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Durante los ’80, dentro de los feminismos se instaló un debate sobre la pornografía y el ejercicio del trabajo sexual. De un lado se encontraban aquellas feministas que consideraban a ambos una forma de dominación política y sexual hacia las mujeres[1] y exigían su abolición. Por otro lado, las feministas pro-sexo defendían los derechos sexuales de las mujeres y de la comunidad LGTB, así como el consumo o ejercicio del trabajo sexual. Este debate que divide en dos al feminismo, continúa aún vigente. Derrocando a Roca entrevistó a Georgina Orellano, trabajadora sexual y secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) y a Leonor Silvestri, filosofa, escritora y activista pro-sexo, para conocer cuál es la situación actual de las trabajadoras sexuales, la lucha que están llevando a cabo para organizarse junto a sus compañeras y su posición frente a las ideas que pretenden abolir esta actividad.

Por Estefanía Santoro @FanuSantoro 


Al igual que cualquier otra actividad remunerada, muchas mujeres elijen ejercer el trabajo sexual. Además de la estigmatización social que sufren las trabajadores sexuales, el poder del Estado, institución patriarcal por excelencia, obstaculiza este trabajo mediante una serie de imposiciones y prohibiciones, donde la policía en connivencia con las redes de proxenistismo, cumplen el papel principal al perseguir, vigilar y criminalizar a las mujeres que lo ejercen. Esta situación, a su vez, impide que las trabajadoras sexuales puedan organizarse y trabajar de manera autónoma.

A continuación, primera parte de la entrevista con Georgina Orellano y Leonor Silvestri.

_ Georgina ¿cómo te posicionás frente al discurso abolicionista que sostiene que el trabajo sexual debe estar penado o prohibido?

GO: _ Para dar respuesta a cada argumento que se gestiona desde el otro lado, donde se nos muestra como mujeres que no tenemos poder de decisión sobre nuestro cuerpo, y que siempre hay algún tercero decidiendo por nosotras, la mejor respuesta es mostrar organización. Nosotras mismas, las trabajadoras sexuales, debemos llevar nuestros reclamos en primera persona. Mostrar las dificultades y la criminalización que tenemos para realizar el trabajo sexual de manera autónoma, y reconocernos como trabajadoras, sobre todo por el estigma que pesa sobre nosotras y nuestra actividad. Más allá de posturas ideológicas basadas en la teoría, en el último tiempo hay muchas trabajadoras sexuales que han podido sacarse el estigma de encima para que se escuchen sus voces. Frente a eso, no hay argumento para contrarrestar una realidad que todo un colectivo necesita reflejar ante la sociedad.

_ ¿Por qué crees que hay personas que niegan que una mujer pueda desear y decidir ser trabajadora sexual?

GO: _ Creo que hay una cosa de paternalismo y de tutelar cuerpos ajenos, hablar y decidir por el otro. Hay una situación de patriarcado, pero con cara de mujer. Aquellas mismas que luchan contra el patriarcado, después se convierten en algo parecido cuando acallan las voces de un sector que está organizado. Quieren decidir sobre los cuerpos de otras mujeres sin siquiera ponerse en nuestros zapatos, sin ni siquiera haberse parado en una esquina y saber los problemas con los que una a diario se tiene que enfrentar. Las primeras en criticar fuertemente las condiciones laborales en las cuales tenemos que ejercer, somos las trabajadoras sexuales. No decimos que somos felices en nuestro trabajo, siempre estamos reflejando las malas condiciones, la clandestinidad o el vacío legal en el que tenemos que  ejercerlo. Hay algunas que son verdaderamente abolicionistas y creen que no se puede legalizar la prostitución como una institución porque hay situaciones que ellas entienden como violencia, pero que nosotras entendemos como algo consensuado entre personas mayores. Hay otra vertiente que ya dejó de ser abolicionista para transformarse en prohibicionista.

