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Ph.: Nati Aue

Con el pasado 3 de junio aún latiendo en el cuerpo, cabe ir sumando contenido a la consigna que nos convocó en las calles. #NiUnaMenos, para decir a viva voz que las mujeres, travas, trans, maricas, tortas, todas en algún momento de nuestra vida sufrimos y experimentamos una situación de violencia por mera portación de corporalidad feminizada. Para desarmar la dominación machista patriarcal es necesario reconocerla, visibilizarla, denunciarla y luego detectar la extensa cadena de cómplices que contribuyen a facilitar la permanencia de este régimen de opresión. En este artículo te invitamos a reflexionar sobre la infinita diversidad formas en las que se manifiesta.

Por Estefania Veronica Santoro @fanusantoro

Ph.: Nati Aue Pharu Fotografía


Un tío la viola, un compañero la manosea en el colegio, un transeúnte le toca el culo por la calle, un pibe la arrincona en un boliche, un jefe condiciona un ascenso a cambio de sexo, un músico famoso obliga a una fan a hacerle sexo oral, un médico se aprovecha de una nena, en un colegio católico, el cura abusa de una estudiante, un policía de alto rango abusa sexualmente a su compañera de trabajo y la amenaza de muerte para que no lo denuncie, un marido golpeador, un profesor pide a las alumnas que pasen a escribir en el pizarrón como excusa para mirarles las piernas y el culo, un novio violento que no entiende que no es no, un padre asesina a la novia de su hija por ser lesbiana, un hombre mata a golpes a una travesti, un tipo cita a una mujer para una supuesta entrevista laboral y la asesina, un joven engaña a una nena por internet, la secuestra y la mata, un obstetra durante un parto le dice a una mujer “si no te quedas quieta te ato a la camilla”, un hombre le grita por la calle a una adolescente “vení que te chupo toda la concha”. Solo algunas situaciones de violencia que nos atrevimos a denunciar porque sobrevivimos.

Las mujeres, travas, trans, maricas, tortas, todas en algún momento de nuestra vida sufrimos y experimentamos una situación de violencia por mera portación de corporalidad feminizada. En el ámbito privado, público o institucional, situaciones donde el pudor, el  miedo, el asco o el terror, se apodera de nosotras. Episodios que no siempre son contados, porque el miedo paraliza, la vergüenza nos obliga a ocultar, porque es muy probable que no nos crean y porque nuestra palabra vale menos que la de los acusados. Algunas veces esos episodios inconscientemente se borran de nuestras mentes, pero otras, esas siniestras experiencias desencadenan diversos grados de perjuicio para nuestras vidas, los traumas se hacen presentes y los cuerpos permanecen infringidos, lastimados, marcados eternamente.  Es así como, para evitar que nos violen o nos maten, comenzamos a comportarnos de acuerdo a una serie de reglas social y culturalmente establecidas por un régimen de terror machista.

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Ph.: Nati Aue

Pero esto no termina ahí, en el plano de la violencia simbólica, un bombardeo constante de mensajes mediáticos nos exigen ser flacas, altas, rubias, blancas, sin celulitis, exitosas, millonarias, casadas, estar a la moda, tener hijos a una cierta edad y cuidado con reírse porque salen arrugas. Las publicidades y los programas de televisión se encargan de decirnos cómo debemos comportarnos frente a determinadas situaciones, siempre dependientes de una figura masculina. Para sorpresa de algunxs, la histórica y más antigua forma de dominación machista patriarcal se encuentra también en todos los ámbitos sociales y culturales por los que transitamos. En su máxima expresión y en su estado más siniestro, esta forma de violencia legitimada y aceptada, causa miles de muertes, los feminicidios y travesticidios han aumentado considerablemente durante los últimos años, en nuestro país.

