FIGURA 2
Ph.: Nati Aue

En el marco de una nueva convocatoria #NiUnaMenos el próximo 3 de junio en todas las calles y plazas del país, desde hace semanas, circula por las redes la propuesta de contar, expulsar, vomitar, denunciar y compartir aquellas situaciones donde la violencia atravesó nuestras experiencias y dejó unos saberes que, en colectiva, es memoria vuelta presente como mecanismo de autodefensa. Porque lo escribimos, lo contamos, nos leemos y nos hacemos fuertes, más fuertes aún, portadoras de voz y palabra. Ninguna se apropia de la experiencia de la otra, nadie interpreta, ninguna es experta. Todas nombramos las violencias y desafiamos el lugar de víctimas para ser narradoras, sobrevivientes de una historia propia.

Por Andrea Beltramo @AnBeltramo

El ómnibus cruza el paisaje,

como una flecha incontrolable;

en su interior,

la pasajera de arena

culmina una nota de adiós

y abre la ventanilla.

Macky Corbalán De La Pasajera de Arena (Libros de Tierra Firme, 1992.)

Hablar de violencia de género no es hablar de hechos aislados ni de pequeñas anécdotas de la vida privada. Se trata, en todo caso, de evidenciar las relaciones de poder que sostienen, refuerzan y legitiman las subordinaciones entre las personas por el sistema jerárquico entre géneros donde ‘lo masculino’ se instala como lo normativo en un sistema de valores heterosexuales, occidentales y modernos que dan lugar a formas hegemónicas para vivir las identidades, habitar los cuerpos y construir relaciones afectivas, sexuales, de amistad, de placer. Basta con observar los datos sobre feminicidios, travesticidios, violaciones y todo tipo de violencias simbólicas que se reproducen en los medios de comunicación para reconocer cómo se instalan estereotipos de belleza, el rechazo a la diversidad de los cuerpos y un orden capacitista de los mismos, donde unos serán leídos ‘normales’ frente a ‘otros’ anormales, discapacitados y abyectos.

El concepto de violencia no puede definirse objetivamente, universalmente, dado que siempre y en todos los casos exige dar cuenta de las coyunturas que la enmarcan y alcanzar un consenso implica enfrentarnos a nuestros valores morales, nuestra visión del mundo y nuestro sentido ético. Por eso sucede que ciertos comportamientos los reconocemos como más o menos violentos según nuestra valoración y conocimiento de las leyes, o de nuestras creencias sobre lo que decimos que está bien y lo que será reprochable. También nuestras decisiones políticas nos harán percibir como violentas ciertas situaciones y no otras. Por ejemplo, se legitima la violencia ejercida por el Estado sobre las personas migrantes en las fronteras, en las calles, en sus trabajos, en sus casas, porque es más fácil esconder el racismo en políticas públicas que criminalicen todo intento de libre circulación de personas que desnaturalizar los privilegios de raza y clase. Mientras lo que circule libre sea el capital y se abran las importaciones de celulares y computadoras estará todo en orden. La libertad es un bien burgués y se paga con impuestos. De la misma forma, aceptamos la vigilancia constante de nuestras prácticas cotidianas en nombre de la seguridad. Policías y gendarmes en las esquinas, en los trenes, los comercios, en las universidades y en escuelas en nombre de la seguridad o las prácticas imperialistas e invasoras sobre territorios demonizados.

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Ph.: Nati Aue

Del mismo modo, las mujeres juzgadas como agresoras de sus compañeros o como ‘madres’ que ejercen violencia sobre sus hijas e hijos, cumplen condenas mucho más duras, irreversibles y una estigmatización social irreparable muy diferente a las de los varones que tienen margen social para encontrar motivos y, en el orden jerárquico de los géneros, ellos podrán ampararse en la lógica de los eufemismos tales como ‘crimen pasional’, ‘celos’, ‘locura’, ‘enfermo’, ‘ella me provocó’, y otros tantos mecanismos de justificación y comprensión a la hora de exponer sus violencias. Así es que en los casos de violencia machista siempre se alza alguna voz relativizando o cuando no justificando el accionar de un femicida, violador o abusador de turno. ‘Decime, querida, y vos que hacías para que él te pegara’; ‘¿él estaba enfermo, se drogaba, tomaba?’; atenuantes todos que se sostienen por la naturalización de prejuicios acerca de cómo se expresan las violencias. Dice al respecto Bárbara Biglia*:

