Política nacional/Sociedad

Rincones de encuentro y nostalgia viva: los clubes de barrio en lucha

1

Los tarifazos y el ajuste les llegaron a todos, y los clubes de barrio no son la excepción. Con años de historia, estos establecimientos son los pequeños rincones donde vecinos, familias, niños y niñas comparten desde actividades deportivas hasta recreaciones, y algún que otro evento festivo. ¿Cuál es la salida de estas instituciones barriales que deben fraguar los aumentos de servicios? ¿Cuáles son las maniobras que deberán implementar para no cerrar sus puertas a miles de chicos y chicas que asisten a diario como lugar de contención y recreación? ¿Hay una ley que los ampare? A raíz de las barreras que se les imponen, centenares de clubes se movilizaron el 7 de junio hasta Plaza de Mayo, unidos en las calles para sobrevivir ante la desidia.

Por Andrea Leal @bbelicosis

Ilustración: Disculpen la Molestia


Los años ‘60, las vacaciones con los primos, las horas aprendiendo a nadar en una pileta enorme, el Club Los 50 repleto de familias durante enero y febrero. Mauricio Macri confiesa que la película Luna de Avellaneda le remite a cada una de esas cosas, lo transporta a aquellas épocas en el Club ubicado en el centro de Tandil. Apela a la nostalgia, los recuerdos de la infancia y busca un tema en común que genere algún lazo de identidad como un intento desesperado para ser aceptado en un círculo al que no pertenece. Pero le sale mal. La nostalgia no sabe qué evocar, ningún viaje al pasado logra aminorar el repudio y la preocupación que generan los actuales tarifazos en todos aquellos que construyen y asisten a un club de barrio y ni siquiera aquel club en el que el presidente solía pasar el verano escapa al contexto de ajuste: “La boleta se nos duplicó, del 100% nos sacan el 40% pero queda un 60% de aumento que también es duro”, expresó el presidente del Club Los 50, Mario Quaranta [1].

Pero Macri continuó utilizando a la nostalgia como un escudo y el 6 de junio decidió hacer anuncios en el Club Juventud Unida de Lavallol, la locación utilizada para el rodaje de la película de Campanella. Se paró en ese recinto en el que se filmó la escena del remate e informó acerca de un descuento en las tarifas de los servicios públicos para los clubes barriales. Luego, evocó la escena final en la que el personaje protagonizado por Ricardo Darín se pregunta cómo se hace un club nuevo. “Antes de generar nuevos, tenemos que cuidar los que tenemos”, aseguró el Jefe de Estado.

Lo que Macri parece no recordar es que la defensa de un club barrial aflora la resistencia y la organización de miles de vecinos. Quizás el caso del Club Homero Manzi y su intento de desalojo en el 2013 le refresque la memoria: el club deportivo, social y cultural de Parque Chacabuco había recibido una cédula de notificación que ordenaba la restitución del predio alegando que el club presentaba distintas irregularidades. En 2009 había finalizado el contrato de concesión del club y tras no ser incluidos – sin explicación –  en la Ley 4478 que permitía la extensión del contrato por diez años más, el gobierno macrista otorgó un plazo de 30 días para su desalojo dejando en la calle a más de 300 chicos y 70 jubilados. La medida del gobierno porteño se sumó a otras que fueron resistidas por los vecinos de la zona, como los intentos por construir bajadas de la Autopista 25 de Mayo en el centro del predio que ocupa el Parque Chacabuco y el enrejado de ese tradicional paseo público. Manifestaciones, cortes de calles, acampes debajo de la autopista, petitorios y un proyecto de ley obligaron a las autoridades a dar marcha atrás y la institución siguió en pie. “No toda ciudad es Barrio Parque y no todo espacio público debe terminar siendo un garage. Hay aun hoy, a pesar de que a muchos les cueste creerlo, lugares donde la gente deposita sus sentimientos y ese es precisamente el caso del Club Homero Manzi, un lugar que sirve de contención social y representación cultural para la gente del barrio”[2], declaraba en ese momento Guillermo Iribarren, abogado y padre de uno de los chicos que asistía a la escuelita de fútbol  y, a su vez, advertía que en esa ocasión se trataba del Homero Manzi, pero el día de mañana podría ser cualquier otro club el que corriera peligro.

13511987_10209904072548980_2509642888249571082_n

Iribarren no fue ningún visionario. Actualmente los clubes de barrio están en riesgo, sí. Como tantas otras veces: dictaduras, neoliberalismo, crisis económicas, negocios inmobiliarios, el abandono por parte del Estado o el surgimiento de otros espacios y actividades que permiten la recreación y disminuyen la cantidad de sus socios, son algunos de los problemas que han tenido que enfrentar.

