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En un canal de televisión se preguntan cuán difícil es descuartizar un cadáver, en Twitter señalan que si el narcotráfico está involucrado en el caso, entonces no se trata de violencia de género, en un portal de noticias se escriben párrafos enteros sobre los gustos, relaciones y lugares que frecuentaba Araceli Fulles a ver si así pueden encontrar algún rasgo de responsabilidad en la víctima. En la misma semana, salen a la luz declaraciones de Carlos Bilardo: “Estoy contra la violación, pero hay mujeres que visten bien y hay mujeres que son provocativas”. ¿Casualidad? En un país donde hay un femicidio cada 18 horas, nada es casualidad, todo contribuye a fortalecer el régimen patriarcal. Hace pocos días tuvimos la oportunidad de entrevistar al ex DT y, frente a sus últimos dichos, quisimos aprovechar el debate y una experiencia propia para reflexionar acerca de la exposición y espectacularización mediática de las víctimas y sus coyunturas personales como estrategia de disciplinamiento. ¿Cuál es la tarea que asumimos como colectivo periodístico a la hora de narrar y desarmar ese entretejido de violencias? ¿Qué pasa cuando esas prácticas atraviesan el oficio periodístico y cuesta desnaturalizarlas?

Por Derrocando a Roca // Ph.: Cami Rojas


¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! No, no quiero. No pedí tu acoso disfrazado de halago. Estoy cansada. La angustia me invade. Uno a uno caen los recuerdos. Te dije que no. No me interesa tu comentario.

No, no quiero. Y así, todo el tiempo. En la escuela, en la familia, en la calle, en el trabajo.

¿Cuánto puede doler un cuerpo? Preguntale a una mujer. La memoria hace que afloren aquellos moretones, esos que pensaste que fueron en forma de chistes, esos que creías que venían de alguien que te quería…

¡Basta! No, no quiero esa mirada. Quiero que dejes de condicionarme por ser mujer. Respetame. Porque los recuerdos calan hondo y yo sólo quiero acurrucarme en la cama y llorar.

¡Basta! Me cansé. Me hartaron los que nos dicen que exageramos. Que si, que sufrí acoso. Ayer, hoy, todo el tiempo. Y no lo ves. No lo ven.  

Pero, ¿sabes qué? Lloro, me desahogo y vuelvo. Porque no, no estoy sola. Porque somos muchas las que estamos así,  todos los días y a veces todo el día, tratando de desnaturalizar esos actos que nos perturban, esas violencias que ejercen sobre nosotras para luego, cuestionar nuestros testimonios.

¡Basta! ¡Basta! ¡Basta!

Sí, lo grito porque no me escuchás. No nos escuchan. No es un berrinche, como alguna vez me dijeron, no. Que la compañera que tenés al lado llore de angustia, rabia, bronca invita a cuestionarte. Hacelo.

Hoy volvimos a llorar y no quisimos explicar, otra vez, por qué lloramos si no conocíamos a Araceli. Tampoco quisimos agradecer por seguir vivas, porque el aire se vuelve cada vez más espeso. De nuevo tuvimos que aclarar que no exageramos ante los micromachismos que también resuenan en esa gran cultura de la violación.

Hoy volvimos a ver cómo estamos en la agenda de todos los medios si desaparecemos, si nos matan, si nos descuartizan, si nos empalan. Nuestras vidas privadas son automáticamente de público conocimiento: los canales y portales de noticias se encargaron de hacernos saber con quiénes salía Araceli, cómo se vestía, cuán a menudo salía a bailar, cuántos tatuajes tenía, cómo era con sus padres, qué cosas disfrutaba. El Gran Hermano, eso es el patriarcado, son ojos en nuestra nuca, son espinas clavadas en nuestras gargantas, son pesas atadas a nuestros pies.

Tratamientos desde el cinismo y la hipocresía donde cada víctima es fragmentada en mil anécdotas que suman al espectáculo mediático. Argumenta, en este sentido, Karina Bidaseca en su último libro “Escritos en los cuerpos racializados. Lenguas, memoria y genealogías (pos)coloniales del feminicidio”: “La espectacularización del mórbido tratamiento de los medios de comunicación -en el doble sentido de exotización y frivolización- se ha vuelto moneda corriente en nuestras sociedades. Tal es así que (…) este registro mimético es funcional al incremento y crueldad con que se imprimen las violencias. (…) Un diagnóstico regional nos indica que el tema de las violencias contra las mujeres ocupa un lugar notorio en la agenda pública de los países, basado en una visión estereotipada que los medios construyen sobre las mujeres, sobre su sexualidad, sus comportamientos y sus vidas”.

