La inocencia amorosa, las guitarras distorsionadas, las bases minimalistas, las referencias cinematográficas y los temas pegadizos tuvieron lugar en una nueva presentación de Él mató a un policía motorizado, la tercera de las cuatro noches en Niceto Club programadas para julio. El importante lugar que ocupan en la escena independiente actual y el encanto que producen aunque no haya grandes interacciones con el público, obliga a observar cada detalle de sus shows. Intriga la manera en la que logran desatar un alto grado de identificación en sus fans y colegas, que en muchos casos comenzaron siendo receptores y luego formaron sus propias bandas inspirados en ellos. Una hora y media de puro noise punk y krautrock o como ellos mismos lo definen “Ladrillos de armonía cementados con distorsión y amistad”.

Por Andrea Florencia Leal

Ph Luq4z Fotografía Analógica


“¡Dale que estamos todos, Chango!” asegura, impaciente, una voz masculina ni bien se percata de la silueta de Santiago Barrionuevo que merodea cerca del escenario. Con su timidez y carisma característicos, el cantante y bajista del quinteto platense que dejó de ser promesa para pasar a ser la realidad de un recambio musical, sonríe, saluda con la mano y se oculta tras un telón que escasos minutos después se abre y expone a sus compañeros Doctora muerte (Guillermo Ruíz), Pantro Puto (Manuel Sánchez), Niño Elefante (Gustavo Monsalvo) y Chatrán chatrán (Agustín Spassoff). Escudados en una puesta de luces que apenas los insinúa ahí parados, dan inicio a una celebración de clima variado: hipnosis, nostalgia, la mística de la hermandad y el frenesí emocional, a todo eso están dispuestas a someterse, una vez más, esas pequeñas multitudes incondicionales que comprendieron la magia de Él mató. Se amontonan en el vallado y se sumergen en melodías circulares cargadas de minimalismo compositivo, de esa mezcla de formas que no suelen asociarse a algo emotivo sino a una estética fría y superficial. Abandonan preconceptos y prejuicios en los primeros acordes de El magnetismo, un minuto y medio de sincronía total, de una fuerza de atracción transformada en un eco de voces que asegura que en este mundo peligroso tenemos que estar juntos.

Gráfica, flyers y afiches conforman un concepto global donde las melodías y el arte se combinan y generan una identidad tan fuerte que se los puede reconocer sin haberlos escuchado. Incluso esas típicas visuales lisérgicas, repetitivas que se proyectan de fondo y que por momentos muestran escenas de películas, edificios desplomándose, carreras de motos o instantes cotidianos bajo un efecto de aceleración son parte de la construcción de un mensaje particular, de un lenguaje alternativo que supo tocar las fibras más sensibles de una generación. La pantalla acompaña ese fuego que se va macerando lentamente con Viejo, ebrio y perdido al que le siguen dos temas del último material de la banda de las diagonales: Violencia, el track que da nombre al maxi-simple, y El baile de la colina. Violencia es esa síntesis de lo sentimental y lo despojado, parece contener a todo aquel que la posea: ojos cerrados, cabezas sacudiéndose de lado a otro, voces que se elevan furiosas y al rato se neutralizan.

Un cross sorpresivo o una caricia suave. Presenciar un recital de Él mató puede hacernos experimentar ambas y la noche en Niceto no es la excepción: cada momento previo a una canción está impregnado de complicidad, somos partícipes y conscientes de un link sideral que potenciamos con un videoclip que solo nosotros podemos ver. Eso es lo que ocurre en los primeros instantes de El fuego que hemos construido, el lado más emotivo como también el más disonante. La belleza minimalista, el ritmo persistente, arpegios, interludios de languidez desoladora, ese clima de angustia perfecto que desencadena una montaña rusa de emociones hasta el punto más alto: el climax en el que gritamos que “Ya nada va a ser igual/ vos no vas a ser igual”. Saltos, descargas en los minutos finales y el regreso de ese viaje de casi ocho minutos que desemboca en el punto de partida y nos devuelve la calma inicial.