LS: _ El abolicionismo en Argentina es un dispositivo privilegiado para liberar, so pretexto de la protección hacia las mujeres, toda la misoginia internalizada que tenemos las mujeres dentro del patriarcado, porque no dejamos de vivir en esta cultura, de pelearnos con la de al lado. Entre nosotras nos maltratamos, nos atacamos, porque si realmente fuera abolicionismo como se entiende en otros lugares, nos podríamos sentar en la mesa a discutir. Nadie puede callarle la boca a la otra, tenés que escucharla, ver qué te dice. Estos abolicionismos lo que hacen es antagonizar con el colectivo de trabajadoras sexuales, como fue en su momento el feminismo esencialista que antagonizó con las mujeres trans, y eso no fue hace mucho. Hoy nos olvidamos lo que eran los encuentros de mujeres donde la primera vez que cayeron las mujeres trans, no fue de masiva aceptación. Se están armando bandas de forajidas que son capaces de hacer, decir e inventar cualquier cosa, sólo para antagonizar con la trabajadora sexual que se planta sobre sus tacos y dice “yo quiero mejorar mi calidad de trabajo”, no defender al proxeneta.

_ Teniendo en cuenta la connivencia policial con las redes de trata ¿cómo defenderse de estos abusos institucionales?

GO: _ Más que con las redes de trata, yo diría con las redes de proxenetismo. A la organización llegan muchas compañeras que trabajan en relación de dependencia en estos lugares, donde las compañeras tienen que cumplir horarios de trabajo, lo mismo que pasa en una fábrica. Hay situaciones de explotación, se cumple un horario, si llegás tarde tener que pagar multas, hubo casos donde las propias trabajadoras sexuales lograron desprenderse de ese modelo de explotación laboral que se da en el sistema capitalista. Es muy difícil que las compañeras se puedan cooperativizar, porque al estar todo en la clandestinidad se genera abuso de las inmobiliarias; los dueños de los inmuebles  te cobran tres o cuatro veces mucho más caro, no hay un contrato de alquiler sino un contrato de palabra, ellas están ajustadas a lo que el otro decida y no a una negociación entre dos partes, que se da cuando el trabajador está reconocido por el Estado. Ahí tiene un rol importante la policía queriendo realizar allanamientos, por denuncias que se hacen al 911 o por denuncias que alguien hizo por un papelito en la vía pública y denunció el número de teléfono y la dirección, lo que posibilita que la justicia abra una causa contra trabajadoras sexuales que en muchos casos son independientes y autónomas. A las compañeras se les hace imposible llevar adelante el tema del cooperativismo porque el Estado está presente, pero a través de criminalización y persecución policial y no, a través de derechos y garantías, como lo hace en otras situaciones, como cuando trata de mediar con la patronal o el caso de los peones rurales o lo que se hizo con las empleadas de casas particulares. Acá, el Estado está presente tirándole el derecho penal encima a las trabajadoras sexuales y sobre todo, a aquellas que vienen de sectores populares, a través de leyes que criminalizan la actividad, lo que empuja a que se termine trabajando en la clandestinidad. Esto tiene como resultado la vulneración de derechos de las compañeras y la facilitación del trabajo a la policía, que tiene todavía todo el negocio bajo su órbita.

LS: _ ¿Cómo en un país con treinta mil desaparecidos, donde sabemos que la democracia jamás modificó las cúpulas que forman a los aparatos represivos, seguimos confiando en los poderes punitivistas, es decir, la policía, el ejército, la gendarmería y las instituciones jurídicas para solucionar un problema que finalmente el feminismo tiene que salir a resolver? ¿Cómo puede haber una industria del ataque judicial hacia otras? En Argentina, donde levantás una baldosa, encontrás un desaparecido. Confiar en la policía, que la policía va a venir a rescatar a alguien, eso es ser idiota.

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Georgina Orellano, Secretaria General del Sindicato de Mujeres Meretrices de la Argentina – AMMAR CTA

_ Antes contaban con el rubro 59, a la vista de todos, legitimado hasta 2011 y luego fue prohibido ¿qué significó para ustedes este cambio?

