13726851_10208118688219772_6242936051092135043_nNiño, niña. Celeste y Rosa. Fútbol o muñecas. Frente al universo infantil que pretende cerrarse entre polos irreconciliables, el nombre Luana se impone. “Yo nena, yo princesa”, gritó a los dos años, en ese momento se llamaba Manuel. La identidad de género en la primera infancia, el desafío materno narrado por Gabriela Mansilla y la historia que impulsa la campaña “Infancias trans sin violencia ni discriminación”.

Por Estefania Santoro / @fanusantoro


Gabriela Mansilla tuvo mellizos varones. Uno de ellos desde muy chiquito no hacía otra cosa que llorar. No por dolor ni mucho menos por capricho, sino por una angustia muy grande. Al año y medio, comenzó a perder el pelo. Una dermatóloga le diagnosticó un problema emocional, tenía pesadillas y no dormía, pero neurológicamente estaba bien, su organismo funcionaba perfecto y no sufría ninguna enfermedad. Meses después de cumplir un año, su mamá comenzó a notar que se identificaba con las princesas de las películas de Disney. Bailaba como ellas, se aburría con los autos y las pelotas y prefería las muñecas. Apenas aprendió a hablar de corrido, a los dos años, le dijo a su mamá: “Yo nena, yo princesa”.

Al cumplir tres, su pediatra y una psicopedagoga del jardín le encomendaron llevar a Luana a terapia psicológica. La profesional a la que recurrieron le aplicó un correctivo de reafirmación de masculinidad. Luana decía que era una nena, no que quería “ser” una nena. Desde los dos años hasta los cuatro trataron de corregirla a la fuerza y empezó a lastimarse, a golpearse y a repetir todo el tiempo a gritos que era nena. Cuando cumplió cuatro, le dijo a su mamá que se llamaba Luana y que cada vez que alguien la llame con otro nombre no respondería. Gabriela empezó a entender que tenía una hija, comenzando así una larga lucha para sostener legal y socialmente la verdadera identidad de su hija.

Esta es la historia de Luana, el primer caso en Argentina de una menor que accede, en 2013, al cambio de nombre y género en su DNI sin necesidad de pasar por un proceso judicial, gracias a la Ley de Identidad de Género y a la lucha de Gabriela Mansilla, que no era una experta en problemáticas de género, tan sólo supo escuchar a su hija en lugar de reprimirla. La ley 26.743, sancionada un año antes, reconoce que la identidad de género es “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente” y que puede corresponderse o no con el sexo que se le asignó al nacer.

La lucha por la identidad de género

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Gabriela Mansilla, madre de Luana

El proceso de lucha para obtener el nuevo DNI de su hija fue muy largo, cuenta Gabriela. La primera vez que lo solicitó la justicia se lo negó excusando que por su edad Luana era absolutamente incapaz de elegir su identidad y podría estar viciada su decisión.

“Dudas en el derecho a elegir: ¿Se puede definir la sexualidad en la infancia?”, se preguntaban los diarios y portales al momento de titular la noticia. Gabriela tuvo que soportar que los medios la tildaran de loca, esquizofrénica, mientras la gente del barrio la acusaba de disfrazar a su hija. Buscó ayuda en la CHA (Comunidad Homosexual Argentina) organismo que la acompañó y ayudó en todo el proceso y aún hoy lo sigue haciendo. El Instituto Nacional contra la Discriminación, Xenofobia y el Racismo (INADI) y la Cooperativa de trabajo en salud mental (ATICO) también apoyaron el pedido de cambio de DNI junto con la Secretaria Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF). Con el aval de todos estos organismos la familia de Luana volvió a realizar el pedido y luego de dos meses de batallar con idas y venidas, lograron obtener el documento.

Luana vivía y vestía como niña, tenía el pelo largo, su apariencia era de una niña y yo la tenía que llevar al médico con 39 de fiebre con un documento que decía que era un varón”, recuerda Gabriela. El cambio de DNI, derecho que reivindica las necesidades de la comunidad trans, es la condición principal que posibilita el poder desarrollar una vida en libertad, conforme a cómo cada persona se autopercibe y en igualdad no sólo ante la sociedad, sino también ante la Justicia y el Estado. Derecho con el que, lamentablemente, Luana no contó al principio de su vida: “Cuando la llevaba al hospital no la querían atender porque veían a una niña con un documento que decía Manuel, y dejaban la urgencia de lado. Una vez, por ejemplo, cuando se abrió el mentón, tenían que cocerla pero la dejaron ahí a los gritos sin atenderla porque preguntaban “Y el documento de la nena, ¿dónde está?”… Y yo les daba el documento de Luana pero decía que era un varón, entonces por la simple e importantísima razón necesitaba un DNI por lo menos para ir al médico, darle las vacunas, porque ni siquiera la podía vacunar”.

