El modelo productivo/Entrevista

“Las semillas transgénicas vuelven al productor dependiente de las corporaciones y sus químicos”

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Sustentabilidad, agricultura, más alimentos para la población, un futuro próspero y seguro. Los mensajes publicitarios de Monsanto hacen eco en un parlamento en vísperas de recibir el nuevo proyecto de ley de semillas. Contra los mitos de bonanza que difunden quienes manejan un negocio para pocos, opina Carlos Vicente, farmacéutico e integrante de GRAIN, en Acción por la Biodiversidad.

Por Alejandra Santiago


Imágenes de agricultores sembrando y cultivando campos, platos de comida en una mesa familiar y un chico que, al parecer, le enoja el nombre de Monsanto. Así comienzan dos de las publicidades de la multinacional. “Sabías que Monsanto es una empresa agrícola que ayuda al campo a producir los alimentos que llegan a tu mesa. Alguna vez pensaste en cómo vamos a hacer para alimentarnos dentro de 50 años, los sistemas tradicionales no dan abasto”, se escucha a través de una voz en off, que resuena en las justificaciones que desde la política hacen ante la inversión de corporaciones del agronegocio. Según ellos, la ayuda al campo se da “acercando” la tecnología de última generación a los productores, es decir, sus organismos genéticamente modificados, cómo la soja RR (Roundup Ready), creada y modificada para que resista al Round Up, un herbicida que contiene glifosato.

A pesar de algunas campañas de la compañía que buscan desmentir sus peligros, los mismos envases del producto dejaron de tener la etiqueta de “biodegradable”, luego de múltiples denuncias por publicidad engañosa. En línea con las correcciones comerciales, Carlos Vicente, farmacéutico, integrante de GRAIN – organización internacional que trabaja apoyando a campesinos y a movimientos sociales en sus luchas por lograr sistemas alimentarios basados en la biodiversidad y controlados comunitariamente – desmitifica, hace más de 20 años, las bonanzas presentes y futuras de las tecnologías que se aplican actualmente sobre nuestros campos.

Mito 1: Transgénicos, ¿el alimento del futuro?

“Un transgénico es un proceso por el cual se salta todo el proceso evolutivo y se introduce un gen de una especie en otra de manera mecánica, con una técnica que se llama ingeniería genética, buscando simplemente una propiedad de ese ser vivo”, comienza Carlos. A pesar de que tan sólo parecen científicos haciendo su trabajo, qué consecuencias puede tener sobre la vida humana aún no se sabe. Después de todo, se está modificando la naturaleza evolutiva de un ser vivo (semillas), de nuestro alimento.

En los últimos 50 años las cifras de pobreza y muerte por desnutrición no han parado de crecer, a pesar de los deseos corporativos de “dar batalla al hambre en el mundo”. La modificación genética de seres vivos es criticada no sólo por “ecofundamentalistas”, sino también por científicos independientes que ya han puesto una alerta sobre su uso. Biólogos cómo Andrés Carrasco, por ejemplo, que ha denunciado, en el año 2009, los efectos nocivos del glifosato, y caracterizó el proceso transgénico como simplista, alegando que el gen es un sistema biológico mucho más complejo. Jugar a ser Dios puede traer consecuencias.

En la Argentina los productos transgénicos que existen son el maíz, la soja y el algodón. Uno de los riesgos de la extensión del monocultivo, para cualquiera de estas plantas, además del desplazamiento de otras producciones locales, es la contaminación de otros cultivos no transgénicos. La polinización cruzada que caracteriza a la semilla del maíz hace que el vecino que este sembrando una semilla convencional o silvestre (esto es autóctona) vea contaminada su siembra por un maíz transgénico. Así sucedió en México, donde organizaciones sociales y campesinas luchan para que no se apruebe este grano en el país porque su introducción ya está dañando las cosechas. Si esto se extiende, dejaría un daño irreparable al maíz nativo, advierten. También en Argentina, donde la producción de canola transgénica fue denegada por la existencia de parientes silvestres.

