Ante el inminente estreno de Blade Runner 2049, que cuenta con su director original, Ridley Scott como productor  y algunos de sus protagonistas originales como Harrison Ford, es obligado un recorrido por una sub-rama del relato fantástico que queda opacado si la película es caracterizada sólo como “parte de la ciencia ficción de los ‘80”. Blade Runner fue una expresión del cyberpunk, un género que pateó el tablero y se animó a pensar una sociedad con grandes similitudes a la nuestra, pero treinta y cinco años antes.

Por Matias Borsani


Basta de vender ilusiones

Implantes mecánicos, robots camuflados entre humanos, medios de comunicación tiranos, un deshumanizado avance tecnológico, y ciudades tenues y sucias pero a la vez completamente avanzadas, fueron algunos de los  paradigmas  planteados por  los primeros cyberpunks allá por los  años ochenta. Este grupo de escritores se propuso romper con los esquemas de una ciencia ficción anglosajona despolitizada y predecible, pero no sólo revolucionó los aspectos literarios de un género, sino que retomó  viejas prácticas contra-culturales para difundir sus ideas; fanzines fotocopiados carentes de copyright, y seudónimos para evitar los personalismos y fortalecer lo colectivo.

Para conocer un poco más de este movimiento, es fundamental comprender el concepto de  distopía, que representa lo opuesto a la Utopía, término difundido por el teólogo Tomas Moro allá por el siglo XVI, y que hacía referencia a mundos ideales sin injusticias y  tan perfectos que no cabían en la Tierra. En el caso del cyberpunk, las distopías planteadas se caracterizaron por ser realidades  futuristas  no tan lejanas, marcadas por la desigualdad, la contaminación y la falta de esperanza. El contexto en que se da el origen  de este movimiento cultural son los suburbios ingleses azotados por el neo-liberalismo, cuna del punk y tantas otras expresiones underground que sonaron fuertes en el mundo artístico.

La “sociedad del espectáculo” planteada por Guy Debord en 1967, en donde se predecía  los peligros  de una vida basada en el consumo y el exceso de confianza en los contenidos bajados por  medios masivos de comunicación, ya se hacía notar en el mundo occidental. Los sueños de un mundo mejor y posible de los sesenta se desvanecían. La cultura post-modernista con sus principios despolitizados y banales  se iban apoderando de las mentes de los jóvenes. En este contexto, el fanzine Cheap Truth, una publicación a cargo de Bruce Sterling pero firmado con el seudónimo de Vincent Omniaveritas aparece en 1983. Tuvo tan sólo diecisiete entregas pero rápidamente se convirtió en el espacio fundamental para  este emergente movimiento. En esta hoja fotocopiada  llena de contenido, los que luego serían las  grandes figuras del género debatían acerca de las nuevas obras relacionadas al estilo, criticaban colegas de otras ramas e incluso  publicaban novelas y cuentos. Uno de los detalles más interesantes es que hoy en día algunos de las personas detrás de los seudónimos siguen siendo un misterio.

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Blade Runner y Neuramante: Pilares fundamentales

Al sumergirse en el mundo del ciberpunk, ya sea en su faceta cinematográfica o  literaria, no se hacen esperar las metrópolis futuristas con gran polución, desigualdad e individualismo, Blade Runner (1982) es un claro ejemplo de esto. A este cliché  de estilo, hay que sumarle la problemática de la tecnología, con androides inteligentes perfectamente disimulados entre los seres humanos. Frente a estos nuevos individuos, surgen interesantes planteos acerca de los alcances de la inteligencia artificial y preguntas en torno a qué separa a la especie humana de estos Robots. La película basada en la novela de Philip Dick y dirigida por Ridley Scott nos muestra máquinas llamadas Replicantes que pueden aprender, satisfacer deseos sexuales, y sacar conclusiones, así como también se preocupan por el fin de sus “ artificiales vidas”.

Otra constante de este tipo de relatos, es la imposibilidad de cambio de estas sociedades. Muchas de las historias más conocidas de este tipo, no plantean la posibilidad de un mundo mejor. En muchos casos es evidente que una sociedad sombría y fría es  la consecuencia definitiva de las bajezas de los seres humanos. La gran mayoría de los protagonistas se pueden  encuadrar como claros anti-héroes, seres desmotivados y sin fe en prácticamente nada, que actúan en el marco de distopías movilizados únicamente por cuestiones individuales y sin ningún interés en cambiar su entorno. En las grandes obras ciberpunk, la concepción de “fin de la historia”  planteada por Francis Fukuyama,  reconocido filósofo post-moderno, aparece como una premonición más, la lucha de clases  y los debates ideológicos ya no tienen sentido en este mundo distópico al igual que en el mundo de  post guerra fría  analizado por el politólogo estadounidense.

