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Desde la selva Lacandona, en Mexico, un grupo de encapuchados resquebraja la década neoliberal y altera los desafíos de todo proceso revolucionario. A poco de anunciar el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) su participación en las próximas elecciones, una reflexión sobre uno de los procesos políticos más importantes en la historia de la región.

Por Pablo Lescano / @fu_ser1928


“Somos producto de 500 años de luchas: primero contra la esclavitud, en la guerra de Independencia contra España encabezada por los insurgentes, después por evitar ser absorbidos por el expansionismo norteamericano, luego por promulgar nuestra Constitución y expulsar al Imperio Francés de nuestro suelo, después la dictadura porfirista nos negó la aplicación justa de leyes de Reforma y el pueblo se rebeló formando sus propios líderes, surgieron Villa y Zapata, hombres pobres como nosotros a los que se nos ha negado la preparación más elemental para así poder utilizarnos como carne de cañón y saquear las riquezas de nuestra patria sin importarles que estemos muriendo de hambre y enfermedades curables, sin importarles que no tengamos nada, absolutamente nada, ni un techo digno, ni tierra, ni trabajo, ni salud, ni alimentación, ni educación, sin tener derecho a elegir libre y democráticamente a nuestras autoridades, sin independencia de los extranjeros, sin paz ni justicia para nosotros y nuestros hijos.

Pero nosotros HOY DECIMOS ¡BASTA!”

Ejército Zapatista de Liberación Nacional, 1ra Declaración de la Selva Lacandona, diciembre de 1993.

Caído el muro de Berlín, desintegrada la Unión Soviética, atravesado el período de las dictaduras militares más crueles y sangrientas que hubo en América Latina, muchos suponían que la última década del siglo XX se aprestaba a ser testigo del “fin de la historia”[1], de las ideologías, y del triunfo de un relato único: el de la globalización neoliberal y la correspondiente hegemonía estadounidense.

Sin embargo, en algún rincón del sur de México, más precisamente en Chiapas, la historia no había llegado a su fin y las ideologías no habían sido enterradas o condenadas a formar parte de los libros. Un grito incontenible emanaba desde las profundidades de la selva Lacandona hacia todo México y América Latina. Repentinamente, el mundo globalizado se veía desafiado por aquellos que históricamente habían sido los “nadies”, vestidos con ropa militar, montados a caballo y cubierto su rostro con pasamontañas. ¿Quiénes eran esos que cuyo rostro estaba invisibilizado? ¿Qué demandaban y cómo se reivindicaban? ¿Tenían como objetivo la toma del poder?

Historia de una lucha

El gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha durado setenta años en México (1930-2000), lo que los historiadores consideran como una “hegemonía unipartidaria”. Este escenario dio paso a que muchos jóvenes consideraran los canales legales de participación política cerrados y apostaran por la formación de organizaciones armadas clandestinas para buscar el derrocamiento de un régimen que desde su punto de vista era autoritario, y mejorar así las condiciones de vida de la población.

Entre estas guerrillas se encontraban las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), diezmadas en la década de 1970 por la cruenta represión estatal. Del núcleo de militantes sobrevivientes surgió el EZLN en el decenio siguiente.

Cuando irrumpió este último el 1 de enero de 1994, ese mismo día entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, firmado por Canadá, México y Estados Unidos) y Carlos Salinas de Gortari estaba concluyendo su mandato (1988-1994) para ser reemplazado por Ernesto Zedillo Ponce de León (1994-2000).

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No fueron pocos los teóricos que caracterizaron al alzamiento zapatista como una réplica de lo que fueron los organizaciones guerrilleras durante las décadas de 1970 y 1980. Sin embargo, había una diferencia sustancial. Como bien lo demuestra el fragmento del documento citado al comienzo de la nota, los insurgentes se proclamaron como producto de 500 años de lucha en un verdadero proceso de larga duración, reconociendo las distintas etapas que habían atravesado las luchas populares desde la conquista y colonización de América. Tal como lo expresa el historiador Waldo Ansaldi: “El movimiento se concebía a sí mismo como parte de una historia plurisecular de donde se deducía también la reivindicación de la identidad indígena”.[2]

