venta más o menos en septiembre y lo vamos a presentar en Copenhague.

_ El año pasado estuviste en Alemania ¿cómo fue la experiencia de llevar tu arte y canto mapuche tan lejos?

_ Estuvimos dos veces en Alemania, en enero y noviembre. La respuesta de la gente es casi la misma que acá porque el mapuzugun, ni allá ni acá. La diferencia es que el pueblo alemán o por lo menos la gente que se acercó estaba al tanto de lo que sucede en nuestro país, entonces no es una escucha ingenua Era gente que estaba al tanto de los atropellos que ocurren con nuestra cultura.

_ Decías en el escenario que sos parte de un colectivo artístico que asume un compromiso político. En ese sentido, ¿cuál es tu mirada frente a hechos como el asesinato de Rafael Nahuel, lo que ocurrió con Santiago Maldonado, el encarcelamiento en Chile de la mache Francisca Linconao y el machi Celestino Córdova?, ¿qué sentís acerca de la criminalización que está sufriendo el pueblo mapuche?

_ Primero, todos esos que nombraste son vecinos, entonces el lazo es mucho más cercano que el que puede tener una noticia o un eco lejano. Nosotros vemos que seguimos siendo víctimas de un estereotipo que se quiere crear, el del “terrorismo”, y no vamos a responder de la misma forma. Yo percibo que lo que reina es la tristeza, el deseo de justicia, pero ante todo nosotros estamos, y eso en definitiva es un acto de resistencia como el que hicieron nuestros ancestros.

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Hasta acá las palabras de la entrevista con Anahi después de su recital en Buenos Aires. Pero hace tiempo, en 2016, hubo otra entrevista en el cotidiano de su casa y su taller, su lugar más íntimo y con sus seres queridos. Fue en Bariloche, una tarde fría después de una gran nevada que expandió en el aire el newen del lago. Fue una larga charla que hoy publicamos por primera vez.

 “Vivimos en un territorio usurpado que diariamente nos recuerda quién tiene el poder”

Fuerte y segura, delicada en la voz y en el trato. Tiene un timbre suave y una cadencia que atrapa. Generosa en emociones. No reprime el dolor, la angustia ni la rabia. Anahi hace largas pausas, piensa, pero nunca pierde la respuesta espontánea. Imposible adivinar lo que va a decir, imposible reducirla a lugares comunes. Sabe escuchar y, a la vez, desafía la escucha. No desvía ninguna pregunta, al contrario, las expande, las completa. Su mirada sincera invita a conversar.

_ Durante la presentación del libro #NiUnaMenos – Vivas nos queremos, Moira Millán, mujer mapuche comprometida con la defensa de la vida de los pueblos originarios se refirió a la necesidad de un retorno a la espiritualidad, entendida como una trinchera, como una herramienta de lucha y de fortaleza colectiva, ¿cómo te atraviesa esto?, ¿cuál es tu relación con la dimensión política de la espiritualidad mapuche?

_ Mi trabajo está totalmente atravesado por esto. Por ejemplo, yo doy interculturalidad en una escuela y paso todos los días por un pasaje entre lagos y bajo a pedirle al agua. Bajo todos los días, sino, siento que hay algo que me faltó. Porque decir que nosotros somos gente de la tierra es como un goteo diario y permanente en la configuración del che en su tüwün. O sea, la persona en su tierra, en su origen, en su historia. Es un espacio que se fue fortaleciendo durante milenios y que se hace de forma individual y colectiva. Es un compartir esa alegría con el resto de las mujeres, no solamente de pueblos mapuche sino de la mayoría de los pueblos en sintonía con su tierra. Es sabernos hermanos, configurar esa nueva red de hermandad. Yo hago mucho hincapié desde la música en ese sentido. Hay una canción que escribí hace un tiempo donde digo que me reconozco en los ojos de mis hermanos. Cuando caminás por Bariloche o cualquier lugar de la Patagonia ves que está tu hermana y está tu hermano en los ojos. Quizás esa persona se olvidó, no recuerda quién es, pero vos sabés que está ahí, y esa es una emoción terrible. Sí, el punto espiritual se hace en un espacio muy ínfimo de la individualidad y se realiza totalmente en el espacio colectivo. Eso es maravilloso.

Su hijo está presente en la entrevista. El niño pide dulce de leche, ella se levanta y amorosamente va preparándole la merienda mientras le explica que no hay pan pero sí galletitas, el niño insiste: ¡no!, ¡no!, ¡gallletitas no! No le gustan las galletitas de arroz. El pan lo va a traer papá en un rato, le explica Anahí. Y el niño cede.

