Entre la catarata de malas noticias y medidas antipopulares que agobiaron a gran parte de la población, una luz de esperanza se hizo presente en la última parte de un 2017 para el olvido. Periódicos, medios digitales y el inoxidable boca en boca se hacían eco de un gran evento de rock y poesía que haría emocionar a más de uno sin importar edad, género o clase. Se trataba de Patti Smith en Buenos Aires. Este notición que muchxs leyeron dos veces por miedo a que sea un sueño tenía un plus: era gratis, el castigado bolsillo del rockero trabajador saltaba de alegría; todo parecía genial, hasta que  la dura realidad se hizo presente nuevamente. En estas líneas debería haber una crónica, pero solo pudimos agrupar párrafos que derrochen lamento.

Por Juan Pablo Puentes, Matias Borsani y Andrea Leal


Levanten la mano quienes se quedaron sin entradas para ver a Patti Smith. Levanten la mano quienes recurrieron hasta a esa persona a la que no le hablaban hace meses solo porque sabían que iba a hacer la fila. Levanten la mano quienes no pudieron verla hace 12 años atrás y tampoco ahora. Levanten la mano quienes anoche se quedaron paradxs frente al Centro Cultural Kirchner porque escucharon que pondrían una pantalla afuera para ver la transmisión en vivo. Levanten la mano quienes se enteraron que ayer cantó sosteniendo un pañuelo verde de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito y no hicieron más que reafirmar su admiración y ahogarse en su lamento por no poder aplaudir ese gesto. Ahora bájenla y denle play a “People have the power” para transitar el jueves lo más rápido posible.

El calor de diciembre comenzaba a sofocarnos cuando nos enterábamos  que una leyenda viviente de la contracultura estadounidense vendría a Buenos Aires: Patti Smith, poeta, cantante, artista plástica, referente de movimientos pacifistas, feministas y ecologistas iba a dar dos conciertos a fines de febrero y principios de marzo en el CCK donde el año pasado se llevó a cabo la muestra Les visitants: allí podían verse polaroids en blanco y negro tomadas por la cantante – y otros 22 artistas – y escuchar su voz leyendo poemas escritos por el cineasta David Lynch, en una exhibición curada por el artista argentino Guillermo Kuitca. El primer día nos deleitaría con su poesía junto al mismísimo Kuitca y Alberto Manguel, con música del guitarrista Tony Shanahan, en la Sala sinfónica. El segundo, con su música. Para el regodeo de nuestros oídos y el placer de nuestros bolsillos, íbamos a disfrutar en vivo de las canciones que nos acompañaron durante tanto tiempo, de las letras que dispararon nuestra imaginación y de una historia que supo hacerse un lugar en nuestras bibliotecas mediante sus clásicos libros Just Kids y M Train.

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Pero, ¿por qué tanto desconsuelo? Se preguntará por ahí más de un tibio. ¿Por qué tanto revuelto en torno a esta mujer de larga cabellera gris? Dirá algún insensible. ¿Por qué el punk? Le preguntaban a Patti años atrás. Quizás su rotunda respuesta sirva también como un argumento determinante frente a los demás interrogantes: “Porque el punk es una metáfora de la libertad”. No ver a Patti Smith se siente, sencillamente, como si nos coartaran nuestra libertad.

Esta inagotable y versátil artista cuyo nombre completo es Patricia Lee Smith supo lucirse, expresarse y dejar una huella imborrable no sólo en el mundo del rock sino también en muchos de los movimientos de los cuales formo parte. Su historia comienza comienza allá por 1946 en Chicago, EE.UU. A fines de los sesenta y principios de los setenta Patti comenzó a trabajar en un sinfín de proyectos que van desde la poesía, la pintura, la actuación y, por supuesto, la música. Pero fue para mediados de los setenta que su carrera dio un gran salto a la popularidad con el recordado y ovacionado álbum Horses (1975) que se encontraba a años luz de la música que estaba de moda. Editado a través del sello Arista, fue un manifiesto de poesía, punk y rebelión, producido por el ex Velvet underground John Cale, responsable de los primeros trabajos de The stooges y The modern lovers. Durante estos convulsionados años, la cantante y poeta tejió una profunda amistad con el famoso fotógrafo Robert Mapplethorpe con quien se instaló en el Hotel Chelsea para conocer en profundidad los Suburbios y bares de Nueva York. Como bien se refleja en el libro “Éramos unos niños” antes mencionado, esta ciudad norteamericana supo ser epicentro de un emergente movimiento cultural en el cual se destacaban personajes como Allen Ginsberg y Andy Warhol entre tantos otrxs. Reconocida como una pionera del rock y del punk, nunca se caracterizó por ser indiferente frente a las injusticias, y es por eso que ha participado a lo largo de toda su carrera en numerosas campañas que van desde el feminismo y a la ecología así como también ha criticado la  política internacional tanto de su EE.UU natal e Israel, ya sea mediante canciones o declaraciones públicas. Casi sin proponérselo, insufló una renovada energía al género e influenció a toda una generación que pedía a gritos que el rock volverá a rebelarse contra el mundo.