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Las tramas elásticas de noise rock tejidas en La cobra y Un millón de euros provocan los primeros pogos de la noche y el clásico “Ohh vamos Él matóooo”. En el medio del griterío y los aplausos se produce un encuentro. Bueno, probablemente varios, pero uno en ese rincón, en ese momento. Un saludo sorpresivo de dos amigas y una pregunta que más de uno habrá hecho alguna vez: “¿Vos cómo conociste a esta banda?”. Es que los caminos pueden haber sido distintos, incluso pueden haber habido rechazos y desencuentros en las primeras veces que le dimos play, pero en algún momento comenzó a establecerse la conexión con ese rock espacial que tiñe sus canciones, con el estilo simple y contundente, pleno, identificatorio, que frente a una infinidad de bandas interesantes y propuestas musicales marca una gran diferencia: ninguna habla tan claramente de nosotros, de esta generación. Y acá estamos todos: los seguidores que se mantienen expectantes por escuchar aquel sonido fresco y potente de los primeros temas, los que aguardan por un repertorio que recorra desde La dinastía scorpio en adelante, los que saben que en algún momento un personaje del público pedirá escuchar El día de los muertos, el pibe que siempre grita “¡El día de los muertos!”. Todos. Y todos juntos coreamos el “papapapapapa” de Doctora muerte siendo seducidos por rasguidos que saturan, derrapan, chocan y vuelven a acelerar sin ningún tipo de restricción.

El mosh constante empieza a cobrar protagonismo con La cara en el asfalto y las estocadas new wave que asenta Chatran chatran con sus teclados acompañan un pogo que comienza a perder el control. “Flaco, bajate” le dice uno de los muchachos de seguridad a un joven que se para en la valla y no registra ninguna otra voz más que la suya y la de Santi entonando El último sereno. “Quiero caminar más allá del hoyo oscuro/ y quiero sentir temor” canta mientras revolea su remera y vuelve a zambullirse en la marea de gente que lo recibe.

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Chango sonríe frente a las numerosas demostraciones del público pero no se detiene. Su perfil es austero, el suspenso no tiene cabida y lo único que importa es darle rienda suelta al entretenimiento catártico: es el turno de la nostalgia con Nuestro verano. Cuando finaliza, Santi pregunta “¿Están bien?” en una de las pocas interpelaciones al público por parte de quien asegura preferir a los artistas de escasas palabras en los recitales como Joey Ramone. El sí es rotundo y eso da el pie para continuar con uno de los himnos de la banda: Niño elefante apela a sus punteos deslizantes y Doctora muerte se convierte en el nervio que maneja las intensidades subiendo y bajando pulsaciones en los golpes de batería en Mujeres bellas y fuertes, una canción que se ha vuelto especial en el último período al ser citada en las convocatorias del #NiUnaMenos. Y no es casualidad porque Él mató fue una de las primeras bandas que se solidarizó públicamente con las chicas que habían denunciado acoso por parte del cantante de La ola que quería ser chau. En una entrevista[1] reciente Santi confesó: “Vengo de una generación mucho más machista y de un rock machista también. Siempre odié esa figura de la mujer aplicada al rock. El clásico de la mina haciendo dedo en la ruta, la mujer como un adorno y objeto sexual. Ese póster de rock garagero con la mina abierta de piernas y la figura del rockero macho que se coge a todas y está allá arriba porque es un Dios. Una porquería. Vuelvo a Joey Ramone, que era un looser que lloraba por las chicas. Eso me identificaba y me molestaba que el macho fuera lo que estaba bien y lo otro lo que estaba mal”. Lo político siempre se encuentra en un marco poético, las interpretaciones son libres pero, condicionadas por algunos contextos, ciertas canciones cobran otro valor y en este caso, Niceto explotó.

El repertorio sigue con Dos galaxias, esa canción que rompe con el romanticismo arcaico y nos gusta porque no disfraza a los sentimientos con frases rebuscadas, y Yoni B, uno de los más explosivos de La dinastía Scorpio. Antes de un breve receso, suena Chica rutera, un tema para el que siempre estamos preparados, para el que guardamos energías porque sabemos que es la ocasión acorde para que implosionen. Se trata de un momento de comunión, donde nos convertimos en héroes sufridos que tienen esperanza. Ese mantra que se desangra entre el escenario y el público se produce de manera gradual: la calma, las sonrisas, los ojos cerrados y un baile sutil se apoderan de Niceto durante pocos minutos porque de repente una misma frase es pronunciada con más intensidad y más y más… Hasta que el éxtasis impide bajar pero de repente la canción termina. Y justo en ese momento a Santiago se le ocurre quitarse el bajo y dejarnos así, incapaces de contenernos, con ansias de más.

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Pero el regreso contrasta con esa escena previa y es mucho más sereno y sombrío. Los bises comenzaron con el tándem que completa el EP Violencia, lanzado a fines del año pasado: el instrumental Rucho gana en densidad a cada instante mientras algunos todavía se secan el sudor de la frente. Un gran manto de nubes de distorsión nos introduce en Aire fresco, quedamos perplejos frente a ese beat electrónico que crea una atmósfera de desolación, un clima espeso que se sostiene con guitarras ahogadas y el registro grave de Santi que repite ese único verso “Rompiste mi corazón/ Y este fin de todo llega como aire fresco”. Ni siquiera hay imágenes en la pantalla ubicada detrás, ahora está apagada como invitándonos a llenar ese vacío literal y no tan literal.