La mayor parte del sistema de salud pública al que concurren las personas trans, no posee profesionales capacitados para asistirlas, tampoco disponen de información suficiente para instruirlas. “El sistema de salud, como tantos otros, necesita capacitarse, incluir y entender la diversidad. Parece que tienen un manual universalizado de la salud sin comprender de que cada cuerpo está ligado a cada emoción y a lo vivencial, lo ideal sería que desde la formación tengan incluida a la diversidad”, explica Violeta Alegre, activista trans y escritora Diplomada en Género y Política.

Luana comenzó una nueva psicoterapia con una profesional especializada en el tema que la ayudó en su proceso de autopercepción, respetando su decisión y considerando que la nena no poseía ninguna patología que debía ser corregida. La psicóloga le pidió a Gabriela que describiera cómo había sido el comportamiento de su hija mientras se encontraba bajo el tratamiento que pretendía “normalizarla”. Así fue narrando una suerte de diario personal del día a día de la nena y lo fue guardando. Una mañana, mientras Gabriela dejaba a Luana en el jardín, la directora le sugirió que hiciera algo con todos esos textos que había escrito, que podrían servir para ayudar a otras familias que estén pasando por la misma situación y tal vez no sepan cómo actuar. Esta proposición fue el puntapié inicial para que Gabriela se animara a contar la historia de Luana: “El libro “Yo nena, yo princesa” es un diario que trata todo lo que le pasaba a ella, su historia, la lucha para obtener su documento, pero también contiene un mensaje de amor y de fuerza que escribí pensando que quizás Luana algún día se sintiese perdida o triste o pensara en el suicidio, ese era uno de los miedos más grandes que tuve. En ese momento el índice de suicidio en las personas trans era del 80% y después de la ley se redujo a 41%. Lo escribí para que Luana supiera cuánto vale su vida, que los colores son de todas y todos, que los genitales no determinan tu identidad, que el cuerpo es el cuerpo y el sentir no tiene nada que ver con el cuerpo biológico, que primero tenes que saber quién sos y después ver lo que te gusta, que no es lo mismo la identidad de género que la orientación sexual”

 Ninguna identidad es patológica

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Fuente: Colectiva Lohana Berkins

La comunidad trans es una de las más afectadas por diversas formas de violencia, en gran parte debido a la escasa tolerancia y aceptación que reciben por parte de la sociedad. Marcela Romero, presidenta de ATTTA, afirmó: “Aún hoy 6 de cada 10 personas trans vivieron alguna situación de discriminación social. Esto subraya que los cambios sociales serán más lentos y que tenemos que trabajar en la sensibilización de la población en general. La sanción de leyes es un paso muy importante, pero no resuelve los procesos que subyacen al estigma y la discriminación.”[1] Según la investigación “La gesta del nombre propio”[2] realizada por Lohana Berkins y Josefina Fernández, en nuestro país, más del 90 por ciento de las personas trans sufren o sufrieron diversos tipos de opresiones que van desde los insultos hasta la violencia física.

Existen múltiples formas de identidad de género según cómo cada quien la siente. Sin embargo, en la sociedad rigen normas que reglamentan un comportamiento acorde a determinados parámetros de masculinidad y feminidad. Con quién afectarse emocionalmente, qué cuerpos son deseables y cuáles no, cómo cada unx debe concebirse, todas imposiciones enmarcadas dentro de los límites de un sistema binario de género, hombre o mujer, amparado en la rigidez del discurso del régimen heterosexual, chicos con chicas y chicas con chicos.

Los prejuicios, los mandatos morales y religiosos influyen en lo que social y culturalmente se considera “una identidad normal”, con límites muy estrictos que oprimen y excluyen a todas esas formas de ser en el mundo que no desean ajustarse a dichos parámetros absolutistas. Las categorías masculino/femenino, construcción social con la que muchxs no se identifican, hablan solo de dos formas de todas las posibles de ser, en un país donde las personas tienen el derecho a ser tratadas de acuerdo a su propia percepción.