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El día tan ansiado había llegado. Por fin tendríamos en nuestras manos las entradas para los conciertos de Patti. El jueves 22 de febrero fuimos a la puerta de Sarmiento 151 a retirar los tickets. Como somos previsores, estuvimos cuarenta minutos antes de que comenzaran a habilitarse las localidades, no fuera a ser cosa de quedarnos sin el disfrute de los recitales. Apenas bajamos del bondi el sol comenzaba a derretirnos, levantamos la vista y a lo lejos vimos una larga fila de personas. Debe ser para otro espectáculo, nos decíamos. En realidad, deseábamos que esa fila que se hacía interminable no fuera para ver a Patti Smith. Le preguntamos a un pelado de unos cincuenta y cinco años, qué esperaba esa multitud. Nos respondió lo que no queríamos oír.

Comenzamos a caminar buscando el último lugar de la fila, que oficiaba de desfile intergeneracional en donde podían verse púberes explotados de hormonas seguidos de canosos sesentistas pelilargos. Cuando por fin llegamos al final de la fila, al otro lado de la manzana que da hacia el ex Correo Central, nuestros sueños de ver un mito viviente pasaron a esfumarse lentamente. El sol continuaba partiendo nuestras cabezas cuando se acercó una señora de unos sesenta y cinco años, con la dentadura hecha a nuevo y vestida como para despegar en una máquina del tiempo y aterrizar en un recital de punk de mediados de la década del ‘70. Nos plantea la misma inquietud que nosotros minutos atrás: ¿este es el último lugar de la fila? Esa pregunta comenzó a multiplicarse por doquier, tanto que al cabo de un rato, ya teníamos una cuadra de cola atrás de nuestras espaldas. Comenzamos a llamar por teléfono a amigos para que vean si  podían reservar entradas por la página web del lugar. Las respuestas eran negativas: “entradas agotadas”, decía la web. No nos dábamos por vencidos. Seguramente habían cancelado las reservas on line por la cantidad de gente que estaba junto a nosotros tratando de obtener un ticket. El sol seguía sin dar tregua, unos pibes de una parte de la fila que se encontraba más adelante comenzaron a hacer sonar sus palmas. Nos moríamos de calor, había pasado más de media hora de la supuesta apertura de entrega de las entradas y la movida estaba quieta.  Por fin comenzó lentamente a moverse, luego de una hora y media de espera llegamos a guarecernos bajo las sombras de unos hermosos jacarandás. Ahora sí, pensamos. Estamos más cerca y encima el sol ya no destruye nuestra humanidad. En ese instante, levantamos la vista y paramos los oídos. Desde atrás de unas vallas de contención llegaban las malas noticias. Sus mensajeros, como no podía ser de otra manera, eran esos tipos uniformados que se encargan de cagarnos a palos en cada manifestación: “señores, no hay más entradas, la capacidad de la sala está agotada” nos dice uno de los policías. Si bien la decepción fue muy grande, los chistes entre nosotros fueron la única manera de sobrellevar la situación, ¿Y si hacemos como los ramoneros allá por el ‘94  cuando  la monopólica marca de gaseosas no entregó las entradas? , lo cierto es que el clima era completamente diverso al de aquella tarde en Florida y Lavalle. En definitiva los rockeros y rockeras que ansiábamos deleitarnos con este referente del arte con contenido y mensaje nos volvimos tristes a casa tarareando alguna canción de nuestra querida Patti.

¿Qué hacemos ahora? ¿Qué pasa cuando aun siendo gratuito el arte es elitista? ¿Hubiese sido mejor sortear las entradas entre lxs interesadxs u organizar un evento paralelo? Y, ¿por qué escribir estos caracteres en torno a todo aquello que no pudo ser? Bueno, una vez más, Patti puede explicarlo mejor: “¿Por qué escribo? Mi dedo, como un estilete, marca la pregunta en el aire vacío. Un trabalenguas familiar planteado desde la juventud, que abreva los juegos, los amigos y el valle del amor, rodeada de palabras, sin ritmo afuera. ¿Por qué escribimos? Un coro estalla: porque no podemos sencillamente vivir”.

 

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