Frente a este panorama de machismo generalizado es urgente y necesario un despertar social que nos acompañe en la lucha por desterrarlo, necesitamos un verdadero compromiso de parte de la sociedad entera, no sirve la hipocresía de levantar el cartel para la foto si luego continuamos reproduciendo la lógica de la misoginia. Cada unx de nosotrxs, desde los ámbitos diversos en los que nos movemos en la cotidianidad de nuestras vidas, nos enfrentamos a diversos micro-machismos y es ahí donde debemos discernir que actitudes están perpetuando la violencia no solo hacia las mujeres sino también hacia aquellos cuerpos que son afectados por esta violencia, como los gays o los hombres trans que por salirse de la normativa heterosexual sufren todo tipo de vejaciones. A propósito de esto, en diálogo con Derrocando a Roca durante la marcha, la escritora y periodista feminista María Moreno se pregunta: “¿Por qué los intelectuales que tienen una especie de locuacidad, de fervor retórico para opinar de todo, consideran el tema de la violencia machista como algo menor, como si fuera una cosa de chicas? Para mí ese es un silencio significativo y que hace al contexto del femicida, son contextos que avalan al femicida. El estar juntas y organizarse ya hay ahí una fuerza de una potencia inédita.”

El Estado es responsable

Este año la convocatoria #NiUnaMenos interpeló fuertemente al Estado. Seis años después de la sanción de la ley 26.485 (Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres) la violencia no se redujo. Por tal razón, este 3 de junio volvimos a gritar basta de femicidios y travesticidios en nuestro país, donde una mujer es asesinada cada 30 horas, producto de la violencia que ejerce el machismo amparado por el sistema heteropatriarcal opresor, el régimen más antiguo de supremacía de poder del hombre sobre la mujer, que además impone la heterosexualidad como norma.

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El Estado, encargado de velar por la correcta implementación y cumplimiento de dicha ley no actúa, tampoco se destina el presupuesto necesario que posibilite el desarrollo de políticas públicas para la eliminación de las violencias. Los centros de contención para las víctimas son muy escasos, por lo tanto, la mayoría de las mujeres deben permanecer en el mismo hogar junto a su agresor, muchas de ellas con hijxs, espacio que se convierte en una jaula mortal donde la violencia se intensifica día a día hasta el punto de perder sus vidas. A la inacción estatal y de los gobiernos de turno se suma un sistema judicial misógino con jueces sin perspectiva de género que reproducen la lógica del sistema patriarcal, fallando a favor de los violentos, otorgándoles beneficios como la prisión domiciliaria o la reducción de penas por buena conducta. Necesitamos un cambio radical para desarmar la violencia instalada en cada ámbito y espacio porque “la casa del amo no se destruye con las herramientas del amo”, como dijera Audre Lord.

Sin las travas ni aborto legal, no hay #NiUnaMenos

A diferencia de la primera marcha, este año pisó fuerte el pedido de legalización del aborto, la gran deuda de la democracia argentina. Los derechos sexuales y reproductivos son derechos humanos, su ilegalidad no impide que esta práctica se lleve a cabo, al contrario, sitúa a la mujer en una situación de vulnerabilidad extrema, poniendo en riesgo su vida. La Campaña “Sin aborto legal no hay Ni una menos”, afirma que en 2012 murieron 33 mujeres a causa de embarazos terminados en aborto y dos de ellas eran menores de 20 años. Las mujeres que viven en situación de pobreza son las más afectadas, se las criminaliza y hasta se las priva de su libertad como el caso de Belén, la joven tucumana que, sin saber que estaba embarazada, sufrió un aborto espontáneo y actualmente se encuentra presa por homicidio. Las mujeres de bajos recursos no tienen acceso a la suma monetaria que les permite pagar por un aborto, en este caso la ilegalidad de esta práctica refuerza las desigualdades sociales y económicas, mientras tanto, la Iglesia continua señalando con su dedo acusador manteniéndose indiferente frente a estas muertes.

