Historia internacional/Política internacional

Furia negra, furia que libera

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¿Por qué a una revolución como la haitiana, realizada por los más explotados no se le da importancia y no se la conoce?; ¿por qué nuestras celebraciones por los bicentenarios no destacan lo simbólico y lo material de una revolución hecha por negras y negros y no por las burguesías?; ¿qué orden de poder subvirtió la insurrección de aquel momento y cómo se presenta en nuestros días?; ¿a quiénes beneficia la invisibilización de la primera guerra racial anticolonial y la única rebelión de esclavos que desembocó en un Estado soberano? Sobre estas preguntas se construye el siguiente artículo en el marco de las reflexiones críticas sobre qué es lo que están celebrando los Estados latinoamericanos y del Caribe cuando conmemoran los bicentenarios de las diferentes declaraciones de independencia.

Por Pablo Lescano


Habiendo transcurrido algunos años en América Latina desde los festejos de los bicentenarios por la conformación de las Juntas de Gobierno, y acercándonos a las celebraciones de los bicentenarios del ciclo de independencias latinoamericanas (exceptuando los casos de Haití y Paraguay, producidas en 1804 y 1811 respectivamente), se puede observar el relegamiento (o mejor dicho, la invisibilización) de la independencia de Haití en este proceso histórico. Lo cual, a nuestro entender, obedece a una mirada del proceso atravesada por una lente tradicional, criollocentrista [1] y eurocentrista. Mirada que, según Aníbal Quijano: “opera como un espejo que distorsiona lo que refleja (…) Aquí la tragedia es que todos hemos sido conducidos, sabiéndolo o no, queriéndolo o no, a ver y aceptar aquella imagen como nuestra y como perteneciente a nosotros solamente. De esa manera seguimos siendo lo que no somos.” [2]

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En este sentido, nos interesaría formular una serie de interrogantes sobre los que reflexionar en el transcurso de estas líneas: ¿Qué se pone en juego en esta distorsión? ¿Por qué esta invisibilización de Haití en el proceso independentista latinoamericano? ¿Qué rol desempeñó durante la etapa colonial? ¿Cómo se desarrolló la proclamación de su independencia? ¿Qué consecuencias se pueden observar de ello en la actualidad que atraviesa? Para intentar dar respuesta a esos interrogantes, utilizaremos una de las categorías empleadas por Fernand Braudel para dimensionar el tiempo histórico, la longuedurée o larga duración, ya que consideramos que la situación actual de Haití se comprende si se entiende que se halla inscripta en un proceso histórico que la engloba y cuyo punto de partida es, como señala Quijano, “la constitución de América y la del capitalismo colonial/moderno y eurocentrado como un nuevo patrón de poder mundial.” [3]

La esclavitud como vía para la acumulación originaria del capital

En la constitución de este nuevo patrón de poder mundial, América Latina desarrolló un papel relevante en el proceso de acumulación originaria del capital a través de la explotación de la esclavitud africana y la semi-esclavitud indígena. Y, en efecto, Haití se vio involucrada directamente en ese proceso.

Primero bajo la dominación de España y luego bajo la dominación francesa (de ahí su denominación como Saint-Domingue), el principal problema que se presentó fue el de la mano de obra, debido al exterminio de la población indígena. La solución encontrada fue la importación de personas como mano de obra, africanos y africanas, para esclavizarlas, por ende, su sistema económico se basó en la esclavitud de negros. Para mediados del siglo XVIII, Saint-Domingue se había transformado en la colonia más rica de Francia y del Nuevo Mundo. El auge económico se basaba en la producción y exportación de materias primas: la que más sobresalía era el azúcar, ya que exportaba 2/3 del azúcar mundial. ¿El secreto de la prosperidad? La esclavitud, que permitía extraer exorbitantes tasas de ganancia. Esta explotación que se desarrollaba en el plano económico, tenía su réplica en el plano social con una fuerte y marcada estratificación. Este orden tenía una legitimación discursiva basada en el concepto de raza y en la división racial del trabajo, como explica Quijano: “La formación de relaciones sociales fundadas en dicha idea, produjo en América identidades sociales históricamente nuevas: indios, negros y mestizos y redefinió otras (…) Y en la medida en que las relaciones sociales que estaban configurándose eran relaciones de dominación, tales identidades fueron asociadas a las jerarquías, lugares y roles sociales correspondientes, como constitutivas de ellas y, en consecuencia, al patrón de dominación colonial que se imponía.” [4] ¿Qué le deparaba el destino entonces a Haití según este discurso distorsionador de la realidad? Continuar siendo la “perla de las Antillas” para que un puñado de beneficiarios continuaran hasta que sea necesario con la cuantiosa extracción de capital, a costa de la explotación de decenas de miles hundidos en la miseria.

