Guillermo Mármol propone registrar de forma audiovisual uno de los temas que sonaron durante la fría noche del sábado pasado en Auditorio Sur. “La cantamos todos y nos quedamos con algo para recordar el reci”, dice, porque claro, siempre están esas ganas de revivir aquello que se disfrutó y verlo una y otra vez permite encontrar nuevos detalles, prestar atención a dinámicas y prácticas que quizás, en el momento, cuando la euforia invade, se pierden aunque sabemos que nos acompañan y nos hacen parte de un ritual. Esta crónica pretende correrse del eje de la cronología y la narración habitual para centrarse en esos gestos que tienen lugar en un show de Eterna inocencia, esos que permiten entrelazar historias, recuerdos y sensaciones y que solo pueden advertirse de cerca, la única manera de poder ver hasta lo más profundo de nuestro ser.

Por Carlos Sanabria @Hayquearar y Andrea Florencia Leal

Fotos: Mathías Magritte


Acá estamos otra vez, aquí vamos otra vez. Después de un par de meses de abstinencia, Eterna Inocencia juntó una gran minoría en Témperley. Porque de eso se trata, ni siquiera suenan en esas radios, pero somos cientxs. Hay barrio, hay recuerdos y también nuevas sensaciones para quienes vinieron a ver la banda por primera vez. Encontramos nuestro descanso aquí, junto a ellos. ¿Y qué importa el frío? ¿Qué importa lo que tarde “la costera” en cruzarse todo el conurbano? Cabezas que giran hacia adelante y hacia atrás, historias comunes, miradas fijas, ese beso, ese calor de corazones aprisionados. El misterio de sentirse seguro entre gente desconocida, ese envión para un mosh interminable, esa mano que sostiene una cámara de fotos que no se conformó con suponer como era el pogo, ese “ya fue” del que vino a estar tranquilo en el fondo pero no aguantó. Y cuántos abrazos. De amor, de cariño, de reencuentro. Fraternales, como no podía ser de otra manera.

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En los recitales de Eterna Inocencia es habitual escuchar la definición del abrazo como gesto de vida universal y su significado, su peso, se reivindica en varias canciones. Por eso, no es casual que en distintos sectores haya una persona de espaldas al escenario, mirando a los miembros de un grupo que la acompaña, abriendo los brazos y buscando algo más que la complicidad para cantar algunas estrofas. Los brazos nunca se bajan, permanecen estirados como queriendo envolver a ese grupo entero, como si fuese el lugar y el momento indicados para entender que fundiéndose en abrazos, huelgan las palabras.

Entre agosto y octubre de 1977, Juan Carlos Kreimer, un cronista argentino que quería escribir una novela sobre el exilio de un argentino en Londres en los ‘70, terminó de casualidad elaborando un ensayo sobre el punk. Se tituló “Punk, la muerte joven” y allí describía que la expansión de la escena por esos años, tanto en nuevos grupos como en público, se debía a que el punk representaba el único rock que todavía estaba vivo. En contraposición a los shows de las grandes estrellas, el punk rock era una “experiencia más viva que un simple espectáculo” y se compartía no porque el público tuviera libre acceso al escenario, sino porque los músicos todavía podían bajar de él. Sorprende el respeto y la pasión en los recitales de Eterna Inocencia. Sorprende esta burbuja dentro de un “rock en crisis”, como lo definió Guille Mármol alguna vez. Ahí arriba, en ese escenario esta noche inalcanzable, hay sonrisas, no hay rockeros. Guille usa la misma remera, abajo se cantan las mismas canciones. Los “muchas gracias” son sinceros y se transmite una amistad genuina. No hay panfletos ni consignas, tampoco referencias a un enemigo abstracto e invisible contra el que “luchar”. La identidad de Eterna se construye desde su ejemplo, gestos y acciones.

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Sí, es hacia adelante a donde hay que mirar. Pero con memoria. Compañeras del Frente Popular Darío Santillán estuvieron presentes en Auditorio Sur para invitar a marchar y pedir por cárcel a los responsables intelectuales de los asesinatos de Maxi y Darío el próximo 26 de junio. Guille Mármol recordó que la avanzada conservadora no es nueva, y que el fallo del 2×1 de la Corte Suprema para represores de la última dictadura cívico militar tiene mucho que ver con el alzamiento carapintada de la Semana Santa de 1987. Entonces, ¿cómo no mirar atrás para comprender y transformar este mundo angustiante?