Ella dejó el colegio, usaba celular, ¿dónde estaban los padres?; ¿viajando sola?, le gustaba ir a boliches, caminaba en una playa solitaria, confió, desató la discusión, robó, mató a su hijo, una pobre mujer, una gran vecina, siempre son las más lindas, bella e inocente, enfureció a su ex, dejó… y así, argumentos que culpabilizan o victimizan a las mujeres, porque resulta que nunca había hecho la denuncia, lo perdonó, la retiró, soportaba los golpes por sus hijos. Da igual. Siempre estamos en falta. Por víctimas o culpables. A pesar de todos los esfuerzos por salir del estereotipo de víctimas, por nombrarnos en resistencia y con herramientas. Por ser vulnerables, claro, pero fuertes. Por denunciar las relaciones de poder y las estructuras que condicionan esas fortalezas, las debilitan y, si cabe, las eliminan. Un estado de guerra. Tal y como lo explica la antropóloga Rita Segato, referente en temas sobre racismo, colonialidad y femicidios, en una conferencia del año 2013: “Hay que pensar en las nuevas formas de guerra que están apareciendo. Estamos en América Latina en un escenario bélico que no tiene definición, difuso, que se expande en espacios no definidos. Brasil, por ejemplo, se presenta como un país sin guerra, pacífico, pero si se comparan las tasas de homicidios cada cien mil habitantes con las de los 12 países en estado de conflicto interno, Brasil está en segundo lugar luego de Irak. Y ahí, en medio de esas cifras, están los números de las mujeres asesinadas cada dos horas”.

Entre otros conceptos, propone, pedagogía de la crueldad y violencia expresiva donde critica severamente el tratamiento que se da, especialmente en los medios de comunicación, a los casos de femicidios, la exposición y espectacularización de las víctimas y sus coyunturas personales como estrategia de disciplinamiento, como una verdadera pedagogía en las violencias y en la crueldad: Tenemos varios problemas, primero la forma en que los periodistas aprenden: lo importante es que su mensaje sea leído y para eso no tiene que contradecir los estereotipos, tiene que fomentarlos y cuanto más fomente los estereotipos, más posibilidades tendrá de volverse un periodista aceptado en sus puntos de vista, que son los del sentido común. Ya estamos ahí frente a un problema, luego tenemos la agenda mediática que establece qué cosas valen más en la bolsa de valores de la vida humana: por ejemplo, es noticia la vida de un soldado estadounidense vale más que la de un afgano y qué sentido se le da a la muerte. Y en relación a esto tenemos los femicidios: es un tema que no hemos entendido completamente porque cuando muere una mujer asesinada en Argentina, no sólo muere una vez, sino que es matada cada vez que los medios abordan el tema con un lenguaje morboso a esa mujer. Uno se pregunta a qué obedece ese matar y re-matar del discurso mediático y la respuesta es la mímesis, porque parece que al mismo momento en que uno se espanta de la noticia, el tratamiento de los medios está diciendo ‘que un crimen así es lo que cámara está buscando’ y en nuestro mundo de hoy la forma máxima del ser es ‘ser para la cámara”.[1]

El rol de las redes sociales, la publicidad, los medios de comunicación, el cine, la música y las producciones para televisión conforman unas narrativas que exigen ser revisadas, supervisadas y denunciadas, si cabe, bajo la perspectiva de la violencia mediática para, así, ir desarticulando las narrativas que construyen estereotipos de validez y sostenimiento de las violencias y los femicidios: Las personas son conducidas a actuar de esa forma como una forma de ser. Además, más que información, en la cobertura de un femicidio hay una promoción del hecho a través de la masculinidad y su potencia. Entonces, lo que muestran los medios, más allá del horror del hecho y la indignación, es que detrás de estos crímenes hay sujetos potentes y hay un subtexto ahí de que “de que se es potente así”, es una propaganda del sujeto femicida, del sujeto matador porque en el asesinato muestra su potencia y eso es un atractivo para muchos. En la sociedad argentina esto es obsceno. Los medios son dejados a hacer y las personas que ejercen esos discursos no tienen conciencia de lo que están haciendo. Una ley de medios interesante es la que obligue a los medios a mantenerse reflexivos acerca de sus discursos, en texto y subtexto (…)”, reflexiona Segato.