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Fuente: Se lo explico con plastilina

Las luchas contra Monsanto por la producción de sus alimentos transgénicos se extienden a lo largo y ancho del mundo. En la Argentina el bloqueo a la instalación de la planta de semillas de maíz transgénico en Malvinas Argentinas, localidad de la provincia de Córdoba, sirve de ejemplo. Después de todo, los transgénicos fueron creados para utilizarse en el marco del agronegocio, puesto que la generación de este tipo de semillas vuelve al productor “dependiente de las corporaciones y sus químicos”, nos recuerda Carlos Vicente.

Mito 2: El glifosato, ¿veneno sólo para plantas?

Con la revolución verde iniciada en los años 60 en la India, en los 90 ingresa a nuestro país el Round Up vendido con moño junto a la semilla de soja resistente al glifosato, lo que se conoce como el “paquete tecnológico”. Este tipo de cultivo se vendió, y se sigue haciendo, bajo la premisa de que es más eficiente y productiva que los cultivos convencionales. Pero la productividad que genera un veneno al matar malezas de una plantación trae repercusiones nocivas no sólo para las cosechas no resistentes al glifosato, sino también para las poblaciones aledañas a su aplicación.

En el 2012, la Corte Suprema de Buenos Aires prohibió fumigar a menos de 1000 metros de las viviendas. Hace pocos días la Cámara de Senadores de Buenos Aires dio media sanción para reducir la distancia de aplicación del herbicida con glifosato a 10 metros[1]. “Dónde se cultiva soja resistente al glifosato se aplican más de 200 millones de litros de glifosato, y esto implica que las poblaciones vecinas y los cultivos vecinos van a sufrir. Una de las primeras denuncias por este tema fue en Formosa donde los cultivos de hortalizas de una comunidad, se vio afectada por la aplicación de este veneno en un campo vecino. La gente se enfermó, se murieron los animales y sus plantas sufrieron”, relata Carlos Vicente.

A pesar de los múltiples intentos de la empresa por desmentir la relación entre el glifosato y el cáncer, la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo reafirma[2]. La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, dependiente de la OMS, confirmó en marzo del 2015 que el glifosato tiene una alta probabilidad de producir daño genético en humanos. Sobre este tema, al menos desde las organizaciones y grupos científicos que vienen realizando investigaciones hace años, ya no hay dudas. El Round Up es veneno no sólo para las plantas, también para los humanos.

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Carlos Vicente

Mito 3: La semilla, ¿propiedad de quien?

Este Jueves 25 de Agosto el proyecto de ley de semillas, conocido como la ley Monsanto de semillas, ingresará al Congreso de la Nación sin consulta previa, sin audiencia pública, a pesar del pedido de organizaciones sociales por la apertura del debate[3]. Este proyecto, que se encuentra en discusión desde su primer aparición bajo el gobierno kirchnerista en el año 2012, traerá como consecuencia un control absoluto de la empresa sobre la venta, circulación y comercialización de las semillas. La ley es un eslabón para el control de una pieza clave de la producción de alimentos, que es la semilla.

6 empresas controlan el 60% del mercado de semillas en el mundo: Bayer, Syngenta, Dow, Dupont, BASF y Monsanto. ¿Cómo obtuvieron el monopolio de las semillas? Introduciendo leyes que habilitaban el control de su venta, comercialización y producción. Este monopolio se extiende a los insumos agrícolas. Aún más, la comercialización de granos está bajo el control de un puñado de corporaciones: ADM, Bunge, Cargill y Dreyfus. A pesar de esto, los verdaderos hombres y mujeres encargados del 70% de la producción mundial de alimentos son campesinos, pequeños productores, comunidades indígenas. “Las semillas son el corazón de la soberanía alimentaria, sin semillas circulando libremente y en manos de los agricultores no hay manera de alimentar a nuestro pueblo, porque los alimentos desde su raíz están controlados por corporaciones, que nos obligan a comer alimentos transgénicos, a imponer las semillas que les interesan. En la Argentina tenemos 20 millones de hectáreas de soja transgénica que no nos alimenta a los argentinos. La disputa de la ley de semillas está centrada en las regalías sobre las semillas de soja”, completa Carlos.

