Un nuevo 17 de agosto y la figura del prócer es recordada por todos. Pero ¿Por qué es indiscutido San Martín? ¿Qué rasgos históricos le han sido despojados en pos de la construcción de una imagen aceptada por diversos sectores de la sociedad? En tiempos en los que desde arriba se intenta invisibilizar a aquellxs que luchan por sus derechos, al tiempo que se legitima el ejercicio de la violencia estatal hacia ellos, la historia nos muestra que la desigualdad también es violencia y la paz llegará cuando ésta termine.

Por Carlos Sanabria @hayquearar


“Los derechos de uno terminan donde empiezan los derechos de los demás…”. La frase, simple e incuestionable cierra cualquier debate. En tanto muestra furiosa de la antipolítica, se excusa de intentar pensar la realidad cotidiana, aquella atravesada por conflictos y en constate disputa simbólica por sus valores y visiones del mundo. La frase también trae una invitación adjunta: no debatir de “política”, y ha invadido comidas familiares, ámbitos laborales y hasta grupos de Whatsapp. Esta paz, o este silencio, que se propone no es otra cosa que la exaltación del egoísmo. Quien no cuestiona,  critica o se angustia ante la realidad desea paz; se apoya en la comodidad de dejar de pensar y pasar a ser pensados por otros. Cualquier obstrucción a esta paz ficticia es violenta y por lo tanto despreciable, indignante, sorprendente. “Que seas pobre no valida que…” se afirma. El debate queda de lado y las categorías “izquierda” o “derecha” aparecen como marcas de otros tiempos. Paz.

Antonio Gramsci decía que había que aceptar que el mundo es como es, pero puede ser de otra manera y nuestra tarea era una sola: cambiarlo. Este 17 de agosto se recuerda la figura de Don José de San Martín, un hombre que encajaría perfecto para describir la frase del filósofo y político italiano. Sin embargo, esta popularidad sanmartiniana trae algunos problemas. En la primaria lo recordábamos como el “argentino que liberó Chile y Perú” y que prefirió el exilio antes que inmiscuirse en las guerras civiles que continuaron a la independencia. Además, lo celebran desde Biondini hasta la izquierda, desde Macri hasta Cristina, el “gallego” salta la grieta de un lado a otro. Honesto, solidario, patriota, genio militar: oficializado. Para que la popularidad de San Martín no se cuestione fue necesario extirparle dos elementos claves: su rebeldía ante el poder (tanto el realista como el de Buenos Aires) y la violencia que conlleva toda práctica revolucionaria.

Abril de 1814. José de San Martín ya ha sido nombrado general por el director Posadas y asume el mando de las tropas del golpeado Ejército del Norte. En San Miguel de Tucumán, ordena el fusilamiento de traidores. El 1° de abril hace fusilar al reo Fermín Domínguez y al coronel español Antonio Landivar “no por haber militado con el enemigo, sino por las muertes, robos, incendios, saqueos, violencias, extorsiones y demás excesos que hubiera cometido contra el derecho de la guerra”. En un informe al gobierno, San Martín toma la decisión “altamente convencido de que ya es de absoluta necesidad el hacer un castigo ejemplar de esta clase. Los enemigos se creen autorizados para exterminar hasta la raza de los revolucionarios. Al ver que nosotros tratábamos con indulgencia a un hombre tan criminal como Landivar (…) creerían que esto más que moderación era debilidad y que aún tememos el azote de nuestros antiguos amos. ¿Y ahora? ¿Y la paz?

Nuestra sociedad es violenta, injusta y desigual. Pero para el sentido común hay dos tipos de violencias. ¿La del poder? la legítima. ¿La de lxs de abajo? la que “indigna” y llena editoriales de los medios hegemónicos. Santiago Maldonado está desaparecido hace 14 días. Testigos responsabilizan a la gendarmería que reprimió un lof (territorio recuperado) mapuche propiedad de Benetton. Pero la Ministra de Seguridad afirma que “los gendarmes fueron agredidos”. Como los policías en Pepsico, según todos los medios masivos, como el comisario Franchotti antes de que los suyos asesinaran a Maxi Kosteki y Darío Santillán, según Daniel Hadad cuando conducía “Después de hora”. Todos los gobiernos constitucionales pos dictadura controlaron a los pibes pobres de los barrios con medidas represivas. Según el último archivo de CORREPI (Coordinadora contra la represión policial e institucional), el Estado asesinó a 4960 personas, y el 49% tenía entre 15 y 25 años. Paz, por favor.

Para armar el Ejército de los Andes, San Martín dispuso la confiscación de los capitales de propiedad del convento de las monjas de la Buena Esperanza y la recaudación de las iglesias y limosna de la comunidad de La Merced. Impuso secuestro y confiscación de bienes de europeos y “malos americanos” prófugos y echó manos a las fortunas de las familias de Mendoza. Nunca olvidó su origen en Corrientes y en una reunión con jefes indios  mapuches, pehuenches y pampas en el sur de Mendoza pronunció “como yo también soy indio voy a acabar con los godos (realistas) que les han robado a ustedes las tierras de sus antepasados”. Ante la acusación de los porteños de “traidor a la patria” y la amenaza de un juicio militar por “apoderarse” del Ejército de los Andes y llevarlo a luchar a Perú, San Martín afirmó “tengo la conciencia de que obré en el interés de la revolución en América”.   Ante el apoyo local al bloqueo francés en el Río de la Plata en 1839 como una oportunidad de derrocar a Juan Manuel de Rosas, declara: “lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española”

¿No hay posicionamiento político en San Martín? ¿No hay profundo espíritu revolucionario? ¿Estamos en presencia de un “padre de la patria”, gris, tibio, capaz de enamorar a toda una sociedad disímil? Recordarlo implica un posicionamiento por la soberanía, no por la servidumbre; acabar con la hipocresía pacificista que ignora, que mira orgullosa hacia otro lado. Don José es rebeldía, a los garantes de la paz los recordamos el último 6 de agosto en un nuevo aniversario de la detonación de su bomba atómica en Hiroshima.

En “Seamos libres, lo demás no importa nada”, la exhaustiva biografía de San Martín escrita por Norberto Galasso, el historiador argentino da cuenta de una carta que Bernardino Rivadavia escribió a Manuel José García en septiembre de 1824, tiempo después de que el General y su hija hayan partido a Europa (primero a El Havre, Francia, luego a Bruselas, Bélgica). Allí el responsable de iniciar la deuda externa argentina detalla: “es un gran bien para este país que dicho general esté lejos de él”. Don José no es de todos, nunca lo fue.

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