Deporte/Música

Alguien como yo

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Hace 46 años, Oscar “Ringo” Bonavena viajaba a Estados Unidos en busca de una hazaña: derrotar al mejor boxeador de los pesos pesados en el mítico Madison Square Garden. Aunque Muhammad Alí debió batallar más de lo esperado hasta imponerse en el último asalto, Ringo había encontrado un ego superior al suyo, el ego insoportable del negro rebelado o como Norman Mailer lo definió “el más perturbador de todos los egos”. Esa característica no solo le permitió obtener triunfos rotundos que lo convirtieron en el deportista más grande del siglo XX. Su personalidad irreverente y desafiante al establishment despertó numerosos proyectos creativos: películas, cómics, retratos y canciones, entre ellas I shall be free No 10 de Bob Dylan, su gran admirador. Las historias del pugilista y el cantante, que parecían estar marcadas por algunas coincidencias mucho menos evidentes que sus identidades revolucionarias, finalmente tuvieron un encuentro en 1975 en un concierto de Dylan poco después de que se diera a conocer su canción Hurricane, contra la injusticia cometida contra el boxeador Rubin Carter condenado por un homicidio que no cometió. La poesía y el estoicismo, el trovador de la contracultura y “The greatest”, la combinación capaz de knockear a cualquiera.

Por Andrea Florencia Leal y Javi Chateau @javichateau


<<I was shadow-boxing earlier in the day

I figured I was ready for Cassius Clay>>

Bob Dylan

“Self portrait” sonaba en las distintas estaciones de radio en la segunda mitad de 1970. Era la respuesta de Bob Dylan a las presiones y acosos de los fanáticos y la prensa que le insistían para que se animara a retomar su participación activa en el movimiento contracultural de la década que terminaba. El lanzamiento fue una muestra de sarcasmo de parte de un artista que se negaba a ser el “profeta de una generación”. Pero los periodistas y críticos de música no lo entendieron así: “¿Qué es esta mierda?”, escribió Greil Marcus sobre el décimo álbum de Dylan en la Revista Rolling Stone y fue catalogado como el tercer peor disco de rock en el libro “The worst Rock and roll records of all time”. Gran parte de las reseñas negativas tenía que ver con que este nuevo material distaba mucho de aquellas letras cargadas de protesta y temáticas ligadas al interés político-cultural. La idea del “autorretrato” fue entendida por Dylan como una posibilidad para dejar en claro que sus canciones debían ser consideradas como tales y no mensajes proféticos que componía un supuesto portavoz de la juventud.

Solo le interesaba estar inmerso en la vida hogareña, su familia, la pintura y quizás el boxeo; ese que había practicado durante su adolescencia y disfrutaba de ver, aun más, cuando el protagonista era Muhammad Alí, a quien le dedicó el tema “I shall be free No 10” (1964) luego de que Alí le ganara a Sonny Liston convirtiéndose por primera vez en campeón del mundo de los pesos pesados. El disco que contiene esa canción, “Another side of Bob Dylan”, respondía a las características que demandaban sus insistentes seguidores años más tarde. También su disco sucesor había recibido elogios: “The times  They are a-changing”, lanzado ese mismo año. Y sin dudas que para 1970 las cosas habían cambiado: Paul McCartney anunciaba la separación de The Beatles. La mejor selección de fútbol, para muchos, de todos los tiempos salía campeona del mundo en México de la mano de Gerson, Tostao, Rivelino, Jairzinho y Pelé. Promediando ese año el rock sufría nuevos embates; las muertes de Jimi Hendrix y Janis Joplin marcaban el fin de una época. En tierras sudamericanas un Salvador Allende en ascenso llegaba a la presidencia de Chile con la “Unidad Popular”.

A Dylan no le interesaba ser encasillado en un género musical y hasta el mismo Muhammad Alí – que había dejado de llamarse Cassius Clay luego de convertirse al Islam porque sostenía que ese nombre era el símbolo de la esclavitud a la que habían sido sometidos sus ancestros – se animaba a lanzar su propio LP de 12 canciones llamado “I’m the greatest”. Un año después de que Columbia Records lanzara el disco de Bob Dylan, la compañía editó el álbum de otro revolucionario. Con rimas fanfarronas y prediciendo que se convertiría en el campeón peso pesado, Alí le dio a sus palabras un swing musical precursor de los raperos más ágiles del hip hop.

El  tres veces campeón del mundo de los pesos pesados y campeón olímpico de los semi pesados en 1960 era feroz, gracioso y una usina de ideas. En su carisma de estrella de cine y su involucramiento político pueden apreciarse las razones por las que no solo fue un grande en su deporte sino en el panorama cultural general. Todo aquello que tocaba Alí quedaba marcado por su personalidad y sus hazañas dentro y fuera del ring, probablemente también porque su ego era gigantesco, era “el más perturbador de todos los egos”, como lo definió Norman Mailer.