Hoy tampoco ven la supuesta luz del ansiado segundo semestre que se encuentra al final del túnel: “Simbólicamente, fue muy doloroso ver a los pibes del Juventud Unida en el mismo gimnasio donde se filmó la escena del remate del club. Desde ese lugar tan emblemático, Macri hizo un discurso de la nada, porque justamente con ese anuncio no nos dieron nada”, explicó Carlos Funes, titular del Club Deportivo y Social Colegiales dejando en claro que la medida no le sirve a la economía de la entidad que preside. La movilización del pasado 7 de junio que realizaron varios clubes de barrio a Plaza de Mayo reflejó que no era el único dirigente que piensa así. La Unión Nacional de Clubes de Barrio (UNCB) asegura que de los 20 mil clubes que existen en el país, sólo 600 podrían cumplir los requisitos para recibir el beneficio anunciado. Los servicios básicos representan entre el 50% y el 60% del costo operativo de los clubes medianos y pequeños. En marzo, el club de Colegiales pagó $3900 de agua mientras que en mayo les llegó una factura por $7767. El ajuste en la boleta de la luz pasó de $4700 a $14412. “Si la luz aumentó un 400% yo lo tengo que trasladar a mi costo y tengo que incrementar todo un 200%”, comentó Funes quien decidió comenzar a considerar como un socio a toda una familia y exigirles el pago de una sola cuota social, un mecanismo que deja en claro que lo primordial es cumplir una función social en el barrio.

El anuncio de Macri les recuerda a estas instituciones que sigue pendiente la reglamentación de la Ley 27098[3], sancionada en diciembre de 2014 que ya garantizaba, entre otras cosas, una tarifa social para los clubes. “El subsidio es un acto administrativo generado por los mismos que me mandaron dos inspectores en diez días. ¿Esa gestión es la que me va a dar el subsidio económico? Lo que necesitamos es un marco de ley”, sentencia el presidente del CDySC.

13516256_10209904076309074_8323535480908676803_n

Cristian Font, integrante de la mesa directiva de la Unión Nacional de Clubes de Barrio explica que el rechazo al paliativo que propuso el gobierno tiene que ver con la presentación de una serie de requisitos entre los que se encuentra el certificado de vigencia, una constancia que determina si el club está el día con su documentación: “Nos exigen lo mismo que a una sociedad anónima o una empresa privada, lo hacen cada vez más difícil exigiéndote documentos desde la fecha de creación de la entidad, como si por no contar con ese papel no tuviéramos una función social pero así como marchamos cerca de 20 mil personas para pedir por la ley de promoción de clubes, ahora vamos a duplicar el esfuerzo para evitar que desaparezcan”.

Algunos establecimientos han decidido brindar actividades luego de las 18 horas, otros impulsaron peñas, rifas y festivales para evitar el aumento de la cuota social y unos pocos abrieron cantinas. Todo suma pero aun así no alcanza. “Cuando un chico entra a un club sale de la calle. Nadie puede dudar de que su rol es fundamental en los barrios, por eso nos preocupa su supervivencia”[4], señaló Susana Borda, presidente de la Sociedad de Fomento Agronomía y Biblioteca El Resplandor (Club Saber). Borda preside una institución con 90 años de historia que es centro de la actividad cultural, deportiva y social de Parque Chas. Allí se dictan talleres literarios, de historia y apoyo escolar gratuito para los chicos del barrio, además de clases de patín, fútbol y otros deportes. El impacto del aumento de las tarifas fue notable a pesar de que se trata de una entidad histórica que cuenta con cierta infraestructura: de un promedio de 650 pesos por cada factura bimestral de luz pasó a pagar 1600 por mes.

Además de las movilizaciones y festivales, la UNCB organizó la “Copa Aranguren”, un torneo de fútbol que se jugó en la puerta del Ministerio de Energía y Minería. El premio tuvo una cuota de ironía: el equipo ganador se llevó un sol de noche, el goleador, una linterna y el mejor jugador, una orden de compra en velas. El humor no se pierde, la unión de la lucha entre distintos sectores tampoco: esta medida surgió en el segundo encuentro que tuvo la muctisectorial que los clubes integran junto a empresas recuperadas, centros culturales, cooperativas, pymes, sindicatos y bibliotecas.

Rincones de resistencia

Clubes de barrio eran los de antes, dicen algunos. Sin embargo, todavía persisten aquellos que le juegan una pulseada a las imponentes barreras que los obligan al destierro. Han perdido su protagonismo a raíz de los distintos contextos políticos y económicos y el signo propio de una época que parece haberlos olvidado. Pero todos se caracterizan por haberse constituido como íconos de la resistencia urbana, probablemente porque su historia los marca de pies a cabeza: desde sus inicios los clubes barriales dieron lugar a asambleas, debates populares y militancia política. “El club de barrio tiene una historia que es constitutiva de los procesos identitarios de la sociedad argentina. Nace a partir del siglo XX y tiene que ver con la llegada de los inmigrantes y la ubicación de distintos sectores sociales en el espacio urbano. Es un espacio de apropiación colectiva que no apunta solamente a la recreación sino a la difusión de determinadas ideas. Por ejemplo, los anarquistas o los socialistas en sus inicios también eran miembros de los clubes de barrio”, analizó Silvia Bianchi, antropóloga y docente de la Universidad de Rosario.