La gran base sobre la que se sostiene la dominación machista patriarcal es el régimen político heterosexual que según Paul B. Preciado reproduce constantemente “elementos normativos, culturales y políticos” que imponen como eje de vida la superioridad de lo masculino sobre lo femenino y elimina cualquier clase de disidencia sexual. Es necesario cuestionar la norma heterosexual que oprime a lxs sujetxs sociales y considera que todo lo que no se ajusta a sus parámetros es una desviación, perversión o anomalía. No es sólo la hegemonía del sistema patriarcal que subyuga los cuerpos feminizados, son también las categorías hombre y mujer impuestas por el régimen heterosexual que nos obliga a encajar en alguna de ellas. De lo contrario, pasamis a pertenecer al grupo de “lxs desviadxs”: homosexual, lesbiana, transexual, intersex, travesti, bisexual.

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La comunidad trans (travestis, transgéneros, transexuales) es una de las más afectadas por diversas formas de violencia, en gran parte debido a la escasa tolerancia y aceptación social. Marcela Romero, presidenta de ATTTA, manifiesta que: “Aún hoy 6 de cada 10 personas trans vivieron alguna situación de discriminación social. Esto subraya que los cambios sociales serán más lentos y que tenemos que trabajar en la sensibilización de la población en general. La sanción de leyes es un paso muy importante, pero no resuelve los procesos que subyacen al estigma y la discriminación.”[1] Según la investigación “La gesta del nombre propio”[2] realizada por Lohana Berkins y Josefina Fernández, en nuestro país, más del 90 por ciento de las personas trans sufren o sufrieron diversos tipos de opresiones que van desde los insultos, hasta la violencia física y toda clase de abusos por parte de las sociedad y las instituciones. Los noticieros de tv y los diarios las criminalizan, de esta forma, son asociadas con actos delictivos que contribuyen a formar en el imaginario social una valoración negativa.

Partiendo de la definición de Monique Wittig quien define la heterosexualidad como un régimen político es preciso reconocer que este sistema atraviesa y domina tanto en el ámbito público como en el privado, considerando a los cuerpos trans abyectos y marginales e imprimiendo sobre éstos diversas formas de violencias que se trasladan a los espacios de interacción social y a las instituciones. El sociólogo Javier Rubio Arribas destaca que: “Socialmente, la palabra transexual o transexualidad, tiene una connotación negativa. De este modo, recae en las personas transexuales, la desestigmación de estas palabras demostrando día a día que el contenido y el significado que la sociedad le atribuye a una palabra se puede modificar en función de la realidad a la que se aplica (…) Hasta hace pocos años, nuestra sociedad consideraba la transexualidad como una anomalía o como un trastorno –de identidad de género y/o de salud mental- y este hecho hace que se discrimine a las personas transexuales.”[3]

La mayor parte del sistema de salud pública al que concurren las mujeres trans, no posee profesionales capacitados para asistirlas, tampoco disponen de información suficiente para instruirlas sobre qué hormonas tomar o cómo cuidarse frente a una mala praxis tras una operación. El mercado de trabajo las excluye por completo. Si bien, la ley de Cupo laboral trans aprobada el año pasado en nuestro país, gracias a la lucha incesante de las activistas, significó un gran avance, no soluciona el problema de desocupación que sufre el colectivo por ser estigmatizado.

Muchas de ellas abandonan sus estudios secundarios debido a  la discriminación que sufren por parte de las autoridades de las instituciones educativas y de sus compañerxs, ni mencionar la posibilidad de acceder a una carrera universitaria. “Si bien casi todas las personas trans asisten o asistieron al sistema de educación formal, la deserción es alta. Entre los mayores de 18 años, 6 de cada 10 mujeres y 7 de cada 10 hombres trans abandonaron en el nivel secundario. La mitad de los encuestados refieren que el motivo fue la discriminación sufrida por su identidad trans.”[4] Es así como sin educación,  profesión u oficio se encuentran predestinadas al trabajo precarizado. Por otro lado, las mujeres trans que deciden ejercer trabajo sexual deben enfrentarse a los constantes abusos policiales, golpes, maltratos y detenciones arbitrarias.

