Entrevista/Luchas cotidianas

Sangra y ríe Colombia

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Por debajo de los festejos presidenciales, de las pacificas firmas de mandatarios y guerrilleros, seis millones de desplazados resquebrajan el cierre definitivo de un conflicto histórico. La tierra perdida, y una identidad que se rearma sobre espacios ajenos. Cartongrafias de y por las victimas, una violencia que se narra en primera persona y cuestiona la paz firmada. Entrevistamos a Marcela Ospina Gomez, integrante de la editorial cartonera.

Por Carlos Sanabria @hayquearar

Ph Natalia Aue / Pharu Fotografía


Marcela habla de manera precisa y tranquila. Su tono y su ritmo pueden confundir al principio, pero no, en ella no hay nada de fragilidad. Es de la región andina, trae costumbres paisas. Creció en un pueblo que se llama Florencia, al nororiente del departamento de Caldas en jurisdicción del municipio de Samaná: Vengo de la selva, donde no hay luz, no hay tecnología, no existe una construcción de dos pisos siquiera, todo es en madera, es un lugar muy apartado”, relata. Pero hace unos años vive en la capital de Colombia, Bogotá, ciudad que la recibió a ella y a por lo menos 700.000 víctimas del conflicto armado. De acuerdo al informe Basta Ya, elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica en el año 2013, el 81 por ciento de las víctimas del conflicto armado colombiano que lleva más de cincuenta años, fueron civiles.

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Marcela es una desplazada. En Colombia hay seis millones, principalmente campesinos que tuvieron que huir a las ciudades. Dejó su tierra porque quedó en medio de un conflicto muy complejo que involucra a las guerrillas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Ejército de Liberación Nacional (ELN), al Ejército colombiano y a los paramilitares. “Nos transformaron la vida, nos cambiaron los sueños”, describe. No es migrante, es desplazada. Marcela nunca quiso dejar su tierra.

_ Considerando que casi el 10% de la población ha sido desplazada de sus territorios, ¿Cómo se recompone la población colombiana  después de 50 años de conflicto?

_ Tenemos una ley, la 1448, que busca reparar a las victimas, pero tiene un tiempo de vigencia: vence en el año 2021. Y no se toca el tema de la restitución de tierras. En Colombia la tierra ha sido uno de los factores de más codicia y poder, porque hay lugares donde hay minas de carbón, están detrás del oro, entonces no se quiere reparar a los campesinos. Ahorita en el Plan de Desarrollo nacional no quedó contemplada la restitución, reubicación ni el retorno a la tierra. Y es que las víctimas no quieren volver, primero por los problemas psicológicos de estar en el mismo lugar donde mataron a tus seres queridos, y segundo, por el tema de las minas. Hay lugares que están completamente minados, hay fosas comunes, se volvió un tema tedioso. Hay temor.

_ ¿Qué tipo de reparación propone el Estado?

_ La ley contempla una reparación económica y psicológica, pero en Colombia los psicólogos no están preparados. Esto requiere de acciones más de restitución de dignidad, el Estado no ha entendido que no importa el bien material como tal. Por un lado se trata de la ausencia permanente que viven las victimas al no tener a sus seres amados. Por otro, es que cuando tu eres campesino, pierdes un lugar en la sociedad, si llegas a una ciudad industrializada no tienes una labor como tal, sigues siendo el campesino que cultiva la tierra, y te sientes indigno, que no sirves para nada.

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¿Y qué hacer? Cartongrafías es un proyecto que intenta devolver la dignidad a las víctimas del conflicto armado. Es una forma de narrar el tránsito entre las montañas, los bosques y la ciudad, entre el dolor, la muerte y la vida.

La editorial Cartongrafías funciona en el Centro Memoria Paz y Reconciliación en Bogotá y tiene hasta ahora tres publicaciones. En la primera participaron 40 personas, víctimas de diferentes lugares de Colombia: “La primera fue muy tímida, había que llorar mucho para escribir”, detalla Marcela. Es una agenda en donde se pueden ver los recorridos de cada desplazado, muestra cómo llegaron a Bogotá y donde se detuvieron. Mujeres que nunca habían contado que fueron violadas empezaron a dibujar siluetas y anotar frases muy cortas. Son separadores en la agenda que dicen “nunca creí que me fuera a pasar esto, pero…”.

La segunda publicación se llama “La golosa”, es como el juego de la Rayuela. Se trató de contar en qué lugar se quedaron las víctimas, si cansadas de contar muertos se instalaron en alguna ciudad, o a pesar de jugarse su vida intentaron volver a su tierra. Se trata de una recopilación de la memoria infantil: “Colombia no se ha preocupado por entender la memoria de los niños, son los más afectados en la guerra, ellos vivieron varias cosas como tener que dejar su mascota, tenemos una historia también de siete niños durmiendo en una cama… ¡Imagínate! Con uno poniéndole el pie encima, el otro dándole patadas… y los niños decían que estaban felices porque tenían una cama”, recuerda Marcela.

La tercera publicación recupera la vida de Jorgito, un niño de ocho años que luego de que su padre fuera reclutado por la guerrilla se hace cargo de su familia y puede sacarla del conflicto. Se cuenta toda la odisea que tienen que pasar hasta llegar a Bogotá.

_ ¿Qué te motiva para seguir adelante con Cartongrafías?