En efecto, para comprender las profundas raíces que tienen los zapatistas, no se debe perder de vista que Chiapas –territorio anexado al sur de México en 1824- posee una larga historia de rebeldías. Siempre ha sido el caldo de cultivo de notables insurrecciones: recuérdese las de Hidalgo y Morelos durante el ciclo de independencia y la actuación del Ejército Libertador del Sur comandado por Emiliano Zapata a lo largo la Revolución Mexicana. Se trata de una población que fue y es muy diversa social y culturalmente, incluso en términos étnicos. A ella se les sumaron cuadros intelectuales, en su mayoría provenientes de la Universidad Autónoma de México (UNAM), desarraigados por la precaria situación socioeconómica, se internaron en la selva Lacandona y compartieron su formación con las comunidades, produciendo un interesante fenómeno de síntesis cultural, dando lugar a la columna vertebral del EZLN.

Por otro lado, entre las demandas planteadas, hay un núcleo esencial que persiste al paso del tiempo, lo que brinda una demostración del régimen político mexicano: “trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz”, según se desprende de las distintas declaraciones realizadas.[3] Autodefinidos como los “herederos de los verdaderos forjadores de nuestra nacionalidad”, llamaron a revelarse contra “la ambición insaciable de una dictadura de más de 70 años encabezada por una camarilla de traidores que representan a los grupos más conservadores y vendepatrias.”[4]

¿La toma del poder? No, apenas algo más difícil: un mundo nuevo

La reflexión del Subcomandante Marcos, portavoz del EZLN hasta el 2014, sobre los objetivos de los insurgentes chiapanecos ha despertado encendidos debates al interior de las ciencias sociales, principalmente en torno al lugar que ocupa para los zapatistas el Estado en esta colosal empresa de idear un mundo nuevo.

El sociólogo y filósofo John Holloway, en su artículo El zapatismo y las ciencias sociales en América Latina, afirma sobre la relación entre el EZLN y el Estado: “De forma decisiva, los zapatistas nos llevan más allá de la ilusión estatal (…) La ilusión estatal coloca al estado en el centro del concepto de cambio radical. La ilusión estatal entiende a la revolución como la conquista del poder estatal y la transformación de la sociedad a través del estado.”

Según el sociólogo y filósofo irlandés, la “ilusión estatal” dominó las experiencias revolucionarias que se sucedieron a lo largo del siglo XX, llevando al fracaso de las mismas porque “El concepto de la revolución era demasiado restringido. Pensar en la revolución en términos de tomar el estado o conquistar el poder es totalmente inadecuado. Se necesita algo mucho más radical, un rechazo mucho más profundo al capitalismo.”

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 ¿Cumplen los zapatistas con esa premisa? De acuerdo a lo planteado por Holloway la respuesta es afirmativa: “A mí me parece que el proyecto zapatista es muy diferente. No es un proyecto de hacernos poderosos sino de disolver las relaciones de poder. Esta es la implicación de su insistencia constante en el principio de ‘mandar obedeciendo’ y de su énfasis en la dignidad no sólo como meta de la lucha sino como principio organizatorio de la lucha.”

Por otro lado, Atilio Borón, politólogo y sociólogo, autor de La selva y la polis, explica que el Estado tiene un rol preponderante en la acumulación capitalista y de ninguna manera puede ser ignorado. En efecto, el politólogo argentino sostiene: “¿cómo ignorar el papel crecientemente importante que el estado ha adquirido en la acumulación capitalista, y cuyo ritmo de acelerada gravitación se acentuó a partir de la gran depresión de 1929, dando lugar a una inocultable “estatificación” del proceso de acumulación? Este fenómeno puso de relieve un rasgo esencial del estado capitalista: su papel como organizador de la dominación de los capitalistas y, simultáneamente, como desorganizador de las clases subordinadas (…) Una fuerza insurgente y anticapitalista no puede darse el lujo de ignorar, o subestimar, un aspecto tan esencial como éste.”

En ese sentido, sostiene rotundamente la centralidad que reúne el Estado en la tarea de construir un “mundo nuevo”: “No se construye un mundo nuevo, como quiere el zapatismo, si no se modifican radicalmente las correlaciones de fuerzas y se derrota a poderosísimos enemigos. Y el estado es precisamente el lugar donde se condensan las correlaciones de fuerzas. No es el único lugar pero sí es, de lejos, el principal.”