Negras, pobres y lesbianas

Resulta necesario visibilizar todas y cada una de las situaciones de violencia que sufrimos en el ámbito público, privado e institucional, estas violencias  se agravan si tenemos en cuenta las diferencias de clase social, raza, orientación sexual y acceso a la educación. No es lo mismo ser una mujer de clase media, blanca, lesbiana, con estudios universitarios que ser mujer pobre, negra, lesbiana, con una etapa de escolaridad interrumpida para salir a trabajar y poder comer.

La discriminación y la violencia se incrementa más aún si a estas condiciones le sumamos la situación de migrante, “(…) la precarización y el empobrecimiento de la gran mayoría de las mujeres y lesbianas en el mundo son de las primeras consecuencias del avance del neoliberalismo, que va reforzando las desigualdades en el mercado internacional del trabajo según criterios de sexo, clase, ´raza´ y nacionalidad […]. La mayoría de la población mundial (todxs lxs no-privilegiadxs por su ´raza´, nacionalidad, clase, sexo u opiniones políticas entre otros) está siendo precarizada, drásticamente empobrecida y muchas veces empujada a la migración interna o internacional.”[5]

El trabajo doméstico no remunerado también es violencia

Asimismo, el trabajo doméstico y el cuidado de lxs hijxs son actividades que las mujeres venimos realizando históricamente sin ningún tipo de retribución económica. Se trata de un trabajo no reconocido, justificado bajo una ficción que somete y legitima su permanencia: “lo hacen por amor”. Luego de una extensa jornada laboral la mujer vuelve a su casa y debe lidiar con los quehaceres del hogar, mientras el hombre puede irse a jugar al fútbol con sus amigos.

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Silvia Federici explica cómo esta situación ha sido naturalizada: “El trabajo doméstico reside en el hecho de que este no solo se le ha impuesto a las mujeres, sino que ha sido transformado en un atributo natural de nuestra psique y personalidad femenina, una necesidad interna, una aspiración, proveniente supuestamente de las profundidades de nuestro carácter de mujeres. El trabajo doméstico fue transformado en un atributo natural en vez de ser reconocido como trabajo ya que estaba destinado a no ser remunerado. El capital tenía que convencernos de que es natural, inevitable e incluso una actividad que te hace sentir plena, para así hacernos aceptar el trabajar sin obtener un salario. A su vez, la condición no remunerada del trabajo doméstico ha sido el arma más poderosa en el fortalecimiento de la extendida asunción de que el trabajo doméstico no es un trabajo, anticipándose al negarle este carácter a que las mujeres se rebelen contra él, excepto en el ámbito privado del dormitorio-cocina que toda la sociedad acuerda ridiculizar, minimizando de esta manera aún más a las protagonistas de la lucha. Se nos ve como brujas gruñonas, no como trabajadoras en lucha.”

Con todas y cada una de estas formas de violencias presentes, el pasado 3 de junio salimos a gritar una vez más #NiUnaMenos, empoderadas tomamos las calles, las casas y las camas denunciándolas. Seguimos luchando, tejiendo redes de sororidad, fortalecidas con autogestión y autodefensa. Igual que el año pasado nos encontró la tristeza por las que ya no están, la rabia con la que dijimos basta y la alegría de saber que no estamos solas, estamos organizadas. Resistimos articulando acciones políticas para una anhelada transformación, urgente y necesaria, esa que nos permita ser libres, sin miedos.

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[1] https://www.huesped.org.ar/informe-situacion-trans/.

[2] Fernandez, Josefina y Berkins, Lohana. La gesta del nombre propio, 2006

[3]Rubio Arribas, Javier. Aspectos sociológicos de la transexualidad, Madrid.

[4] https://www.huesped.org.ar/informe-situacion-trans/.

[5] Falquet, Jules. “La pareja, este doloroso problema. Hacia un análisis materialista de los arreglos amorosos entre lesbianas”.

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