Derechos Humanos/Luchas cotidianas

Por ‘Chaco’, por Santi, por…

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La lista de nombres para titular este artículo sería interminable. El trabajo de la CORREPI (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional) así lo demuestra. Los barrios del conurbano tienen historias que contar porque hay vidas que callaron, y vidas que quieren callar. Hoy, viernes 2 de diciembre, se presenta el Informe Anual Represivo. Porque la violencia en los barrios siempre es noticia para los opinólogos consagrados, pero no la que se materializa en las condiciones desiguales de vida, la falta de trabajo, la discriminación cotidiana, o la soledad de los pibes y pibas que se crían solos. La violencia, en esta “democracia” consolidada, es política de Estado.   

Por Silvina Arrieta @SilvinaBelen77


Camino Pte. Juan Domingo Perón, más conocido como “Camino Negro”, es la ruta provincial que divide Ingeniero Budge de Villa Fiorito en el Partido de Lomas de Zamora. Y es la ruta que desemboca en Puente La Noria, atravesando el paso nivel del tren Belgrano Sur, y dando nacimiento a la General Paz, territorio de Capital Federal.

Los días en Villa Fiorito arrancan de noche. Lxs trabajadores salen de sus casas para dirigirse a la ciudad de la furia y arrancar su jornada laboral. Las líneas de colectivo 283 o 405 lxs alcanzarán hasta la renovada terminal de ómnibus que divide provincia de capital. La mayoría de lxs niñxs y jóvenes asisten a escuelas que quedan a pocas cuadras. Con el guardapolvo doblado y una carpeta bajo el brazo, se esperan en las esquinas y van en grupo al colegio. El barrio parece quedarse vacío, pero no. Quedan lxs abuelxs, que han visto como cambiaron las calles de tierra por las de asfalto (aunque todavía quedan otras sin urbanizar). El olor a tierra mojada se siente no sólo cuando se baldean veredas y calles, también es señal de la lluvia que se avecina.

Lxs pibes se juntan cuando salen de estudiar. Al mediodía o a la tarde, pasan a buscarse entre amigxs. Ir “a la estación” es una frase que lxs convoca. Y también si sale un “picado”. Porque al costado de la vía por donde pase el tren Belgrano Sur hay canchas improvisadas. Sí, como aquellas donde solía jugar Diego Maradona de pequeño, hechas de tierra y con arcos sin red.

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A mediados de diciembre del 2002, en Villa Fiorito, delante de varios testigos, detuvieron a Jorge Omar “Chaco” González. Ramón Quevedo, sargento, jefe de calle e integrante del servicio de calle de la comisaría 5° de Lomas de Zamora, lo esposó, y lo sujetó para que Isidoro Segundo Concha, sargento ayudante, lo pateara en el tronco y en la cabeza. A “Chaco” lo llevaron en una camioneta en la que había, desde antes de la detención, dos bicicletas cuyo robo le imputarían en la comisaría. Cuando Ramona, la madre, y la cuñada fueron a la dependencia les pidieron dos mil pesos para no pasarlo a juzgado por robo calificado. Consiguieron la mitad del dinero y lo dejaron libre con la promesa de que completarían el pago. Además tuvieron que regalarle al oficial un cachorro de raza de la perra de la familia. Pero a “Chaco” le siguieron pegando en la comisaría y también le dieron “bolsita” (le colocaron una bolsa en la cabeza para asfixiarlo). Estuvo internado en el Hospital Penna (Parque Patricios) y en el Hospital Durand (Caballito), donde murió el 7 de enero de 2003. En la autopsia se encontraron hematomas en la base de los pulmones, producto de los golpes.

“Chaco” era cartonero, como tantos otros pibes y padres de familia, golpeados por la situación del país, cuando los y las de los territorios más humildes no les sobra el pan, y levantarse para palear la crisis económica cuesta más. Ayudaba a su mamá Ramona para que no le falte nada. Ella lo crió sola. Sus días de vivir del cartón se replican en muchas familias del barrio: antes que baje el sol, agarran su carro, se dirigen a la “Capital” en un camión junto a otrxs vecinxs (si es que se consiguió para ese día, sino ir iba a pie), cruzar el Puente Alsina, recolectar lo que se pueda bajo las condiciones climáticas que toquen, llegar entrada la madrugada a su casa, y ponerse a clasificar, porque si tocó día de lluvia, hay que salvar lo más que se pueda el material recolectado. Y “Chaco” cartoneaba porque no podía conseguir un trabajo en blanco. Tenía 31 años. Y como Leandro, Walter, Leonardo, Esteban, Manuel, Matías, Carlos, fue asesinado por las fuerzas de seguridad. Eran pibes del barrio, pibes que solían caminar por la calle Murature del centro comercial de Fiorito, paseaban entre amigas y amigos, a unos metros de la Comisaría 5°, aquella donde duermen los “perros guardianes” de los de arriba, a la espera de sueños por apagar. Pero están Ramona, Marcela, Nelly, Lidia, Marta, algunas de las madres que siguen la lucha para que dejen de matar a nuestros pibes, para que dejen de callar vidas.

