Un nuevo día de la Independencia. Ante el exceso de banderitas y fotos con filtro de locros diversos, proponemos preguntas fundamentales para superar los discursos de ocasión de políticos más preocupados por la foto, que por el contenido del día, de relatos históricos simplistas, despolitizados, que evitan la conflictividad, en una fecha que tiene que servir para cerrar “la grieta” y “unir” a la Argentina.

Por Matias Borsani


Entre la soledad y los fríos vientos de la puna, allá por 1813, San Martin comprendió que el camino hacia la independencia no era por las alturas del altiplano. Los realistas encontraron en el mundo andino no solo indígenas rabiosos por vengar siglos de sometimientos, sino también criollos asustados por perder sus privilegios. El panorama era oscuro para los sueños de libertad que se habían instalado a lo largo del continente americano. Pero fue ahí cuando el General San Martin, dejando de lado las formalidades de su carrera militar, le encomendó a Manuel de Guemes la tarea de frenar como sea el avance realista. Había decidido emprender el difícil cruce de Los Andes para poder llegar por el pacífico hasta el epicentro de poder Peninsular.

Los gauchos y campesinos del norte ya estaban familiarizados con lo devastador de la guerra, habían sufrido en carne propia los saqueos y vejaciones que los conquistadores llevaban adelante. Sin importar más que la causa libertadora, los olvidados de la historia se hicieron sentir: emprendieron una ardua guerra de recursos, quemaron sus  campos y casas, y sacrificaron animales con el único objetivo de no dejar nada que pudiera ser utilizado por la fuerza invasora. Usando como aliado la inmensidad del paisaje, hicieron honor a su tierra, utilizándola como principal estrategia para el combate. El enemigo sintió más que nunca que cuando no hay nada que perder, sólo queda pelear hasta alcanzar la victoria.

La pachamama, como se la conocía a Juana Azurduy, ya lo había perdido todo en defensa de la tierra en las inmensas yungas que siguen a la cordillera. Pero demostrando una vez más su incansable bravura se une a la guerra gaucha que se estaba librando en la lejana Salta para convertirse luego de la muerte del caudillo norteño, en una guerrera imprescindible para el éxito final.

En el litoral, Jose Artigas y sus famosas montoneras, hicieron sentir el galope de sus caballos contra los abusos de un poder que tenía los días contados y también, de aquellos traidores que querían imponer nuevos tiranos. Dando autonomía a los pueblos indígenas y organizando a los gauchos de oriente, La liga de los Pueblos Libres puso sobre la mesa los sueños de libertad que dormían en lo profundo del continente.

A muy poco de un nuevo aniversario de la declaración de independencia y frente a este deja-vu de pérdida de derechos, nuevas deudas eternas y demás calamidades, urge hacer la tarea de re-pensar este día tantas veces recordado, ya sea en la escuela, en las calles o simplemente en el disfrute de un feriado. ¿Qué y a quiénes implicaba esta declaración? ¿Qué proyectos en disputa había en la casa de Tucumán para 1816?  ¿Quiénes se beneficiaron y quiénes pagaron los platos rotos de la cruenta guerra por la liberación Americana? ¿Qué papel jugaron y qué intereses defendían los sectores populares en este proceso?

Al revisar revistas y manuales de cuando íbamos a la escuela, o al escuchar la radio y la televisión cada vez que se conmemora una fiesta patria, pareciera que nuestra historia como país comienza en 1810, cuando un grupo de patriotas iluminados decidieron declarar la independencia porque buscaban formar una gran nación libre. San Martín, un ser sin igual,  recibe la misión de  liberar Argentina, pero también debía hacer lo mismo con Perú, Chile y Bolivia. Durante esta guerra, en un gesto de traición, Paraguay y Uruguay deciden separarse y por eso son consideradas hasta hoy como “Provincias perdidas”. El General San Martín con su hermoso caballo blanco, sin dudarlo, forma un ejército de hombres de los cuales sabemos muy poco y en una hazaña militar inédita, cumple a la perfección con su objetivo. Y el 9 de julio de 1816, los notables del Congreso Constituyente de Tucumán dan origen a la Argentina que tanto soñaron. Fin.

 

Frente a esta fabulosa historia que llega a nuestros días gracias a personajes como  Bartolomé Mitre, fundador del diario La Nación, presidente y cara visible del devaluado billete de dos pesos, es elemental hacer algunas reflexiones. En primer lugar, la declaración del 9 de julio es un capítulo más de un largo y complejo proceso que recién podemos dar por finalizado en 1828 cuando se completa la expulsión de las tropas realistas en la zona de lo que hoy es Santa Cruz de la Sierra, actual Bolivia,  lugar en donde los españoles se hicieron fuertes debido a la alianza con la élite criolla en contra de los movimientos independentistas con una fuerte base indígena.