Junto con la famosa Blade Runner, en el ámbito literario hace aparición  una de las novelas más importantes del género, Neuromante (1984) de Williams Gibson. Allí se muestra una sociedad de control regida por medios masivos de comunicación y corporaciones económicas. Esta obra al igual que Blade Runner, trascendió el undergroud y sembró un reconocimiento que nunca antes había obtenido  un relato de este tipo.

Reconocimiento, contradicciones y hollywoodización

Con el correr de los años el ciberpunk comienza a tener reconocimiento y se multiplican las obras y los autores interesados en sus características. Para los fundadores, la cuestión de la masividad era un problema, según ellos, el cyberpunk tenía que ser contra-cultural o estaba condenado a desaparecer. En palabras del propio Sterling, que para muchos es el ideólogo y principal divulgador del género,  “El cyberpunk fue la voz de la bohemia de los ´80´. Venia del underground, venía de la gente que no quería reconocer límites. Los cambios tecno-sociales producidos en la sociedad contemporánea están obligados a afectar a la contra-cultura[1]“.

Para finales de los ochenta, el movimiento entra en crisis ya que comienza un proceso de deformación. Imitadores, buscadores del éxito fácil y sobre todo la industria cinematográfica, comienzan a realizar obras que si bien mantienen temáticas y la estética del cyberpunk, realizan un vaciamiento en sus postulados fundacionales. Los protagonistas pasan de seres  excluidos, desanimados y anti sociales a tener todas las características de los grandes héroes  de Hollywood. La máxima expresión de este cambio es Matrix (1997), film  que plantea la posibilidad de salir de esta horrible distopía a partir de un héroe comprometido, valiente y fuerte como Neo. De todas maneras, toda regla tiene su excepción, ya que en el caso de  la saga Terminator, de la cual nadie dudaría su origen hollywoodense, si bien en el transcurso de la historia (sobre todo en su segunda entrega) se plantea que el futuro no está escrito y depende de nosotros, al final, el día del juicio es inevitable y la humanidad está condenada a resistir el poder destructivo de las máquinas. Con respecto a estas contradicciones a las que se enfrenta el cyberpunk, Sterling es tajante, “el under a la luz del día es una contradicción… Los noventa no pertenecen a los cyberpunks. Nosotros seguiremos allí trabajando, pero ya no seremos más `el movimiento´[2]

Si bien para la década del noventa, esta expresión que supo ser revolucionaria y contestataria se encontró devaluada y vacía de contenido, su legado e influencia no se desvaneció. Sus principios y postulados continuaron vigentes gracias a directores y escritores que ven en los viejos cyberpunks una fuente de inspiración. Cada tanto, los fanáticos y fanáticas del género pueden disfrutar de obras a la altura de las antiguas reliquias del estilo. Claros ejemplos de esto, son las películas Uncany (2015) y Ex-machina (2015), que si bien por la evolución del cine,  manejan otros ritmos y se ven diferencias importantes en la estética y calidad de la imagen, en ambos casos se recuperan viejas incertidumbres del cyberpunk; los límites de la inteligencia artificial,  y corporaciones con afán de lucro capaces de todo tipo de experimentos son ejes fundamentales en ambos casos.

Treinta y cinco años pasaron de que un grupo de jóvenes disconformes con los parámetros de la ciencia ficción y sobre todo con conductas y principios de la sociedad que los rodeaba decidieron poner manos a la obra para levantar la bandera de la autogestión y la crítica profunda al sistema vigente. Ellos se animaron a predecir el futuro, imaginando las falencias del sistema y la deshumanización de la sociedad perpetuada en un breve lapso de tiempo .No hicieron otra cosa que pensar su entorno veinte o treinta años después.

En tiempos en que las carteleras del cine  sólo venden estereotipos de belleza, historias con final feliz y contenidos orientados al mero entretenimiento, quitarle el polvo a este cine de culto es una tarea fundamental para los tiempos que corren. Retomar sus motivaciones para romper con el arte prefabricado por las grandes cadenas de televisión y productoras con los ojos puestos en las ganancias  es una cuenta pendiente de los artistas que se creen  críticos y contestatarios. Con el inminente estreno de Blade Runner  2049 en la pantalla grande quizás se pueda ver aunque sea por dos o tres horas una expresión artística con contenido crítico, grandes efectos especiales y por sobre todas las cosas con  el espíritu de la vieja vanguardia del primitivo Cyberpunk.


[1] MORENO HORACIO, Cyberpunk: más  allá de Matrix. Circulo latino. Barcelona, España.2003. Pág. 29

[2] Ibidem, Pág.33

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