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Sin embargo, este orden distaba de ser armónico y pacífico. Entre los propietarios mulatos y blancos, si bien había ciertos intereses comunes como no alterar el orden esclavista, también había rispideces: los primeros querían acabar con la segregación racial que los mantenía relegados en la estructura social. Mientras que por el lado de los esclavos, se había configurado toda una cosmovisión de la resistencia frente al orden imperante a lo largo de los siglos. En este estado de tensión latente, solo hacía falta una chispa para que el conflicto estallara y esa chispa fue el proceso revolucionario abierto en 1789 en Francia y, junto con ella, la notable influencia que tuvieron los ideales de la Revolución Francesa (Libertad, Igualdad y Fraternidad) para desatar esos conflictos que se encontraban en estado potencial.

De Saint-Domingue a Haití

Al calor de estos acontecimientos, una figura sobresalió: Toussaint Louverture, devenido en un hombre libre, quien conocía la experiencia de la esclavitud por haberla padecido, se terminaría convirtiendo, gracias a sus cualidades de estratega militar y político, en el indiscutido líder de los rebeldes insurrectos. Mientras tanto, a medida que el proceso político en Francia se radicalizaba, cuyo punto más elevado fue la ejecución del rey Luis XVI, las demás monarquías se sintieron amenazadas y decidieron intervenir. Por ello, tanto España como Inglaterra también se vieron involucradas en el conflicto, estableciendo alianzas, cada una por su parte, con los distintos sectores sociales en pugna. Finalizada la contienda, cierto es que Toussaint no declaró la independencia, pero tenía un proyecto para Saint-Domingue: su objetivo era retornar a una fuerte economía de exportación, pero sin esclavitud. Ahora la ley consideraba a los ex esclavos como sujetos jurídicos, limitaba el poder del dueño de la plantación y le otorgaba protección en caso de enfermedad y embarazo. Además, estableció un fuerte control estatal sobre la economía y las plantaciones.

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Toussaint Louverture

Demasiado que tolerar para Francia, que desde la caída de los jacobinos asistía a un ciclo contrarrevolucionario que encontraría su pico máximo en el ascenso de Napoleón al poder mediante un golpe de Estado. Éste último optó por invadir Saint-Domingue, mandando a sus mejores hombres, con el objetivo de restaurar el antiguo orden. Luego de un tiempo de duros combates, las deserciones en su propio bando hicieron que Toussaint se rindiera, fuese apresado y enviado a la metrópoli. Pero ello no impidió que la lucha continuara. Teniendo como aliada a la fiebre amarilla, la cual diezmó a las tropas napoleónicas, sumada a las acciones de los rebeldes, hizo que en noviembre de 1803 las tropas francesas se rindieran incondicionalmente y en 1° de enero de 1804 se declaró la independencia de Saint-Domingue, bautizada como Haití en honor a sus antiguos pobladores indígenas. De esta forma nacía la primera república negra de la historia y el primer Estado independiente de América Latina.