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La proclama del Congreso Constituyente en ningún momento habla de Argentina o algún otro país hoy existente, sino de “Las provincias unidas de Sudamérica”. Este rotulo muestra el complejo panorama político y las fuertes disputas dentro del bando independentista. Tanto las provincias del litoral como la Banda Oriental deciden no enviar representantes debido a sus conflictos con el proyecto centralista y hegemónico de Buenos Aires. Por su parte, Paraguay ya se había declarado independiente en 1811 tanto de España como de cualquier poder extranjero incluido el porteño, iniciando así un interesante proceso de desarrollo de carácter autonomista. En este complicado juego de regionalismos es difícil sostener que la nación argentina cobró vida con la declaración de 1816.

En Tucumán se reunieron los representantes de muchas regiones del antiguo virreinato con el fin de proclamar el fin del yugo español sobre buena parte de los territorios del cono sur, pero además se discutió sobre lo que pasaría una vez que los realistas se retiraran definitivamente de América. Uno de los lemas que más fuerza tomó fue el de “fin de la revolución, principio del orden”, una postura que más allá de la forma de gobierno que adoptara el congreso, ya sea monárquico o republicano, centralista o federal, dejaba en claro el carácter conservador de los  principales líderes revolucionarios. Muchos de estos, criollos, blancos y pertenecientes a las elites terratenientes locales, estaban convencidos de que el objetivo era expulsar a los españoles para tomar su lugar con la menor cantidad de cambios sociales posibles.

Otra pesada herencia de la historia mitrista es la invisibilización de proyectos populares  que buscaban cambios estructurales en las sociedades americanas. En una lejana isla del Mar de Antillas, los esclavos negros deciden desobedecer a sus líderes criollos y luego de apoderarse de sus armas y matar a cuanto blanco se les cruzara, proclamaron La República negra de Haití. Expulsaron a todo europeo del territorio y redujeron a cenizas el poder blanco y su sistema esclavista. Paradójicamente, la independencia de la isla caribeña es anterior a la del cono sur, y este modelo radical con cambios profundos generaba terror entre los líderes revolucionarios de toda América. El miedo a la propagación del fantasma caribeño ayuda a  comprender por qué medidas como el reglamento de tierras impuesto por José  Artigas, la liberación del pago por el arriendo de tierras a los gauchos que luchaban con  Güemes  y las zonas autónomas  de mayorías indígenas con Juana Azurduy y su esposo Padilla como referentes, fueron tan resistidas por gran parte de los criollos revolucionarios. Entre los esteros y montes paraguayos también se encontraba otro líder resistido: si bien es innegable que Gaspar Rodríguez de Francia con el correr de los años centralizo todo el poder en su figura, algunos aspectos de su política económica son realmente lllamativos: una reforma agraria sin precedentes en América del sur, Almacenes y Farmacias del estado, una economía orientada por completo a un abastecimiento soberano y los más altos índices de alfabetización de la región.

Muchas de estas experiencias fueron duramente combatidas y sus líderes traicionados. En Chuquisaca epicentro de los combates de los indígenas comandados por Juana Azurduy se llevó a cabo una guerra de exterminio contra los nativos y la reconocida guerrera sufre el asesinato de gran parte de su Familia. En Salta, la población norteña tuvo que ver sus campos y la propia cuidad completamente arrasada en numerosas ocasiones por los avances realistas. En la Banda Oriental luego de la derrota de Artigas, el cual es traicionado por los criollos de Montevideo, la redistribución de tierras quedó anulada. Excepción es el caso paraguayo, el cual pudo mantenerse por décadas, aunque al final el precio de su desarrollo autónomo fue altísimo: la Guerra de la Triple Alianza en la década de 1860 diezmó  a la población paraguaya, y pasó a la historia como uno de los grandes genocidios americanos.

Atrás habían quedado los años de lucha. San Martin en la fría Europa pasa sus últimos días en la pobreza lamentándose por la falta de unión americana. Artigas, exiliado en Paraguay, mastica la bronca de la traición. El cajón de Güemes cargado por la propia elite que lo entregó parece una clara premonición de la falsedad política que le espera a la región. Juana, luego de años vuelve a su tierra, pero el reconocimiento por su valor se perdió entre los vientos de la cordillera.

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De las batallas heroicas por el sueño de una tierra libre y justa sólo quedan relatos perdidos, héroes condenados al olvido, mulatos, indígenas, negros y gauchos son los protagonistas a la fuerza  de la gran estafa americana. Aquellos que perdieron todo durante el conflicto quedaron enterrados en las inmensidades del paisaje junto a sus reivindicaciones históricas, las que no fueron escuchadas por los sectores que si supieron sacarle el jugo a eso de la emancipación.

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La proclama independentista dependía de que estas masas de excluidos tuvieran éxito en el campo militar. Dudosa  resulta la idea de que los combatientes luchaban por países emergentes o nacionalismo definidos ya que solamente  imperaban regionalismos basados en cuestiones culturales y geográficas. La elite porteña, uno de los grandes vencedores de la contienda no sufrió  los abarates de la guerra, pero si supo sacar provecho de las victorias, opacando así a  los verdaderos héroes de la Patria latinoamericana, los que una vez más pusieron la sangre a cambio de nada.

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