3“Son derechos, no privilegios”, dice Rita O’Grady (Sally Hawkins), la protagonista de “Made in Dagenham”, un film dirigido por el cineasta británico Nigel Cole que narra la historia real de la huelga por igualdad salarial iniciada en 1968 por las operadoras de las máquinas de la planta de Ford emplazada en las afueras de Londres. La frase es una aclaración que sigue vigente en estos días en los que las mujeres saldrán una vez más a las calles por sus reivindicaciones, firmes como Rita ante los sindicalistas hombres que le ordenaban callarse, ante los planteos de su marido por la ausencia en el hogar o ante un maestro violento y pedante que educaba a su hijo. En el 2010, la película traducida como “Pago justo” sacudió las grandes salas exponiendo las problemáticas que afrontaban las 187 obreras en el seno familiar mientras llevaban adelante una huelga que duró tres semanas. 113 minutos que impulsan a recuperar la sororidad y el empoderamiento de quienes protagonizaron un hecho bisagra por la igualdad de género en el ámbito laboral.

Por Silvina Arrieta @SilvinaBelen77


Abren las grandes rejas y las mujeres a pie y en bicicleta entran. Como si se tratase de un video institucional, “Made in Dagenham” comienza con una secuencia de imágenes que presentan a la fábrica de Ford a orillas del río Támesis en Inglaterra como “uno de los grandes pilares de la industria automotriz, da forma a 3000 autos por día, el principal de Europa y cuarta en el mundo”, tal y como reza la voz en off. Todo está retratado para que nos situemos en 1968: el desembarco de la empresa con casa matriz en Michigan, Estados Unidos, los paisajes que rodean las inmediaciones, obreras y obreros de la ciudad. Ford Dagenham contaba con 55.000 hombres y 187 mujeres para que funcione la producción. Cabelleras infladas, flequillos voluminosos y vestidos coloridos, inundan la planta donde trabajan las costureras de Ford. Un gran establecimiento a base de chapa y el temor ante una posible lluvia, hacen el día a día de estas obreras que elaboran las tapicerías de los asientos de los coches. Aunque si hace demasiado calor, se las verá con el delantal azul oscuro abrochado a medias, y con previo aviso de que si entrasen hombres, den alarma para que vuelvan a vestirse por completo.

Llegan unos minutos antes, charlan, se cambian, y antes que suene la chicharra, ya se encuentran en sus asientos frente a las máquinas de coser. Es 28 de mayo de 1968, el conflicto toma protagonismo cuando Albert, delegado sindical, les notifica a las trabajadoras que la fecha límite que le dieron a la dirección para reclamar que sean consideradas mano de obra calificada como a los hombres, y no más horas extras, expiró. Las mujeres estaban clasificadas como Grado “A” ó de ‘Habilidades Mínimas” (con un salario menor al de los varones) y no podían desempeñar labores calificadas como grado “B” y menos aún grado “C” (los que contaban con destrezas más especializadas, reservadas para los hombres). Albert continúa y pone en votación el llamado a huelga por 24 horas para el día siguiente. Por unanimidad, con entusiasmo, las mujeres decidieron adherir al plan de lucha. La alegría les rebalsa, la unidad sobrepasa la pantalla grande.

En mayo de 1968, el Reino Unido pasaba por una crisis monetaria internacional. A su vez, existía una tensión en Checoslovaquia, dado que en enero llegaba al poder Alexander Dubcek, que dirigirá el intento de democratización socialista en su país conocido como la “Primavera de Praga”. Esta tentativa de apertura será reprimida sangrientamente por las tropas soviéticas del Pacto de Varsovia en agosto. Por otra parte, se realizó una manifestación en contra de la Guerra de Vietnam ante la Embajada estadounidense en Londres que dejó 250 detenciones. Además, el movimiento estudiantil no era asunto solamente del mayo francés. En el Reino Unido ante apuros económicos comienza a hacerse sentir el reclamo de los estudiantes con rumores de una posible huelga general. Si de América Latina se trata, las dictaduras decían presente en la mayoría de los países, con un activismo de la militancia de izquierda en auge con la mirada en la Revolución Cubana de 1959 y el Gobierno de Allende en Chile con la Unidad Popular. La organización de los y las obreras alrededor del mundo junto al movimiento estudiantil en alza, no pasaba desapercibida. Los y las de abajo ya se encontraban incómodos en dicha posición y querían dar la lucha.

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El reclamo de las costureras de Ford llega a los directivos que convocan a representantes de las trabajadoras, junto a la pata sindical encabezada por Monty Taylor. Rita O’Grady fue elegida, mediante una asamblea, para que representase a las obreras, junto a su mejor amiga Connie -actual representante de la planta-. Madre, ama de casa, encargada de la educación de su hijo e hija, esposa de un obrero de la misma fábrica (Eddie), Rita ya había mostrado temperamento al intentar enfrentarse a un maestro que le pegó a su hijo porque se olvidó el compás. Ninguneada por el docente por no tener estudios académicos y ser de clase baja, Rita se retiró triste. Esta historia se repite en la mayoría de las mujeres trabajadoras.

Cuando se encuentran a la espera de la reunión pactada, Connie le dice a Rita que no diga nada, que no opine, que en la reunión solo hablan los hombres. Pasan más de tres horas de diálogo entre la patronal y el sindicato y Rita suspira enojada al escuchar a Taylor negociar que en dos semanas se resolverá el conflicto, mientras se levante la huelga. “Disculpa, Albert, ¿pero esto es lo que les importa a las chicas? ¿Cómo está calificado para saber eso? No sé”. Todos los hombres quedan atónitos, mudos, se miran entre ellos. Rita reclama, con furia, mientras saca de su cartera los retazos de cuero con los que trabajan, que se respete su trabajo, que cumplan con las condiciones mínimas laborales con las que deben realizar la costura de los asientos, que dejen de ser semi calificadas con salarios por debajo de lo que hacen. La interrumpen pero no los deja hablar y antes de retirarse, convoca a una huelga inmediata de las costureras.