Santi pregunta si la estamos pasando bien. Las sensaciones son ambiguas después de ese tema pero ya habrá tiempo para las reflexiones y entonces, una voz femenina desde el fondo pretende dejar atrás ese instante de aflicción: “¡Tocate un punk rock!”, pide. Y la respuesta es Sábado, el inicio del inicio, esos tres golpes de batería que allá por el 2004 se convirtieron en tres golpes a una puerta que se abriría para no volver a cerrarse. No muchos discos se defienden y se sienten tan vigentes como el disco homónimo de Él mató, especialmente en una época marcada por la sed de la innovación y el constante cambio de las reglas del juego donde varios trabajos pierden relevancia rápidamente. Pero no es el caso. La exaltación, el mosh, la acumulación desesperada en la valla revelan que Sábado es una de esas canciones que mantiene la frescura intacta para cualquiera que desee revisitarla.

De golpe pasamos a ser amigxs, novixs, hijxs, estrellas de rock y consejeros de desconocidxs. Sí, suena Más o menos bien, la melancolía llena de expectativas hecha canción, y decidimos unirnos para desear que nuestros problemas se acaben.

Claro que en la antesala del final aun queda tiempo para el siempre desaforado – y desafinado – grito clamando por Jenny en Chica de oro. ¿Cuántos nos acordamos de algún invierno frío donde conocimos a alguien especial? ¿Algún día todo lo que vemos será nuestro? ¿Alcanza con juntar fuerzas para que las cosas estén mucho mejor? No se sabe, pero siempre hay algún amigo poniendo el hombro mientras la exquisitez de los arreglos por momentos agresivos, y por otros armónicos de las guitarras se encargan del resto en Amigo piedra.

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Algunos rituales de canciones merecen un párrafo aparte porque encierran la explicación que muchos necesitan para entender por qué Él mató a un policía motorizado se consolidó dentro del panorama musical nacional en un lugar único, particular, propio. Mi próximo movimiento es la fiesta a la que todos estamos invitados, incluso aquellos que, temerosos o prejuiciosos, no pueden abandonar los preconceptos y estereotipos que construyeron acerca de esta banda. Quienes consideran que en Él mató solo hay seres aburridos que están parados y apenas se mueven cual fans de Smashing pumpkins parodiados en un capítulo de Los Simpson deberían presenciar el pogo de este tema: una enorme ronda se forma en el centro, algunas miradas buscan cómplices y otros ojos se cierran, los que están atrás se quieren sumar y uno alcanza a bromear y gritar “Esto se va a descontrolaaar” antes de que empiece la canción y Santi acerque el micrófono para que el protagonista sea el público. Empujones, saltos, pelos revoleándose de lado a otro, un pibe que se sube al escenario eludiendo a la seguridad, mosh por un lado, manos extendidas por el otro satisfacen la necesidad de mostrar que tuvimos miedo pero ya se fue, que la existencia no es tan frágil y fútil. La banda, acompañada en este caso por un invitado, Chicho, bajista de Bestia bebé – banda amiga que también integra el sello discrográfico Laptra – demuestra que Mi próximo movimiento derriba cualquier mito y nos hace tener acceso a sentidos misteriosos, únicos, escondidos que salen a la luz.

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Quedamos exhaustos pero no es el final porque unas luces rojas invaden el escenario, Pantro Puto salta desaforadamente y se despierta la alegría de los viejos seguidores ante un tema del primer disco: Prenderte fuego es el encargado de cerrar la noche. “Chau amiguitos y amiguitas”, se despide Santi motorizado, con humildad y poca parafernalia pero siendo consciente de que vale la pena dar la pelea desde un sello autogestivo y que la escena platense renació con una nueva frescura, con un nuevo entendimiento del alcance que puede llegar a tener una banda independiente.

Una vez más, expusimos nuestros problemas emocionales, cambios de relación, fantasías de películas, el ida y vuelta de la maduración y la aceptación de la cotidianeidad a través de canciones breves pero precisas y demoledoras. Estas líneas intentan al menos tentar a aquellos que aun no se animan a ver de qué se trata Él mató a acercarse y dejarse llevar por esa concepción lo-fi desde la cual nacen sus composiciones. Quizás el objetivo se logre, quizás no. No importa, mas o menos todo sigue igual.


[1] “Hermandad, verdad y rock ‘n roll” http://www.clarin.com/extrashow/musica/hermandad-verdad-rockn-roll_0_1613838767

 

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