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Desde 1996, CORREPI (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional) presenta el Informe de Situación Represiva Nacional para denunciar que la represión no se terminó con la dictadura militar. Y que la represión es política de Estado. Desde el retorno a la democracia se cuentan 4644 muertes en manos del aparato represivo estatal (policía federal, provinciales, local, metropolitana, gendarmería y prefectura). El 46% de los casos corresponden al gatillo fácil, y más de la mitad son menores de 25 años. La provincia de Buenos Aires alcanza el 45% de los casos del total y, según los datos cerrados a octubre de 2015, 1370 corresponden al Conurbano. Según el “Antirrepresivo 2015” de CORREPI, el 39% corresponden a muertes de personas detenidas, que incluyen cárceles, comisarías, y todo otro lugar de detención (incluso patrulleros) acompañados por informes de suicidios inverosímiles. Pero más allá de los números que se presentan y denuncian todos los años, lo que intentan visibilizar desde CORREPI son los golpes contra obrerxs, estudiantes, pibes de los barrios, jubiladxs, mujeres, trans, travestis y homosexuales, víctimas de un sistema que excluye, reprime y calla.

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Pasando Camino Negro también hay otro barrio, por donde pasa el tren Roca: Llavallol. Con casas bajas como en Fiorito, con los viejos monoblocks a unas cuadras de la estación de tren, alberga a trabajadorxs que se levantan a las 4 de la madrugada para ir a “ganarse el mango” y con pibes que pertenecen a las plazas y las calles con la murga, y a la pelota al pie con su fútbol.

Allí vivía Elías Santiago Lugonez. Daniel, su papá, lo recuerda con su enorme sonrisa y siempre de buen humor: “Santi te decía las cosas de frente, era compañero y cómplice de sus hermanas y muy compinche de sus amigos”. Era hincha de River. Creció en los monoblocks, donde lo extrañan sus vecinos y la canchita del potrero del barrio donde solía lucirse como arquero. “Tenía muy claro que no quería depender de ningún puesto precario en la municipalidad. Por eso quería estudiar y ser despachante de aduana, eso planeaba cuando terminase la secundaria”, continúa su papá. Santiago tenía 16 años cuando fue asesinado por un prefecto retirado, en Adrogué, el 13 de noviembre de 2014. El prefecto salió de una heladería hacia su auto Peugeot 207 estacionado. Vio unos muchachos cerca del coche, y disparó. Hirió a un transeúnte en el hombro y mató a Elías. Su papá, concluye: “La bala asesina arrancó a Santi de entre los suyos: su familia y sus amigos, los mismos que soportan el dolor y la rabia, y los convierten en lucha para que el asesino pague toda la vida que debe”.

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Estas historias se repiten en cada barrio. Porque en cada rincón del país, donde a los pibes y pibas le inculcan que su futuro no les pertenece, el vacío de recursos para seguir estudiando o para tener un trabajo, las fuerzas de seguridad se lo llenan con balas. Apagan su destino, le arrebatan sus vidas. Si no, los dejan a oscuras, los encierran en sus propios barrios, no los dejan salir. Las plazas, las esquinas, las calles están repletas de uniformados: azul oscuro, azul “pitufo”, verde militar y marrón. Y las medidas de los que gobiernan no son casuales: a mediados de octubre, en la zona sur del conurbano bonaerense desembarcaron las “fuerzas federales” tras el acuerdo firmado entre Nación y Provincia, que puso en la calle 1.200 efectivos para patrullar los municipios de Lanús, Avellaneda, Lomas de Zamora y Quilmes. El 4 de octubre en una reunión entre el presidente Mauricio Macri, la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, y los ministros de Seguridad nacional y bonaerense, Patricia Bullrich y Cristian Ritondo, firmaron un paquete que contará con un total de 6.300 efectivos de las diferentes fuerzas represivas que alcanzará también a los partidos de Almirante Brown, Esteban Echeverría, Ezeiza, La Matanza y Morón. Una vez más, militarización en los barrios. Este acuerdo es devenido del Operativo Centinela, el Plan Unidad Cinturón Sur, y el Plan Integral de Seguridad en la Cuenca Matanza-Riachuelo, que trajo más control territorial de la policía, la gendarmería y la prefectura.

Semanas antes, una noticia causó revuelo: el subcomisario de la Comisaría 5° (Villa Fiorito) fue acusado y detenido por proteger a los vendedores de droga del barrio. Una noticia que, entre los y las vecinas, no sorprende. Y a CORREPI tampoco: “No nos van a venir con el cuento. Estamos ahí, lo vemos todos los días. Ni “están para cuidarnos”, ni “al servicio de la comunidad”. Los uniformados administran o conviven con el narcotráfico, la trata de personas, la prostitución, liberan las zonas y regentean el robo organizado, hostigando a nuestros pibes para que roben para ellos”. ¿Más fuerzas de seguridad del color y rango que imaginen, implican más seguridad?

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A las muertes de “Chaco” y Santiago las separa 14 años y la ruta que divide Lomas de Zamora. Los une el accionar de la policía. No son un número más, son vidas arrebatadas, son el futuro a callar.  “¿Por qué la policía siempre detiene a los mismos? Si cada 25 horas hay un caso de gatillo fácil, si son más de 4000, ¿hay gatillos difíciles?”. Entre el 16 y 24 de septiembre, hubo 7 fusilamientos y muertes en comisarías. Esa semana, un pibe cada 27 horas fue víctima del aparato represivo estatal. ¿Así se construye la “Argentina sin Narcotráfico”?

Los días pasan. Pero la lucha que los familiares quieren multiplicar, queda. Están esos abrazos en cada encuentro,  esas charlas en la que asisten y con un gran dolor en el pecho cuentan porque sus hijos ya ni están.  Y están también esas palabras de aliento entre ellxs para no dejar caer, no bajar los brazos. Queda el grito bien hondo y la militancia diaria de hacerles saber a esos perros guardianes y a los de arriba que las calles son nuestras.

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