Durante los años ’50 los clubes fueron el rincón en el que la vida social de un barrio se desarrollaba plenamente, mientras que la militancia activa de los ’60 y ’70 los recuperó dándoles nuevos sentidos y convirtiéndolos en espacio de militancia. “Sirvieron como expresión de determinados espacios políticos o identidad laboral como es el caso del club de los ferroviarios, por ejemplo. Por todo esto la dictadura militar va a intentar terminar con estos lugares que expresaban identidades colectivas. El club de barrio es ‘soy en tanto el otro y el otro es en tanto yo soy’. La dictadura hizo desaparecer  esos espacios de socialización y recreación de lo colectivo”, remató Silvia.

Otro capítulo de la supervivencia de los clubes es el que corresponde a la década del ’90 en la que el neoliberalismo agudizó su progresiva desaparición producto de la proliferación de los countries, barrios privados y grandes gimnasios. “Se comienza a cuestionar la propiedad de los terrenos, la participación de sus integrantes no es tal o cual, no pueden sostener económicamente las instalaciones y se empieza a lidiar con la aparición de nuevas formas y modos de consumo. No es lo mismo socializarse en un club de barrio que en el shopping porque ahí se transmitían valores, tradiciones, actividades de socialización entre distintas generaciones. El modelo social de mercado va a impedir todo tipo de socialización que tienda a lo colectivo, a pensar quién sos y de dónde venís”, explicó Bianchi.

La crisis del 2001 potenció un aluvión de dificultades para el mantenimiento de los clubes. Muchos se declararon en quiebra, otros decidieron ceder esos terrenos ante la aparición de diferentes proyectos inmobiliarios y algunos resistieron y fueron aprovechados como espacios para el trueque de cada domingo. Pero había un conflicto mayor: los pibes de familias devastadas por la crisis social y económica desconfiaban de cualquier institución, incluso los clubes que dejaron de ser sinónimo de contención y refugio.

“Parece imposible, pero si muchos trabajadores pudieron recuperar fábricas, ¿por qué un grupo de adolescentes no iba a poder hacer lo mismo con su club de barrio?”, cuestionó Juan Manuel, un joven santafesino que junto a unos amigos se propuso llevar a cabo un proyecto de recuperación de los clubes barriales El Federal y El luchador de Rosario que habían cerrado sus puertas post crisis del 2001. Otra vez, estas entidades emergen como pequeños rincones de resistencia: actualmente ambos clubes cuentan con una orquesta popular, una escuela de arte y continúan fortaleciendo la actividad deportiva.

13501919_10209904065348800_7749910350706042149_n

Las distintas iniciativas que socios, empleados y dirigentes impulsaron recientemente permitieron que la tarifa social no solo se aplique a la luz sino al resto de los servicios. De todas formas, el porcentaje de clubes beneficiados es mínimo.

“De los clubes, la Plaza es de los clubes”, entonó un grupo de chicos, madres, padres y profesores mientras se acercaba a la Casa Rosada tan cerca como las vallas, a la altura de la calle Defensa, lo permitieron. Allí se montó un escenario desde el que se leyeron las consignas de convocatoria y aseguraron: “No vamos a permitir que desaparezcan los clubes”. Hoy como ayer estos espacios padecen una amenaza pero la respuesta es la misma, evitar su desaparición a toda costa y lograr la aplicación de una Ley que les permita gozar de esa estabilidad que los gambetea hace un largo tiempo.

Una escena de dos viejos jugando a las bochas, un ¡Truco, carajo! desafiante, un picadito que los pibes le juegan al tiempo, los primeros lazos de socialización fuera de casa, los grandes bailes y carnavales, el primer amor, un tango de Goyeneche, las orquestas típicas, aquel sitio de socialización de ideas y fundamentos políticos de la clase obrera (basta recordar los nombres de los primeros clubes que se fundaron en el conurbano bonaerense en el siglo XX: La Internacional, Alba Roja, Estrella Roja, Juventud Obrera, Unión y Trabajo, El Martillo y la Hoz o El Porvenir). Todo eso es un club de barrio. Ahí la nostalgia se huele apenas uno ingresa y no hace falta que venga Macri a forzarla mediante sus anécdotas y películas. Ahí la nostalgia no es el escudo de un presidente, es el arma de quienes decidieron luchar contra los distintos vaivenes económicos, políticos y sociales a contramano de tiempos en que las relaciones se convierten en encuentros virtuales y efímeros. La nostalgia no es una estrategia para contener las reacciones de un tarifazo brutal, es la fuente de razones que impulsan a resistir, una vez más, en defensa de un patrimonio barrial.

13533220_10209904077629107_5782202494591484878_n


[1] http://continental.com.ar/noticias/sociedad/los-50-el-club-tandilense-al-que-iba-macri-de-nino/20160607/nota3153720.aspx

[2] “Un club de barrio en peligro” http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-223235-2013-06-28.html

[3] Régimen de Promoción de los Clubes de Barrio y de Pueblo: http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/240000-244999/241139/norma.htm

[4] “Los clubes de barrio en riesgo por los tarifazos” http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-299708-2016-05-19.html

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s