_ Hay que demostrarle a los gobiernos que con Cartongrafías se está generando algo sano para la sociedad. Se busca ser un lugar abierto porque el país todo tiene que entender que es víctima. Hubo de primer grado, las que estuvieron directamente implicadas, pero todos los colombianos son víctimas directas o indirectas. Es que cuando se violan tantos derechos, eres un mal ciudadano, y no porque lo quieras, es porque estas molesto por lo que ha pasado, molesto porque cuando llegó la guerra, sientes que el Estado estuvo ausente. Este es un proyecto libre, donde las victimas pueden venir, pero también intervienen sociólogos, pedagogos, incluso ingenieros, porque es un problema que atañe a todo el país. Hay gente que trabaja de forma voluntaria.

_ ¿Cuáles son sus principales dificultades?

_ Lo económico, porque las víctimas no pueden dejar de trabajar, sino no pagan su arriendo. Y lo más difícil de la editorial era restaurar la confianza de que se podía trabajar con gente de otras regiones. Colombia está dividido por regiones, personas con costumbres completamente diferentes, pero al llevar adelante el proyecto, al empoderarnos, nos dimos cuenta que lo que nos unía, lo que había en común era el hecho victimizante como tal. Se trata de aquello que no se ve, que no se toca, que te causa pesadillas, que te genera dolor. ¿Cómo lo vas a sacar? No con dinero, porque es una ofensa que le pongan precio a un familiar. ¿Qué están buscando las víctimas? Sanar. Y empiezas a hacerlo cuando sostienes proyectos que realmente generan satisfacción. Cuando empiezas a sanar tienes libertad, porque todas las victimas vienen llenas de temor. Algunas porque sembraban coca y dicen “si yo digo que sembraba coca voy a la cárcel”, otros porque fueron víctimas del reclutamiento forzado y se sienten personas que estuvieron al margen de la ley, a pesar de que fueron obligados, otros porque dicen “me están buscando”, porque si tú te cruzabas con un grupo armado y te pedían agua y tú se la dabas eras cómplice, y si pasaba otro grupo y se la ofrecías eras cómplice también, y si le dabas al ejército eras colaborador… Cuando se sale de la región se tiene temor, el hacer que la gente cuente fue un reto. Eso genera en ti la sensación de sanar, ya estás liberado. Cuando escuchas las historias de otros, entiendes que estar vivo es el máximo galardón. Si eres desplazado y estás vivo ya no importa nada más, sólo importa la vida.

_ ¿Son las propias víctimas las que escriben en Cartongrafías?

_ Cuando empezamos a escribir también no dejamos que los grandes literatos ni los grandes investigadores cuenten las historias que ellos quieran y entren en una competencia por ser el mejor escritor. Colombia va a tener un archivo de la Verdad. ¿Y quién puede contar la verdad? Las víctimas, los que hicieron la guerra. Cuando una víctima dice “soy el dueño de mi libro”, “esto me pertenece”, se le devuelven los sueños. Eres escritor sin ir a la universidad, sacaste de ti el artista que tenías. ¿Qué hacían las victimas en el campo? Todo lo hacían con las manos, el molino, para apilar el maíz, todo lo tallaban en madera, para ellos es muy fácil armar un libro, y son personas que tienen segundo grado… Se trata de volver a darle al ser humano una importancia y un lugar que lo económico no va pagar.

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Los desplazados perdieron su tierra y su tejido social: “En el campo toda la gente trabaja unida, son amigables, hacen cosas juntos, ni siquiera se piden permiso para ir a sus fiestas”, cuenta Marcela. Su vida cambió cuando el 6 de junio de 1996 la guerrilla del Frente 49 de las FARC llegó a su pueblo. Estaba comandada por ‘Karina’, hoy gestora de paz. Estuvo a una cuadra de dónde sucedió la masacre, por eso pudo escapar. Pero de su mente no se borran los gritos de las personas, las expresiones de la tortura…

_ ¿Es posible la paz?

_ Creo en el perdón, que la gente cambia y se arrepiente, pero solamente cuando aceptas las culpas. Entonces cuando nuestros victimarios, que nosotros sabemos que han arrasado pueblos completos, que han matado los compañeros de colegio de uno despiadadamente, y dicen “no he hecho nada”, causa malestar. Cartongrafias es un proceso de paz, porque te genera a ti decir “estoy sano”, puedo hablar, puedo contar. Estoy aquí sentada contigo y a pesar de que estoy en otro país no tengo temor en decir que me fui de un municipio al que no volvería y amo con todo mi corazón porque me da terror. Y tampoco tengo miedo de que el victimario se entere que uno está usando los medios. Eso quiere decir que ya estás sano, que puedes vivir una vida, salir a la calle y no estar pensando que te va a pasar. La paz es posible, pero en Colombia tiene 3 pasos importantes. Primero, entender que somos un milagro, que somos sobrevivientes de una guerra. Yo estoy viva porque el fusil que me tocaba un día no disparó, sino no estaría acá. Dios ha sido bueno y nos ha dado otra oportunidad. Lo segundo, que se debe reconciliar al ser humano consigo mismo. Yo no puedo hablar de paz cuando estoy molesto. Y lo tercero, es que deben reconciliar al ser humano con la tierra. Bogotá es una ciudad de cemento, el campesino lo arrancaron de su tierra, sigue llorando porque esa es su labor, es como si estuvieras para no ejercer y ser un frustrado en tu profesión. Pero Colombia, aún con todo el conflicto, es un país maravilloso, impresionante, con muchos recursos naturales y lleno de oportunidades. Yo no cambiaría mi país, me quedaría aquí aún si muriera en él.

 

 

 

 

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