La transexualidad fue catalogada por la psiquiatría y la psicología como trastorno de la identidad y desde la medicina como falta de concordancia entre sexo biológico y género. Recién en el año 2012 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) decidió eliminar la transexualidad de la lista de enfermedades mentales. Si entendemos la heterosexualidad como un régimen político, tal como lo definió Monique Wittig, es preciso reconocer que este sistema atraviesa y domina tanto en el ámbito público como en el privado, considerando a los cuerpos trans abyectos y marginales e imprimiendo sobre éstos diversas formas de violencias que se trasladan tanto a los espacios de interacción social como a las instituciones.

El sociólogo Javier Rubio Arribas destaca que: “Socialmente, la palabra transexual o transexualidad, tiene una connotación negativa. De este modo, recae en las personas transexuales, la desestigmación de estas palabras demostrando día a día que el contenido y el significado que la sociedad le atribuye a una palabra se puede modificar en función de la realidad a la que se aplica (…) Hasta hace pocos años, nuestra sociedad consideraba la transexualidad como una anomalía o como un trastorno –de identidad de género y/o de salud mental- y este hecho hace que se discrimine a las personas transexuales.”[3]

Estos discursos patologizantes, que presentan la transexualidad como una vivencia no realizable y no digna, fomentan el odio social hacia todas las personas que asumen serlo, tanto travestis (quienes usan vestimentas del género opuesto), como lxs transgénero (quienes se autopreciben de acuerdo al género al que realmente pertenecen) y lxs transexuales (quienes desean someterse o se sometieron a una cirugía de reasignación sexual).

¿Qué hacer ante el transodio? Gabriela responde: “No es lo mismo una mamá que diez y que a esas mamás las apoyen cientos de personas. No hace falta ser mamá o papá de un niño o una niña trans, esto nos atañe a la sociedad entera, ese niño o niña va a la escuela, al médico. Basta de discriminar la identidad que siente el otrx por creer primero que no existe y segundo bajo normas heterosexuales, bajo normas sexistas y binarias, quien no se sienta acorde con el cuerpo ¿qué hace? Hay un montón de cosas de las que nos tenemos que hacer cargo como sociedad”.

Por una infancia trans digna

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La campaña “Infancias trans sin violencia ni discrimación” es una invitación a participar de la difusión de un mensaje para reducir la violencia y la discriminación.

Apenas inició la campaña, el Facebook de Gabriela comenzó a llenarse de cientos de fotos con las que planea realizar luego un mural, pero la falta de recursos económicos le impide poder concretar la iniciativa. “Esto apunta a hacernos pensar, a conocer la ley de identidad de género, a conocer los derechos que tienen las personas trans y que los demás también lo sepan. Lo que trato es que se construya respeto, no sólo de Luana sino de todos los niños y niñas que conozco y los que sé que están y que sus familias todavía ni siquiera pueden procesarlo”.

Y agrega: “Ignorar y callar es violencia. Decir que lo que sentís no existe, que está mal, que vos no existís, eso es violencia. Las mayorías de las historias y las infancias trans tienen muchos golpes. La foto es el ser visible, comprometerse, mostrar, dar la cara. A nosotros la visibilidad nos dio respeto, hizo que se hicieran cargo de este tema al decir que los niños y las niñas trans existen, reconocimiento por parte del Estado para darles un DNI acorde a su identidad. La foto demuestra el compromiso”.

Frente a la violencia y exclusión generalizada, el panorama resulta desalentador. Las consecuencias van desde el padecimiento de trastornos mentales como depresión, tendencia al suicidio o el padecimiento de fuertes adicciones. En nuestro país, la esperanza de vida para las personas trans es de entre 35 a 40 años según estudios realizados por la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgénero de la Argentina (ATTA). Esta dolorosa realidad exige y demanda un compromiso real por parte de la sociedad entera, para eliminar el odio y así generar mayor inclusión y aceptación de todas las personas trans en los diversos ámbitos sociales, lo que posibilitará el desarrollo de una vida digna en igualdad, sin ser discriminadxs por su identidad.


[1] https://www.huesped.org.ar/informe-situacion-trans/.

[2] Fernandez, Josefina y Berkins, Lohana. La gesta del nombre propio, 2006.

[3] Rubio Arribas, Javier. Aspectos sociológicos de la transexualidad, Madrid.

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