Historia argentina/Pueblos Originarios

Te lo advertí, hermano colla

Malón_de_la_Paz_(AGN)

 Se cumplen 70 años del Malón de la Paz, una marcha de pueblos indígenas de Jujuy y Salta, que luego de casi tres meses y 2.000 kilómetros de caminata llegó a Buenos Aires para pedir por la restitución de sus territorios. Sin embargo, luego de un saludo afectuoso por parte del presidente Juan Domingo Perón, sus reclamos no fueron escuchados y los obligaron a irse para el norte por la fuerza, donde capataces chasqueando sus látigos los recibieron: “Indios de mierda ahora van a ver los que les espera. Ahora vamos a ver si les quedan ganas de ir a protestar a Buenos Aires”. Una nota histórica, pero que invita también a la reflexión sobre el presente. 

Por Pablo Lescano


Soplaban vientos de cambio en Argentina en el año 1946. Luego del período que se denominó Década Infame (1930-1943), desde el golpe militar que se llevó a cabo en junio de 1943, el por entonces Secretario de Trabajo y Previsión Juan Domingo Perón monopolizaba la escena política al satisfacer demandas y reivindicaciones de los sectores sociales más postergados del país. Una prueba de ello es la confluencia de los obreros, los “descamisados”, los “cabecitas negras”, la “chusma”, los excluidos, en la jornada del 17 de octubre de 1945 para exigir la liberación de Perón, encarcelado por el gobierno de facto.

Sin embargo, había quienes veían todavía sus demandas postergadas. Luego del triunfo en las elecciones de 1946 de la fórmula Perón – Quijano y las promesas de justicia social, el pueblo kolla observó a esta coyuntura como un momento propicio para poder concretarlas. Este es el contexto en el que se inscribe la larga marcha realizada por 174 kollas argentinos que los llevó desde la Puna hasta Buenos Aires en tres meses. La marcha fue denominada Malón de La Paz. ¿Qué causas lo motivaron? ¿Cómo fue el recorrido? ¿Lograron articular con el Estado Nacional? ¿De qué modo culminó la experiencia?

Las causas

En Jujuy y Salta, las comunidades del pueblo kolla vieron en esta etapa política la posibilidad de concretar sus demandas de propiedad de los territorios que por legítimo derecho les correspondía. El 31 de agosto de 1945 un grupo de dirigentes indígenas de la Puna, solicitaron mediante una nota al Consejo Agrario Nacional la restitución de las tierras a las comunidades aborígenes, conforme las leyes 880 y 1835 de 1930: “Nuestros padres, al igual que el resto de los argentinos en la República, han derramado su sangre por la causa de nuestra independencia. Sin embargo, La Constitución Nacional no rige para nosotros los aborígenes. Desde que fuimos despojados de nuestras tierras, hemos perdido la condición de hombres libres. En nombre de Dios rogamos a usted que nos libre de la esclavitud, expropiando la tierra y devolviéndola para el uso y goce de las comunidades indígenas, como lo establece la ley de 1835”.

El organismo gestionó ante la Secretaría de Trabajo y Previsión apoyo y fondos para realizar los estudios preliminares que terminaran desembocando en la expropiación. El entonces presidente Edelmiro Farrel dictó el Decreto de Expropiación, pero a las buenas noticias sobrevinieron malas: ese mismo año el Consejo Agrario Nacional pasó a depender del Banco de la Nación, dirigidos por apellidos contrarios a la expropiación. Ellos demoraron la concreción de las expropiaciones e incluso la autorización para depositar un cheque que ya estaba firmado.

El 17 de octubre de 1945, mientras una multitud proveniente de zonas fabriles y populares hacen su ingreso en Plaza de Mayo –ante el asombro de las elites- para pedir por las conquistas sociales de los últimos meses y por la liberación del coronel Perón, un grupo de kollas se unieron a la multitud con el objetivo de plegar sus reclamos. Poco después de las jornadas de octubre, les recomendaron que se pongan en contacto con el teniente retirado Mario Augusto Bertonasco, quien se había desempeñado como inspector de Tierras desde que ese organismo perteneciera al Ministerio de Agricultura, un año antes de que pasara a la órbita de la poderosa Secretaría de Trabajo que ocupaba Perón. Conocedor de estas cuestiones, por haber trabajado junto a los mapuches en el Wallmapu por sus reclamos territoriales, se trasladó a Jujuy y a Orán, en Salta.

Azotes, maltrato a las mujeres, cepos para disciplinar a quienes se rebelaban, arriendos impagables y despojo a la fuerza de tierras que ocupaban sus abuelos eran muestras de la situación de los pueblos indígenas en la región. Luego de evaluar la situación, a principios de 1946, Bertonasco les envía una comunicación diciéndoles que la única forma de “salvar a la raza indígena en la Argentina” era hacer una marcha a Buenos Aires, mostrarles a la gran ciudad sus dolores y necesidades. La larga marcha fue denominada el “Malón de La Paz”.

El recorrido

El malón, compuesto por 174 integrantes y sus enseres, tuvo su punto de partida el 15 de mayo de 1946 en Abra Pampa, Jujuy. El 5 de junio entran en Tucumán, en donde se realiza un acto público para agasajarlos y son alojados en un cuartel del Ejército. Luego de un descanso de cuatro jornadas, reciben una donación de dos carros, uno de los cuales fue vestido con los estandartes del grupo. En una de esas jornadas, un cantor de 38 años se solidariza con los kollas: no les ofrece comida ni albergue pero los insta a cuidarse y a mantenerse atentos porque según él “la gran ciudad no maneja los mismos valores que ellos observan en sus pagos”. Era Atahualpa Yupanqui.