La ley de semillas que rige hoy en nuestro país es del ’73, aplicada en los últimos meses de la dictadura de Lanusse. La misma se rige a partir de una norma internacional, UPOV (Unión para la Protección de Obtenciones Vegetales) que permite que alguien que compró una semilla, obtenga el derecho de obtentor y sólo así la vuelva a sembrar. El obtentor, nos aclara Carlos Vicente, “es la persona que toma una semilla, campesina, le hace una supuesta mejora, y con eso puede tener el monopolio de la misma. Su equivalente es el derecho de autor. Pero para que alguien pueda registrar una semilla, declarar un descubrimiento, implica que previamente fue robada a un campesino o a una comunidad indígena”. En la historia de la humanidad la agricultura, como forma de producción de alimentos, se ha caracterizado por la libre circulación de las semillas. Pero en los últimos 50 años, esto se encuentra cada vez más amenazado por el control de las grandes corporaciones. Así, ya no se habla del guardado de semillas como algo normal, sino como una excepción denominada “derecho de uso propio”.

Al respecto, Carlos Vicente clarifica: “A medida que fue pasando el tiempo las normas se fueron volviendo más estrictas. Así se crea la norma UPOV 91, que impide que se guarden semillas, permitiendo a su vez una mayor privatización de la diversidad agrícola”. Esta norma internacional, incorporada desde el proyecto de ley del kirchnerismo en el 2012, sostiene la figura del delito penal para quien infrinja la ley, es decir, quien no pague regalías a la empresa por los años que dura el derecho de propiedad. Además, esta norma habilita a la empresa a ingresar con fuerzas privadas al predio donde se denuncie el uso de una semilla ilegal, decomisar la mercadería y detener al productor.  Si bien el proyecto de ley no es diferente por incluir la norma de UPOV 91, hoy la situación política ha cambiado. “En la situación actual el gobierno está controlado por las corporaciones sin fisuras”, afirma Carlos Vicente. Las palabras de Mauricio Macri en la Rural, asimismo, lo confirman: “Tenemos que dejar de ser el granero del mundo para empezar a ser el supermercado”. La apertura al mundo no es otra cosa que la entrada sin restricciones de corporaciones que ponen una traba cada vez mayor al alcance de nuestra soberanía alimentaria. Quien controla las semillas, controla lo que se cultiva, la calidad y el precio.

El escenario es preocupante. Las consecuencias de las grandes multinacionales como Monsanto, que buscan controlar el alimento que llevamos todos los días a nuestras mesas, ya se están sufriendo. Los peligros que esto puede traer son claros. Pero para comprender mejor las consecuencias de la aprobación de la ley de Monsanto de semillas imaginemos un agricultor  que quiere guardar las semillas para la próxima cosecha. Un vecino lo denuncia, aparece una policía privada y se lleva detenido al productor, que oso pasar por alto la normativa de pagar regalías por una semilla que ya no circula libremente, sino que es la propiedad privada de una empresa.


[1]  http://www.pagina12.com.ar/diario/ultimas/20-305449-2016-07-28.html

[2] Nota de Dario Aranda sobre la operación “científica” lanzada por la empresa para desmentir verdades: http://www.lavaca.org/mu101/ciencia-adicta/

[3] http://www.biodiversidadla.org/Principal/Secciones/Noticias/Argentina_Organizaciones_solicitaron_a_Ministro_Buryaile_apertura_del_debate_por_la_nueva_Ley_de_Semillas

 

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