De esta manera concluye, planteando una serie de interrogantes que lejos se encuentran de estar resueltos: “Concedamos por hipótesis que Holloway está en lo cierto, pero admitamos también la legitimidad de las siguientes preguntas: ¿cómo disolver esas cristalizadas relaciones de poder que, por ejemplo en Chiapas, han condenado a los pueblos originarios a más de quinientos años de opresión y explotación? (…) ¿Cómo hacer para obligar a los detentadores del poder para que de ahora en más “manden obedeciendo”?(…) ¿No estará acaso esta revolución también ella oculta, como los rostros de los zapatistas, detrás de un discurso bellamente poético? ¿No son estos los problemas con que se han topado todas las experiencias revolucionarias desde la Comuna de París hasta nuestros días?”  

Los desafíos de la actualidad

En su entrevista con Julio Sherer en el año 2001[5], el Subcomandante Marcos definió de la siguiente manera al EZLN: “El revolucionario tiende a convertirse en un político y el rebelde social no deja de ser un rebelde social. En el momento en que Marcos o el zapatismo se conviertan en un proyecto revolucionario, es decir, en algo que devenga en un actor político dentro de la clase política, el zapatismo va a fracasar como propuesta alternativa”.

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Entre el 9 y el 14 de octubre del corriente año se celebró el quinto Congreso Nacional Indígena (CNI), el cual contó con la asistencia de más de treinta pueblos originarios de México como así también de una buena parte de la comandancia general de los zapatistas. Entre ellos no se encontraba Marcos, quien había renunciado a sus cargos hace dos años a través de una carta[6], ocupando su lugar los subcomandantes Galeano y Moisés. Al finalizar el congreso, el EZLN emitió un comunicado[7] conjunto en donde expresaba haber arribado a un  acuerdo con el CNI para realizar una consulta en los pueblos y comunidades que permita elegir a una mujer indígena como candidata independiente para las elecciones presidenciales del 2018.

Expresan los zapatistas al finalizar el comunicado conjunto con el CNI: “Ratificamos que nuestra lucha no es por el poder, no lo buscamos; sino que llamaremos a los pueblos originarios y a la sociedad civil a organizarnos para detener esta destrucción, fortalecernos en nuestras resistencias y rebeldías, es decir en la defensa de la vida de cada persona, cada familia, colectivo, comunidad o barrio. De construir la paz y la justicia rehilándonos desde abajo, desde donde somos lo que somos.”

¿A qué hace referencia el EZLN cuando habla de un actor político? ¿No se consideran como tales? ¿Participar en elecciones no es ser un “actor político dentro de la clase política? Si no es a través de la toma del poder, ¿de qué manera se detendrá la destrucción de la que hablan los zapatistas? ¿Cuál es la diferencia entre la toma del poder y fortalecer el poder de abajo?

Estos dilemas lejos se encuentran de estar resueltos. Por el contrario, ameritan profundos debates que todavía están por darse en el escenario de las ciencias sociales. Sin embargo, una lección a priori parece dejarnos la experiencia zapatista: para formar un mundo nuevo no necesariamente se tienen que repetir las experiencias del pasado. Pero entonces ¿qué significa la revolución si no singifica la toma del estado ni del poder en ningún sentido? La respuesta la podemos encontrar en la siguiente reflexión de Holloway: “La respuesta es muy sencilla: no sabemos, tenemos que aprender (…) Si queremos compartir la emoción de esta escuela, estamos obligados a ser sujetos y no repetidores. Estamos obligados a construir nuestro propio camino (…) Caminamos no (o no sólamente) para llegar a una tierra prometida, sino porque el caminar mismo es la revolución.” 


[1] http://www.posgrado.unam.mx/sites/default/files/2016/05/2202.pdf

[2] Ansaldi, Waldo y Giordano, Verónica, América Latina, la construcción del orden: de las sociedades de masas a las sociedades en procesos de restauración. Buenos Aíres, Ariel, 2012. Pág. 628.

[3] http://www.nodo50.org/pchiapas/chiapas/documentos/selva.htm

[4] http://www.nodo50.org/pchiapas/chiapas/documentos/selva.htm#marca1

[5] https://www.youtube.com/watch?v=WFCC1yw-7w4

[6] https://es.scribd.com/document/226051875/Entre-La-Luz-y-La-Sombra

[7] http://enlacezapatista.ezln.org.mx/2016/10/14/que-retiemble-en-sus-centros-la-tierra/

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