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El 20 de junio, Día de la Bandera, llegaron a Córdoba. Fueron recibidos por el gobernador Auchter, homenajeados y atendidos en unidades militares. Allí se produce un cambio de estrategia: tanto Bertonasco como el resto de los líderes comprueban que deben retrasar la marcha, ya que cuanto más demoren el arribo más apoyos cosecharán en el camino. Celebran el 9 de julio en Rosario y son incorporados al desfile oficial, dominado por guarniciones militares, asociaciones tradicionalistas, fuerzas vivas locales y militantes nacionalistas.

Mientras el Malón se encuentra en Córdoba, los indígenas Valentín Zárate y José Nievas se adelantan a la caravana y concurren al Congreso de la Nación, donde los recibe el presidente de la Cámara de Diputados. Según el periódico La Razón del 11 de julio, ambos expresaron lo siguiente: “Aquellas tierras fueron de nuestros bisabuelos. El señor Patrón Costa  se apoderó de esta  de su propiedad y las incluyó en sus tierras sumándolas a no pocas hectáreas. Tenemos  que pagar un peso cincuenta por cabeza de ganado, y otro tanto por cada planta de naranjo que cultivamos. La producción apenas alcanza para nuestras familias, si se muere una vaca o se seca una planta igual nos cobran el “impuesto” durante cinco años (…) Nos pagan un peso cincuenta por cada mil kilos de caña que pelamos y que a veces demandan tres días de labor. Es decir, que ganamos un peso cincuenta por día. No es posible negarse, porque entonces aparece la policía del Ingenio con winchester, pistola, sable y látigo y nos obligan a trabajar. También es obligatorio comprar en la proveeduría del Ingenio. Si compramos particularmente, la misma policía se encarga de quitarnos las provisiones y como castigo nos hacen trabajar gratis una semana. A veces nos llevan presos y nos dejan en los calabozos seis días sin comer. El kilogramo de azúcar -agregan- cuesta a los coyas sesenta centavos en el mismo foco de producción, o sea a trece centavos más que en cualquier otro punto del país, según los precios máximos. La yerba envasada cuesta dos pesos, el arroz un peso y un par de alpargatas dos pesos.”

A partir de ese momento el Malón aparece por todas partes. Los diarios La Nación y La Prensa, los oficialistas La Época y El Laborista, el comunista La Hora, el socialista La Vanguardia y el nacionalista La Reacción, los semanarios Ahora, Antena, Mundo Argentino, Radiolandia y Qué sucedió en siete días, todos comienzan a seguir la marcha del Malón. Notas especiales sobre los protagonistas, las condiciones de vida de los pueblos originarios, reseñas contra los latifundistas, ocupan las distintas páginas.

Llegaron a Luján el 30 de julio de 1946. La recepción que tuvieron fue multitudinaria. Entraron a la Capital Federal por Liniers el 3 de agosto de 1946, con rumbo a la Plaza de Mayo.

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Las dos caras del Estado Nacional argentino

Perón los saluda desde el balcón de la Casa Rosada y tras un improvisado desfile al ritmo de erkes, charangos, sikus y quenas, una pequeña comitiva encabezada por Bertonasco ingresa a la Casa Rosada. La jornada culmina con la entrega de una carta por parte del presidente comprometiéndose a la restitución de las tierras.

En lo que significó toda una demostración simbólica, fueron alojados en el Hotel de los Inmigrantes, lo cual demostraba la concepción que el Estado Argentino tenía acerca de los pueblos originarios. Pero eso no era todo. Cuando se fueron los fotógrafos, se apagaron los flashes y las fiestas de recepción finalizaron, el Estado argentino mostró su verdadero rostro. El 27 de agosto, veinticuatro días después de haber arribado a la Capital Federal, fuerzas de la Prefectura obligaron a los indígenas a embarcarse en un tren por orden del gobierno. Los indígenas se resistieron, pero a la medianoche agentes de la Policía Federal irrumpieron en el Hotel de los Inmigrantes arrojando gases lacrimógenos y los sacaron por la fuerza, a los golpes y empujones. Fue una operación premeditada: afuera, en una vía secundaria del puerto estaban los dos vagones, lejos de los andenes de Retiro, para evitar el escándalo y para mandarlos de vuelta, sin escalas, a la Puna. Días, el domingo 1º de septiembre, Atahualpa Yupanqui publicó en el diario La Hora una extensa carta abierta en la que señaló: “Te lo advertí, ¡Hermano colla! ¡Recuerdas que te hablé de Condorcanqui, de Katari, de Pillito! Ellos también como tú, se echaron al sol al hombro y caminaron senderos de los Andes hasta las pampas desiertas, con la ilusión que la vida prende en los seres humildes que creen que viven bien piensan y sienten bien”.

70 años pasaron del Malón de la Paz, y la invitación es a la reflexión sobre este acontecimiento, pero no para mirarlo como lejano allá en el pasado, ya que a la historia, si algo la caracteriza, es poner a dialogar el pasado con el presente.

¿Por qué el Malón de La Paz se encuentra invisibilizado del relato historiográfico, tanto en clave liberal como revisionista? ¿Cambió mucho la concepción que el Estado Nacional tiene en la actualidad acerca de los pueblos originarios? ¿Se les ha dado solución a alguna de las demandas o reivindicaciones planteadas por el pueblo colla hace 70 años? ¿Cómo son vistos los pueblos originarios desde la óptica de los medios hegemónicos de comunicación?

 

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