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Enfrentarse a rivales poderosos, dentro del boxeo, fue poco en comparación al hecho de parársele de manos al llamado para combatir en la guerra de Vietnam. “Ningún Viet Cong me ha llamado nigger”, fue su sarcástica explicación. Esta negativa le costó la suspensión y la pérdida del título mundial como campeón de la máxima categoría de los pesos pesados. Además de la licencia de boxeador y la condena a tres años de prisión. Es que su ego perturbaba porque no representaba a un “negro de casa”, como llamaban los esclavistas a los esclavos domesticados en tareas hogareñas e identificados con sus amos, o los negros de “Lo que el viento se llevó” que permanecerían esclavos por propia voluntad aun después de la Guerra Civil. Alí no tenía nada que ver con eso. Por el contrario, transformó la rabia y la furia en conciencia política, militaba en el movimiento Nación del Islam de Malcolm X, que proponía la liberación de los guetos negros y el fin de la segregación y les gritó “Tío Tom” a sus contrincantes que intentaban serles simpáticos al establishment. “Soy la parte que ustedes no reconocen, pero acostúmbrense a mí. Negro, seguro de mí mismo, engreído”, decía allá, a mediados de los 60, en pleno auge de las manifestaciones negras en contra de la segregación en los Estados Unidos. Esa que vivió, como cuenta en una inolvidable entrevista para la BBC en 1971, dentro de su propia ciudad a poco tiempo de haberse consagrado campeón olímpico en Roma. Mailer resumió mejor que nadie esa conjunción de rebeldía, ego y triunfos cuando escribió: “El boxeador es inmisericorde – la falta de compasión es la base del ego – y domina las técnicas que son las alas del ego”.

El 7 de diciembre de 1970 se produjo un episodio memorable en la historia del boxeo. Un espectáculo en el Madison Square Garden que le habrá venido como anillo al dedo a la etapa de relax de un Bob Dylan decidido a mantenerse al margen de sus legendarias conferencias de prensa juveniles y el contacto con los fans para encerrarse en su hogar: su ídolo Alí, que había regresado a los rings después de haber estado preso y anunciar su retiro a comienzos de ese mismo año, enfrentaba al argentino Oscar Ringo Bonavena en un combate que batió las mediciones de audiencias. El estadounidense, que solía pronosticar en qué asalto derribaría a sus rivales y había acertado en 13 de 18 vaticinios, había anticipado que noquearía a Bonavena en el noveno round. Justo en ese asalto el nacido en Kentucky fue al piso pero el árbitro no le contó. En el último, sabiendo que perdía en las tarjetas, Bonavena fue por todo y se quedó sin nada. En 25 segundos, Alí lo tiró tres veces y le ganó por K.O técnico a un rival en quien la cultura del establishment había depositado la gran esperanza blanca capaz de derrotarlo e impedirle la pelea por la recuperación del título mundial de los pesados ante Joe Frazier.

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A Dylan y Alí los unía mucho más que lo evidente, lo visible, es decir, el hecho de que uno era un gran conocedor del boxeo y otro, el mejor pugilista de todos los tiempos. Había algo más. Así como la música puede expresar la belleza trágica, la angustia más agradable, también hay una belleza atroz cuando un boxeador ya no puede sostenerse, cuando le cuesta respirar con facilidad, cuando su rostro está deformado y dice “No puedo más”, como dijo Alí al derrumbarse en el banquillo el 10 de octubre de 1975 en su pelea contra Frazier, en Manila. Allí estuvo presente Dylan, con quien se reunió meses después en el backstage del Madison Square Garden en el concierto de beneficencia para el boxeador encarcelado Rubin “Hurricane” Carter. En ese momento, Ken Regan capturó las famosas fotos en las que se los ve juntos en una atmósfera de comodidad y calidez como si se conocieran de toda la vida. “Alí le había llevado a Bob un guante de boxeo gigante que era casi tan grande como Bob, era justo el toque astuto y espontáneo que capturó el espíritu del encuentro”, expresó Regan sobre aquella visita.

Resulta extraño que Dylan decida emitir alguna declaración por un canal que no sea su música. Ese silencio parece inquietar a la prensa, a sus seguidores e, incluso, a quienes lo premiaron con el Nobel de Literatura. Pero al periodismo también le ha molestado el otro extremo, el de quien se declaraba un objetor de conciencia como Alí. Les incomodaba que hablara constantemente, no sabían cómo enfrentar sus declaraciones ni sus burlas. Y entonces las agencias noticiosas insistieron en la versión de un Alí payasesco, casi odioso, sin ser capaces de recordar que alguna vez señaló: “Un día levantaré mi puño vencedor para que mi pueblo negro diga, como yo, que es el más hermoso y el más fuerte”.

Alí rompía el silencio y de alguna manera, obligaba a romperlo. Quizás por eso, Bob Dylan decidió expresarse tras su muerte el pasado mes de junio. El cantante brindó una pequeña pero sincera declaración a través de su página web oficial: “Si la medida de la grandeza fuera la alegría del corazón en cada ser humano sobre la faz de la tierra, él era la más grande. En todos los sentidos era el más valiente, el más amable y el hombre más excelente”.

 

Un pensamiento en “Alguien como yo

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