La trama se vuelve imposible, la historia nunca es una sola historia ni contiene la coherencia de los hechos. También hay que contarla y para eso, apenas alcanza enfrentarse a los fragmentos. Como si de una gran tela se tratara, la trama devuelve retazos para ir armando pequeñas historias con grandes consecuencias sobre los cuerpos. Tarea difícil la de ir uniendo las partes en un entretejido incompleto y deforme. Cuando se trata de violencia, cuando hay que construir narrativas para expresarla, queda en evidencia lo pequeño, lo cotidiano, lo apenas perceptible, ni siquiera silenciado, al contrario, todo expuesto, continuamente resonando. Quienes intentamos construir un periodismo que narre y desarme ese entramado de violencias, que dé pistas a la memoria, que no reproduzca ni legitime las prácticas machistas, en definitiva, un periodismo que no vuelva a asesinar a la víctima, sabemos que este oficio también se encuentra atravesado por el régimen patriarcal a la hora de llevar a cabo nuestro trabajo, sabemos los peligros y las incomodidades que muchas veces enfrentamos las mujeres periodistas en pleno ejercicio de nuestra actividad y sobre todo, sabemos que si actuamos como colectivo periodístico, las heridas también son colectivas.

“¿Tenés novio?”, “Si tenés novio podés venir igual a mi oficina”, “Me gustaste mucho, después de la nota te puedo alcanzar a tu casa”, dice Carlos Bilardo con su risa característica. Nuestra compañera sigue adelante con su trabajo, pero ya no de la misma manera. El personaje insiste, no sin antes haberla incomodado de otras formas: desestimando su opinión en el área en el que él se desempeña, cuestionando sus intereses, ignorando su planteo para seguir una charla con sus colegas y amigos, que a su vez, también mostraron indiferencia.

¿Cómo que vas a la cancha sola? ¿Cómo vas a opinar de fútbol al aire en una mesa donde somos todos hombres? Ah, pero igual, siempre es bueno sumar “una voz femenina” por las dudas, para que no nos digan que no somos inclusivos. Vení, salgamos juntos en la foto grupal, sonreí que estás haciendo lo que te gusta.

Sorpresa, decepción y bronca. En ese orden. Hablamos entre compañerxs, buscamos la manera de entender semejante cosa. Y no, no había nada que entender. O al menos que justificar. A partir de esa noche una constante contradicción nos invadía: el personaje que tanto nos había motivado a realizarle la entrevista se partía en mil pedazos por su violento accionar contra una compañera. Violento, sí, porque quien sugiere o busca someter a otra persona está ejerciendo la violencia. ¿Publicar o no la nota? ¿Hacer mención de lo ocurrido? ¿Quedarnos con lo que habíamos ido a buscar? Luego de muchas charlas, entre quienes habíamos estado aquella noche, la nota salió, tratando de rescatar aquello mínimamente interesante que había dicho el personaje. Ese que, a muchxs, les resulta simpático por su forma de hablar o la manera de contar anécdotas. Decidimos nutrir la misma con información sobre temáticas que había mencionado de manera vaga y superficial. Pero, ¿por qué? ¿Por qué elegimos sacar la nota habiendo sufrido semejante acto de violencia sobre nuestra compañera? Quizás porque hechos como este calan hondo en nuestro accionar; la más clara muestra de una naturalización de actos de violencia ejercidos contra las mujeres. A veces sutiles, otras repugnantemente visibles.

¿Por qué proteger la imagen de este señor? Fue otra pregunta que caminó por nuestras mentes, aún, luego de publicada la nota. Desde el destrato ante la opinión de nuestra compañera hasta la más desagradable insinuación por parte de Bilardo, nos muestran el entramado del tipo de violencias direccionadas hacia una mujer por su condición de género.

Por eso decidimos detenernos y pensar. Y actuar, tomar postura. Porque el acto de deconstrucción requiere trabajo y el camino es largo. Debemos, entonces, empezar a llevarlo a cabo desde nuestra propia producción como colectiva periodística; para que hechos como éste no queden en la impunidad del silencio, en el terreno de una naturalización que hay que empezar a destruir para construir una nueva.

[1] Rita Segato, Ciclo Contra-pedagogías de la crueldad, Facultad libre virtual. 2016. Transcripción fuente: https://www.youtube.com/watch?v=17ijWDlok2g&t=2368s

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