La entrevista continúa con el intercambio de anécdotas y se detiene en una experiencia acerca de la visita al cerro Tronador y la aparición de un cóndor, algo sumamente común en la región. Sin embargo, parece importante detenerse y pensar sobre la construcción de saberes en contacto con el territorio y lo doloroso que es reducirlo a las ideas de paisaje, tierras o recursos. 

_ Por eso es interesante vivir acá, en Bariloche, porque sucede que empezás a hurgar en lo que significa esta palabra, en por qué quedó acá y cómo es que no la masacraron. Las palabras, viste, esconden esa historia de la que nadie quiere levantar el velo, porque duele. Pero la naturaleza es tan furiosa que está todo el tiempo hablando. Hay algo que me gusta mucho de Bariloche que es el viento, que limpia, limpia y limpia. Y el frío, que aplaca. Como decía Rayen Kvyeh, que es una poeta, cuando se te despierta el espíritu ¡sonaste! Empieza un camino que ya no tiene retorno, que es ese camino del dolor y la contradicción, porque estamos viviendo en un territorio colonizado. Entonces, la música, que ha sido mi herramienta, es el lugar donde voy depositando todas estas preguntas y todas las alegrías. Pero es en la música, sino yo creo que enloquecería. Es muy fuerte saber que estás a trescientos años de tus asesinos, que se reproducen en otras formas para el presente. Y es doloroso ver todo lo que el pueblo argentino construye sobre nosotros. Desde izar una bandera hasta asfaltar los caminos. Todo, todo, de una manera perfecta, invisibiliza, calla y ahoga. Por eso la música. Porque es una salidera que reúne lo espiritual y lo político.

_ La música que permite abordar lo inenarrable, habitar esas otras narrativas posibles, ¿qué alcances y qué límites tiene como lenguaje?

_ En eso hay como una batalla, al menos en lo personal porque yo estudié música, pero una música totalmente colonizada, en La 440, comienzos pautados, finales grandiosos, en obras de tres minutos que reúnen un mensaje. Pero cuando vos recorrés los distintos pueblos y más aún el propio, la música tempo, no tiene afinación, no tiene finales ni principios, no tiene sólo una idea, por ahí no tiene ni palabras. Es como un universo que nos está recordando que somos otros. Yo me reconozco como una presa de las afinaciones y eso es fuertísimo, ¿viste?, porque ya no podés volver para atrás, es imposible salir de ese lugar. Entonces, yo transformo esa posibilidad heredada de la canción, esa expresión en tres minutos y la comparo con los epew, que son los relatos cortos de nuestro pueblo. Quedé en un punto medio, no puedo reconocerme como una persona que hace música de antaño. Siento que canto los dolores y las alegrías del presente. Yo me siento cercana a eso y busco sincretizar, pero al revés. Emparentar todo lo que tiene que ver con nuestra cosmovisión.

En el camino aprendí todo lo que pude, yo soy licenciada en folclore y pensaba que era investigadora y en un momento me cansé de pensar, de comparar, reunir y recopilar desde el poder que el método científico otorga a las personas en tanto convertirlas en salvadoras porque de lo contrario todo esto se pierde. La verdad es que acá no se pierde nada, señores. Acá está todo silenciado, que es distinto.

_ Ahí aparece una gran diferencia o al menos una distinción entre el canto quese presenta como espectáculo y el cantar como memoria, como espacio de creación de existencia. Como la huella y a la vez el presente de un estar en el mundo…

_ ¡Claro! Occidente crea a la cantante, la mujer sola, la mujer bella, la mujer con un poder efímero, porque es un concierto y nada más y está muy relacionado con la estética que se crea, creamos y alimentamos todos los días. Por yo quiero crear y por eso, para mí, es importante tener una dimensión de lo individual porque el pueblo al que yo pertenezco es gigante y nadie tiene el poder de representarlo solo. Lo que yo canto son solamente mis vivencias, sólo mis vivencias. Pero es importante no olvidar que el canto de mi pueblo es un canto colectivo y para eso voy buscando puntos de apoyo espirituales, porque sostenerme en este espacio de pensamiento tiene que tener mucho condimento espiritual porque, sino,  no se sostiene.