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Se trataba de la primera guerra racial anticolonial y la única rebelión de esclavos que desembocó en un Estado soberano. La radicalización de la insurrección, la gran matanza de blancos y la destrucción de las propiedades, causó pavor en el mundo blanco, occidental y eurocentrado, ya que de acuerdo a la clasificación racial de las sociedades que esa cosmovisión había realizado, los esclavos negros no podían ser sujetos históricos racionales capaces de llevar adelante un proceso emancipatorio. Es por ello que se presentaba como una amenaza en todos los aspectos, ya que como expresa el historiador John Lynch: “Haití no sólo representaba la independencia sino la revolución, no sólo la libertad sino la igualdad.” [5] Por lo tanto, tremenda subversión y alteración de este orden de cosas no sería perdonada bajo ningún punto de vista por el mundo blanco y eurocentrado en el devenir histórico de la naciente república haitiana.

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Jean-Jacques Dessalines y el acta de independencia

Una nueva colonización

Desde los inicios como república independiente, la cuestión de Haití fue tratada conforme a parámetros biológicos, como si se tratara de una patología que no debía contagiar al resto y, por ende, tenía que ser apartada. De esta forma, el naciente Estado haitiano fue aislado y combatido, boicoteado durante las décadas que siguierona la declaración de su independencia, generando un clima de inestabilidad.

A este proceso le siguió, entre 1915 y 1934, la ocupación militar estadounidense. Esto tenía diversos objetivos, a nuestro entender: por un lado, convertir a Haití en un enclave de la economía agroexportadora; por otra parte, favorecer los intereses imperialistas de Estados Unidos, colocando bases militares en una posición estratégica que permitiera tender un manto de vigilancia sobre lo que ocurriera en el denominado patio trasero; por último, eliminar cualquier vestigio de resistencia que reivindicara lo sucedido entre fines del siglo XVIII e inicios del XIX y que pudiera poner en tela de juicio el patrón de poder dominante blanco y occidental. Al finalizar la ocupación, Estados Unidos dejó al Ejército Nacional tutelando el país. Para luego, en la década de 1950, en pleno auge de la Guerra Fría, auspiciar las dictaduras de François “Papa Doc” Duvalier y su hijo, dejando como resultado miles de muertos a causa de las represiones.

Haití y Estados Unidos comparten en común el haber luchado por sus respectivas independencias frente a potencias europeas -Francia e Inglaterra, respectivamente-. Pero luego de romper los lazos coloniales que las encadenaban, los caminos se bifurcaron: Estados Unidos pasó a ocupar el lugar del opresor, mientras que Haití el de los oprimidos en el concierto de los pueblos del mundo. Estados Unidos se reivindica como heredero de ese paradigma blanco, occidental y eurocéntrico, señalado al principio. Por lo tanto, no permitirá bajo ningún punto de vista otra intentona que socave ese patrón de poder dominante.

En este sentido, el terremoto de enero del 2010, que sacudió ferozmente y destrozó aquellos lugares donde se asientan las clases populares, se presentó como una nueva excusa para que Estados Unidos invada militarmente Haití otra vez. Tras la fachada de la ayuda humanitaria, Estados Unidos ha desplegado sus Fuerzas Armadas, todo en un contexto de inestabilidad política. Para, de esta forma, poner trabas al desarrollo, intensificando cada vez más la dependencia y desalentando cualquier proyecto viable de una nueva emancipación. Porque aunque con un ojo vigila el presente, con el otro no pierde de vista el pasado, ya que los fantasmas de la gran y radicalizada insurrección que permitió a Haití declararse independiente en 1804 todavía siguen rondando, atribuyéndole al sismo un carácter místico o sobre-natural, como señaló Ramonet: “Aún hoy, el viejo terror no ha desaparecido. Pat Robertson, telepredicador estadounidense, ¿no acaba acaso de afirmar: “Miles de haitianos han muerto en el seísmo porque los esclavos de Haití hicieron un pacto con el diablo para obtener su libertad?” [6]

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Dejar de mirar a través del espejo distorsionador

A modo de conclusión, transcurridos 200 años de la independencia de Haití y a la luz de los hechos, queremos rescatar dos aspectos sobre la misma que tienen una estrecha relación a nuestro entender.