GO: _ El decreto presidencial 936 precarizó aún más el mercado sexual. Hay mucha gente y muchas ONG’s que quieren hacer algo para el “bien común”, para tener buena conciencia y sentirse bien. Hay una ONG que se llama “Los martes rojos” que eligen un día y salen todas disfrazadas con sus niños, con delantales o disfraces rojos y despegan todos nuestros papelitos y los ponen en unas bolsas rojas, porque dicen que las bolsas rojas se utilizan en los hospitales públicos para desechar todo aquello que puede contagiar. Eso es tomado como una buena acción colectiva para combatir la trata. Ahí hacen una división entre las mujeres puras, que hacen un bien, y las impuras que hacen un mal, las santas y las no santas, o las santas y las putas, es una división de clase también.

LS: _ Por eso la distinción de las abolicionistas. Desde mi experiencia, una abolicionista es una persona que va a la zona roja a hacer campaña de profilaxis, entregar preservativos, que trabaja donde están las trabajadoras, ¿se entiende? No va a despegar papelitos porque entiende que eso es privar, no sólo a la trabajadora sino a todo el grupo familiar, de su comida. Trabajan en la prevención, como se hace con grupos en situaciones de riesgo y de violencia. Ese es el trabajo que yo conocí de las abolicionistas, no el que funciona acá que, efectivamente, no requiere una implicancia mayor en el cuerpo; es como jugar a Halloween con una simbología super pesada ¿Por qué decir que ese papel con el que yo trabajo es un papel patógeno? ¡Es fuertísimo! Es decirle a una puta que es una basura, es decirle a alguien que es un residuo patógeno de la sociedad y que hay meterlo en una bolsa. Esa simbología es un despliegue de microfascismo.

_ ¿En alguna oportunidad una abolicionista se acercó a ustedes para intentar debatir el tema?

GO: _ No, a nosotras varias veces nos han limitado.

LS: _ No, al contrario, el año pasado en el Encuentro Nacional de Mujeres fueron totalmente acalladas, expulsadas y testigos oculares del hecho te pueden contar cómo las trataron. Feministas abolicionistas decían cosas como: “cállate puta que tenés el culo roto”

GO: _ Durante el Encuentro nos pasó de estar un día y medio discutiendo si era legítimo o no la decisión nuestra de ser trabajadoras sexuales para que el último día, al cierre de las conclusiones nos salgan a decir que éramos un invento de la CTA, o sea, de varones sindicalistas que nos enseñaron un libreto para defender nuestra postura. Nos subestimaron.

_ ¿Cómo sintieron eso?

LS: _ Las mujeres que hablan a favor de la familia y de lo bueno que está casarse y tener hijos ¿no están adoctrinadas por sus maridos? ¿Por qué unas si y otras no? Porque si estamos adoctrinadas, a cada una la adoctrina su macho. ¿Por qué los machos de las mujeres casadas no adoctrinan? ¿Sólo adoctrinan los sindicalistas? Este abolicionismo sirve para dejar tranquilas a las personas que en sus cabezas creen que están haciendo una obra de bien, de caridad, que están ayudando a demoler no sé qué cosa. En realidad es una campaña de terrorismo contra las trabajadoras, o contra las personas que nos acercamos y nos interesa trabajar con ellas. Aterrorizan, yo recibo amenazas de muerte. Todas nos reímos porque nos juntamos y decimos que no pasa nada, pero no deja de ser una amenaza de muerte, no deja de ser una cosa medio chistosa, medio en joda, pero mirá en qué nos convertimos.

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Leonor Silvestri junto a asistentas sexuales del Centro Julia Pastrana

_ ¿Se podría afirmar que el discurso abolicionista feminista parece basarse en una paradójica contradicción? Denuncian un Estado patriarcal pero al mismo tiempo le piden a esa misma institución que prohíba a las mujeres ejercer el trabajo sexual…