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“Si yo me tengo que definir, me defino como una traductora sonora de la realidad que vivo”

_ En un bellísimo poema de Liliana Ancalao que se llama epullafingeñifurimew (detrás de los párpados) hay unas pocas preguntas que interpelan la memoria, el estar hoy poniendo voz e historia, es un recorte, un fragmento…

chem iñchengefun?
tunté fanelai iñche ñi namun
lefüfun senchu ti pun
mulefun anka wenu mew?
chem zungu yefun?
chem uyülonkon lanüeneu iñche ñi llikakenge?
chem ayetuchen ügürufi iñche ñi falke
ka aftükueneu
trepelen ka üpül mew?
kiñe che amulpungey trafkintu mew?
kiñe che azueyew
iñche ñi wicharümüpü üküm engu?[1]

 _ Es un combate diario, yo no tengo las respuestas, por eso creo que un espacio de militancia fortalece las ideas. Sin ese lugar los artistas quedaríamos huérfanos porque yo creo sentirme representada en un colectivo que busca formas y belleza, pero si esa belleza no tiene sustento político no es nada más que algo pasajero, efímero. El pueblo mapuche, como cualquier otro pueblo, no tiene un solo momento. Son milenios de distintos momentos, de esplendor, momentos de conflicto, de mortandad, de silencio, un montón de momentos. Y así, también cargamos en nosotras un montón de mujeres. Entonces hay una responsabilidad extra cuando una se va a mostrar, ¿no? No puede ser cualquier cosa, ni exotismo, ni espectáculo… No puede ser solamente eso. Creo que ahí está la fortaleza. No estás mostrando sólo una cosa que es forma sino que estamos en un pasillo de sucesión de muchas miradas. Cuando yo canto siento que no estoy sola y siento mucha responsabilidad…

Se emociona, llora… sigue y dice que siente en el cuerpo esa responsabilidad y la compañía de esas mujeres antiguas que son parte de ella…

_ … hay tanto dolor, Andre, tanto dolor.

Repite mi nombre, como si tuviera que constatar que estoy ahí. Estoy a su lado, sostengo la emoción por pudor. Porque no siento el permiso de ocupar su dolor. Sigue hablando, sigue llorando.

_ …tanto dolor, tanto, que no se detiene. Entonces para mí la música es lo que me permite estar viva y lo que permite a la palabra revivir y recordar. Nosotros no somos un pueblo que ya no habla sino que somos un pueblo que está recordando. Y en esa palabra hay tanta belleza y tanta poesía que ayuda a vivir. No solamente a nosotros sino que compartir esa belleza y ese gran poder… sería maravilloso. Lo que pasa es que occidente y los que ostentan el poder son profundamente exitosos, entonces, ¿cómo salir de esa rueda? Tenemos que encontrar la catarsis en lugares colectivos porque de lo contrario el mundo es un lugar muy denso. La catarsis tiene que ser colectiva, tiene que haber más marchas, más canto, tiene que haber muchas más mujeres “haciendo” dentro del pueblo, muchas más mujeres cantando y claro, ¿quién es uno para andar diciendo lo que tiene que hacer el resto? Por eso me parece que el mejor camino es trabajar en sí mismo. Y a mí me sale eso, cantar a las vivencias, lo que este niño, señala a su hijo, generó en mí, por ejemplo, porque fue revelador.

_ Dijo Liliana Herrero que se canta un territorio, ¿O es el territorio que se expresa en el canto?

_ Para nosotros es al revés. Nosotros cantamos en la lengua en que la tierra elige expresarse, es el lenguaje de la tierra. Ni siquiera es un lugar que está delimitado sino que es la tierra la que canta. Es maravilloso, esa es la oportunidad de cantar en nuestra lengua, que es expresar una cosmogonía distinta y creo que ahí hay una sabiduría gigante porque entonces habitamos dos mundos en simultáneo. Y eso es maravilloso. Para mí tiene una doble lectura constante de todo lo que sucede. Y esto que me contás de Liliana Herrero me emociona porque es muy difícil autodefinirse, yo digo, soy cantora y no cantante. Las crisis, todas las preguntas, las dudas que nos encontramos en el camino no tienen que estar rodeadas de silencio sino que hay que traducir ese dolor. Ni siquiera creo que sea música. Si yo me tengo que definir, volviendo a cuando hablábamos de Liliana Herrero, me tengo que definir como una traductora sonora de la realidad que vivo. Así que, es al revés, yo no le canto al territorio sino al revés. Diste en la tecla porque Liliana es una cantante que me gusta tanto.


[1]¿qué fui yo?/¿qué delicados pies tenía?/¿que corría sobre el cuerpo de la noche-aire?/¿qué mensaje llevaba?/¿qué vértigo me hundió los ojos-miedo?/¿qué burla corrosiva tocó mi hombro y me abandonó despierta en la otra orilla?/¿alguien fue enviada en mi lugar?/¿alguien curó mis alas rasgadas por el silencio?

Fuente: http://www.latinamericanliteraturetoday.org/es/2018/febrero/cinco-poemas-de-liliana-ancalao

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