Por un lado, la vigencia que en la actualidad sigue teniendo el concepto de raza en la reproducción de ese patrón de poder occidental, blanco y eurocéntrico. En este sentido, Occidente jamás perdonará que esclavos, negros y no-europeos se hayan atrevido a poner en tela de juicio y a subvertir las bases de su dominación, demostrando como sostuvo Fernand Braudel que las mentalidades son cárceles de larga duración. Sin embargo, a Occidente todavía le causa temor la experiencia haitiana y si hay algo que resultó el proceso de liberación haitiano, fue ejemplificador. Ejemplificador por lo que podía inspirar en el resto de los esclavos. Ejemplificador sobre los amos, quienes reforzaron los métodos violentos de esclavitud. Pero ejemplificador también, pese a la abolición de la esclavitud cuando ya no le resultaba más conveniente al capital, por las profundas huellas que dejó hasta la actualidad. En donde aquellos que aún hoy sufren las injusticias del racismo y del imperialismo, puedan encontrar en la gesta haitiana un punto de referencia para sus luchas cotidianas.

Las categorías para analizar el proceso político latinoamericano distorsionan la realidad ya que se implementaron con una carga colonial que permite reproducir dispositivos de poder. Si analizamos el ciclo de independencias latinoamericanas mirándonos al espejo eurocéntrico, la imagen que nos devolverá es una distorsionada. En donde la revolución haitiana busque ser recluida, apartada, olvidada, para que no contagie su “mal ejemplo”. Porque como afirma Martínez Peria: “…hay otro olvido que es aún más importante y es el que tiene que ver con el significado filosófico político de la Revolución Haitiana. Ya que la historiografía y la filosofía occidental hacen hincapié en que son la Revolución Inglesa, Norteamericana y Francesa los pilares fundantes de la democracia moderna. Sin embargo, lo que toda esa tradición de pensamiento expone son los límites burgueses, racistas, sexistas y eurocéntricos de dichos procesos. Ocultando una verdadera revolución social e independentista protagonizada por esclavos negros que pusieron genuinamente en discusión la libertad y la igualdad universal.” [7]

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[1]Bauer, Carlos Francisco: “La huella de Haití en la historia universal. Hacia la primigeneidad de Haití en la historia latinoamericana”, [email protected] Revista electrónica de estudios latinoamericanos [en línea], Vol. 9, nº 34, Buenos Aires, enero-marzo 2011. Pág. 5.

[2] Quijano, Aníbal: “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en Edgardo Lander, La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, UNESCO-CLACSO, Buenos Aires, 2005. Pág. 226.

[3]Ibid. Pág. 201.

[4]Quijano, Aníbal: “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en Edgardo Lander, La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, UNESCO-CLACSO, Buenos Aires, 2005. Pág. 202.

[5] Lynch, John: “Los orígenes de la independencia hispanoamericana” en Leslie Bethell: Historia de América Latina, Tomo V, Ed. Crítica, Barcelona, 1990. Pág. 38.

[6]Ramonet, Ignacio: “Aprender de Haiti”, Le Monde Diplomatique en español, n°184, febrero de 2010. Pág. 2.

[7]Martínez Peria, Juan Francisco: “Haití: la Revolución olvidada”, en [email protected], Revista

electrónica de estudios latinoamericanos [en línea], Volumen 7, nº 27, Buenos Aires, abril/junio Pág. 21.

Un pensamiento en “Furia negra, furia que libera

  1. Muy buen articulo Pablo. Gracias a “Las venas abiertas de América Latina” que leí hace tiempo y a “1810:a otra historia de nuestra revolución fundadora” de Felipe Pigna que leí el año pasado pude saber mas sobre esta gran lucha del pueblo haitiano y de su ocultamiento por parte de casi todos.

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