En 1951, Teodor Adorno y Max Horkheimer, representantes de la Escuela de Frankfurt decían que los grandes escritores de aquella actualidad vivían en una “prisión al aire libre” porque si no pertenecían al sector cultural dominante, quedaban marginados y sus trabajos quedaban postergados y sin difusión. Qué distinto el caso de Eterna en el mundo del rock. Así se los siente, así nos sentimos. Libres.

¿Por qué agradecer por el respeto? ¿Por qué un tipo que canta en una banda a la que seguidorxs de distintos puntos del conurbano fueron a ver no naturaliza la actitud lógica de un público interesado que celebra al principio y fin de cada canción? El respeto excede ese gesto a lo largo del recital, atraviesa otros códigos, dinámicas, expresiones corporales.

La altura del escenario impide que se produzca el ritual de subirse a cantar unos segundos, entonces Guille parece elegir las palabras que todxs quisieran pronunciar con mayor intensidad, parece rebuscarselas para hacerlos partícipes: “Sé fuerte…”, dice y extiende el micrófono para que desde abajo completen la frase. “Valiente”, responden cerrando el puño. Y cerrar el puño no es poca cosa. ¿Cuántos de ustedes cierran el puño en ese ejercicio denominado “agitar un tema”? Los primeros metros frente al escenario siempre son escabrosos, exigen ciertas habilidades corporales, implican riesgos que estamos dispuestos a afrontar. Es lo habitual, lo que se sobreentiende o se espera. Como señalar con el dedo una frase en particular de una canción o sacudir el brazo con la palma abierta acompañando el ritmo y las sílabas. Pero el puño cerrado, erguido, es otra cosa y no está presente en cualquier canción. Es un gesto defensor de unidad, una mano lista para golpear y desafiar y qué mejor que dar el golpe con la lírica, qué mejor que ser conscientes de que nuestro puño es la herramienta.

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Durante algunos momentos, el recital se registra desde algunos celulares, pero en general se vive. Las letras de las canciones no se repiten, se resignifican. Como “Beatriz”, ese tema que nos hace acordar a la vieja. De pronto las luces se encienden para iluminar risas y alegrías. ¿Cuántas veces Eterna nos invitó a hacernos preguntas? ¿O a buscar información de, por ejemplo, quienes fueron los “Mártires de Trelew”?

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Territorios entendidos como cuerpos y cuerpos conquistados como territorios, dice la antropóloga feminista Rita Segato para referirse al cuerpo de las mujeres como ese bastidor sobre el cual se ejerce violencia o una ocupación depredadora. Por eso, las narrativas corporales femeninas son claves en la emancipación y el empoderamiento. El protagonismo de las mujeres en el hardcore parece no tener demasiado registro y obliga a escarbar en archivos y anécdotas de los ’90 para encontrar la figura de la mujer, ya sea sobre el escenario o debajo, organizando fechas o encargándose del armado de ferias. La noche en Auditorio Sur fue una manera de sepultar esa invisibilización de años anteriores. Contra la domesticación de cuerpos e identidades, contra la disciplina higienista, contra los supuestos del placer, la rebelión del desborde se pone en marcha multiplicando las voces que demandan goces y un tráfico de miradas en las que participan todas: las que avanzan con los ojos perdidos y furiosos empujando y eludiendo a quienes se interponen en su camino como sacándose obstáculos de encima, las que inician las rondas desenfrenadas, las que no se quedan pegadas a sus compañeros todo el tiempo, las que se agarran de la mano para ir juntas al pogo y cuidarse mutuamente, las que incitan a levantar a alguien para el mosh. Las chicas se secan el sudor y se sacan los pelos de la cara mientras Guille agradece otra vez por el respeto y empezamos a entender a qué se debe esa retribución.

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Ese remolino es tremendo. Llega el final y ya se escucharon nuestras quejas y nuestras voces. El cierre es a pura distorsión, por eso no se escucha el ruido de los cuerpos que se chocan. Algunos pómulos se empiezan a hinchar, y a quienes caen se los rescata y se les da una nueva oportunidad de seguir viviendo esos placeres que agonizan al instante. No vale todo. Solo de cerca puede advertirse. Roberto Arlt dijo que escribir es un oficio, como lo es también fabricar casas. La única diferencia es que las crónicas de rock no son tan útiles como las casas.

 

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