GO: _ Lo que hicieron acá fue entregarle al Estado la responsabilidad de prohibir los cabarets, las whiskerías, y los papelitos en la vía pública. Que el Estado sea el que regule la Ley de trata de personas y quien aplica la ley son las fuerzas de seguridad. Se crearon más instituciones dentro de las mismas fuerzas, por ejemplo la Oficina Nacional de Rescate que está dentro de la órbita del Ministerio de Justicia, pero cuando van a los allanamientos terminan siendo mucho más violentos que la propia policía. Todas esas políticas están disfrazadas y enarboladas en la lucha contra la trata de personas. Pero nosotras, que estamos más en el territorio, y en el día a día, sabemos que el posicionamiento abolicionista no está luchando contra la trata de personas, sino contra el mercado sexual. Es una lucha deshonesta; dejaron su feminismo de lado para convertirse en un aliado del Estado diciendo “vamos a combatir la trata de personas” pero quieren abolir la prostitución. Ese es un debate que no solamente divide al movimiento de mujeres, sino  a  la sociedad, con posiciones que a veces parecen irreconciliables. Dicen que Argentina es un país abolicionista y defienden el modelo de la Argentina del ’49, cuando las mujeres recién comenzaron a votar, y ni siquiera había representación política. La política de la convención del ’49 la definieron los hombres, no las feministas y remitirse a esa convención dando por cerrado que en Argentina nunca podrá tomarse una postura a favor del trabajo sexual, es como creer que todo es estático, que la sociedad no va cambiando. Por algo el Estado modificó el estatuto del peón rural de los años ’50, porque se dio cuenta que los procesos fueron cambiando y que tenía que tener ahí una mayor protección hacia los trabajadores y no beneficiar tanto a la patronal. No podemos ahora agarrarnos de un argumento de una ley o de un tratado que Argentina firmó hace un montón de años. El abolicionismo dice que no se persigue a la mujer, sino que se debe perseguir al proxeneta, pero acá lo que se está haciendo claramente es perseguir a la puta, a la puta que se organiza, están a favor de que todos los demás trabajadores se sindicalicen menos las putas.

_ ¿Por qué cuesta considerar a la prostitución como un trabajo más?

LS: _ En términos deleuzianos, es una descodificación, es un delirio del capitalismo lo que ocurre aquí en Argentina, porque por un lado dicen, “no tiene que tener intervención el Estado” pero por otro lado, generan una oficina y una dependencia pública institucional de industria del rescate y persecución de la trabajadora sexual. Por un lado dicen que el sindicalismo es malo y que no se tienen que organizar, pero por el otro no dicen lo mismo para los que trabajan en un call center o en un montón de otros trabajos, recolección de residuos, no sé, manteros. Nadie está en contra de todos esos trabajos, formales, menos formales, precarizados, nadie estaría en contra de la organización de los trabajadores de la industria o de la docencia particular, por ejemplo.

GO: _ A los mineros, por ejemplo, a los petroleros, que lograron que el Estado les reconozca que hacen un trabajo insalubre y que no tienen que esperar hasta los sesenta y cinco años para jubilarse, sino que pueden hacerlo diez años antes ¿Por qué ellos sí y nosotras no? Hay un problema con la herramienta que se utiliza para trabajar, nosotras podemos utilizar cualquier tipo de herramienta del cuerpo para trabajar menos la genitalidad, porque parece que está ajustada a una dignidad, todavía no sabemos por qué.

LS: _ Ahí se empiezan a enroscar en esto que yo llamo delirio del heteropatriarcado, se organiza como una caza de brujas. Históricamente los cuadros políticos en el siglo XX y XXI, se organizan desde su propia opresión, entonces vos encontrás a una trabajadora sexual que puede tener un discurso político sobre su propio quehacer y entonces no es puta. Si puede hablar cuatro palabras sin trabarse y acordarse de qué año es una ley, entonces no trabaja, eso es como la Inquisición, que te ataba de pies y manos y te tiraba al río, si te morías ahogada entonces no eras bruja, si lograbas sobrevivir, lo eras. ¿Se entiende? Es una caza de brujas, si alguna se posiciona y estudia y empieza a analizar, entonces no es puta. Si sabe sus derechos, qué es lo que puede hacer o no la policía, entonces no es puta.


[1] Gall, Noe, Pro sexo. Página 12http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/subnotas/8303-842-2013-09-13.html

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