Al día siguiente, la planta está paralizada. Las máquinas de coser apagadas. Las trabajadoras en la puerta, rejas afuera, pintan pancartas. La lluvia vuelve a molestar, pero no las desarma. Los días van pasando, la dirección piensa que se irían debilitando, pero no. Las mujeres sostienen la huelga, y hacen malabares para seguir con su trabajo no remunerado, el ser amas de casa. Sus maridos apoyan la causa, pero se ven, según las escenas que dibujan, imposibilitados de seguir su ritmo. El cuidado y educación de los hijos, las tareas del hogar, no son labores a las que estén acostumbrados. “Rita, no me quedan más camisas limpias”, le dice el marido mientras ella, con varias pancartas en la mano, se va apurada a una nueva concentración con la promesa de que cuando llegue, pondrá a lavar la ropa.

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Rita ante sus compañeras cuando les comunica que irán a huelga ante el ninguneo de los directivos y del sindicato

Pasaron tres semanas y las reivindicaciones de las mujeres en el plano laboral traspasan la vida cotidiana conyugal. Eddie increpa a Rita ante la crisis que estaba atravesando su relación: “Me gusta beber un trago, pero no voy al bar todas las noches, ni estoy con otras mujeres. Y jamás te levanté la mano, o a los niños”. Rita, ofuscada, le retruca: “Así que eres un santo ahora Eddie, ¿no? ¿Eres un maldito santo porque nos das la misma clase de oportunidad? Así debió ser Jesús, ¿no? ¿Por qué crees que hacemos esta huelga? ‘No, nos va a salvar, no juegas, no estás con los niños, no nos golpeas’; ¡qué suerte tengo! ¡Santo cielo, así es como debe ser! Intenta entender eso, Eddie. ¡Derechos, no privilegios! Es así como debe ser”.

No están solas, un centenar de compañeras apoyan el reclamo y viajan a otras ciudades, buscando solidaridad con obreras de otras fábricas que atraviesan su misma situación.

El día  de la conferencia de sindicatos llegó: una sala llena de hombres sentados y trajeados que hablan. Monty Taylor también habla, y por ellas, aludiendo que su reclamo era prematuro. Pero las costureras – que no habían sido invitadas – lo interrumpen desde un costado de la sala. Ante la notoriedad que tomó el conflicto en los grandes medios y fábricas, los otros sindicalistas presentes piden que alguna hable desde el atril. Rita pidió el apoyo de todos: “¿Cuándo en este país se decidió dejar de pelear? No creo que sea así. Tienen que ponerse de pie con nosotras. Somos la clase trabajadora: hombres y mujeres. No estamos separados por sexo, sino por los que están dispuestos a aceptar la injusticia, o están dispuestos a ir a la guerra porque es correcto; e igual paga para las mujeres es correcto”. El discurso corto de Rita, a punto de cumplirse ya 50 años de aquella lucha, hoy vuelve a hacerse carne, vuelve a dejar en claro que no es una lucha de la que los compañeros varones deban estar exentos, sino que es imprescindible que cuestionen sus privilegios, que detecten las injusticias machistas y se unan en un grito por una sociedad sin opresión ni explotación.

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El acuerdo sigue sin llegar. Los directivos de Ford amenazan con emigar la fábrica dejando miles de desempleados en el Reino Unido, dado que Barbara Castle, la ministra de Trabajo del gobierno laborista, cita a Rita. Para la dirección de Ford, esa reunión iba a demostrar apoyo del gobierno a la huelga y les quitaría legitimidad. Y así fue: Castle les pide que vuelvan a sus máquinas dado que el tiempo de la política era diferente, pero que daba el compromiso a su reclamo. Rita junto a sus compañeras se niegan y piden que su salario se acerque a un 90% respecto del de los hombres, ante el ofrecimiento del 75%. La reunión finaliza y afuera del ministerio, las esperan periodistas y al teléfono, todos los directivos de Ford para ver cómo desencadena el conflicto. “Tras las conversaciones, las 187 obreras de Ford volverán a trabajar el 1° de julio. Ellas recibirán un aumento, lo que las coloca a un 92% del salario de los hombres”, sentencia Castle. La huelga derivó en el dictado de la Ley de Igualdad Salarial (Equal Pay Act), promulgada en 1970 y puesta en vigencia a partir de 1975, que incidió para que se modificaran las relaciones laborales de las mujeres en todo el mundo.

Este hito, junto a la convulsión social que se vivía en el mundo, encendió la lucha y unidad de las mujeres costureras de Ford Dagenham. Empezó con la descalificación de su trabajo, ante el ninguneo del reclamo de igual paga respecto a varones. Pero la organización de las obreras, la visibilización y perseverancia que tomaron sus reivindicaciones, atravesó fronteras y las barreras entre el ámbito público y privado. El trabajo no remunerado que hacían a diario, siendo amas de casa, madres presentes -a pesar de su jornada laboral-, hicieron, a la vez cuestionarse ¿hasta dónde iremos a parar? Estas mujeres salieron de la mano a dar pelea, eran un pequeño porcentaje ante los miles de hombres obreros. Y no les tembló el pulso para pintar y levantar una pancarta, para plantarse ante los sindicalistas que solo las reconocían como “finas mujeres de abultadas cabelleras”.

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