«La legitimación y perpetración de las violencias de género ha sido además posible gracias a unos mitos prescritivos (o metanarrativas) alrededor de la ‘feminidad’, o sea unas invenciones estereotípicas que han ‘naturalizado’ la posición subalterna de las personas que son identificadas como mujeres -o feminizadas, como las travestis- así como diferentes prácticas de violencias generizadas»

Resulta, por lo tanto, que la definición del concepto de violencia, así como su legitimación o deslegitimación, está estrictamente ligada a valores y normas sociales, y continua:

«Por ello se hace necesario un acercamiento deconstructivo del sentido sociopolítico que el término violencia ha ido adquiriendo con el paso del tiempo. Necesidad que se hace aún más presente visto su actual uso masivo. Desde los medios de desinformación, presuntos expertos, generalmente varones, nos presentan sus teorías sobre por qué nuestra sociedad se está haciendo cada vez más violenta: el problema es para algunas la televisión, para otras la decadencia de los valores morales, la disgregación de los núcleos familiares, el ingreso de las mujeres en el mundo del trabajo remunerado, el estrés al que estamos expuestas, etc.»

A estas alturas cabe decir también que resulta necesario evitar una visión esencialista que articula las violencias sólo entre varones y mujeres donde ellos serán los únicos agresores y ellas las víctimas eternas. Por un lado, porque se trata de una visión parcial que invisibiliza innumerables formas de violencias entre personas del mismo sexo/género, violencias hacia las personas por su identidad de género, su orientación sexual, su posición de clase o producto de la racialización que establece jerarquías en función de la hegemonía de ‘blanquitud’ sobre la ‘negritud’. Así, por ejemplo, nombrarse torta, chonga, gorda, indígena o extranjera implicará, desafiar, subvertir la narrativa de la opresión, el lugar de inferioridad, de subalternidad y discriminación y, a la vez, visibilizar las violencias que se naturalizan como la situación de las ‘otras’ por fuera de las normas del ser y el estar. Porque lo que queda en primer plano no es únicamente un espacio simbólico sino un escenario donde se acceden o no a oportunidades, derechos y a las condiciones materiales para vivir la vida. De esta forma, urge problematizar la visión esencialista de la violencia de género que construye la perversa situación de visibilizar las violencias a partir de la construcción de la víctima perfecta, la que siempre tendrá intérprete y la que va a encarnar todos los estereotipos de la perfecta inocencia en tanto feminizada, es decir, una más entre todas las frágiles y vulnerables. Cuando sea consultada será sólo y exclusivamente para dar testimonio de su experiencia traumática y si ya forma parte de la estadística de las muertas, será más de una vez cuestionada, por sus deseos, sus ambiciones y transgresiones.

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Por un lado, la construcción del ser mujeres y todo el universo femenino como un estado siempre en peligro, siempre con el lobo al acecho, favorece la aniquilación de nuestra capacidad de acción, individual y colectiva y sostiene el orden que los feminismos conceptualizan como la ‘cultura de la violación’ a partir la lógica del miedo como forma de control social. Así, la amenaza implícita de la violación permitirá el control de nuestros movimientos, tanto en el espacio público como en el privado y en la construcción de nuestras relaciones sexo/afectivas, pero, claro, ni hablar de acoso callejero, porque serán siempre exageradas las respuestas en defensa del piropo que se esforzarán en relativizar la ofensa. Denunciar a un cantante de rock famoso o a un famoso filósofo o al hijo, menos famoso de un viejo comediante de otro tiempo, denunciar a quien sea, pero hacerlo sin tutela y con las propias herramientas siempre tendrá un precio, la sospecha. En cada posteo que denuncia hay una batería de insultos y agravios que violentan, otros tantos que revictimizan y muchos con los que, afortunadamente, hacer alianzas.

En un trabajo sobre las narrativas acerca de las violencias y con la pregunta sobre quiénes son las que narran, cómo y en qué situaciones, Helga Flamtermesky**, investigadora social y escritora feminista, aborda la cuestión de la revictimización que reproducen las ciencias sociales desde sus metodologías de investigación como una forma más de violencia, desde el lugar privilegiado del saber/poder. En este caso, la autora refiere a cómo, mujeres que habían estado en redes de trata de personas para la explotación cuestionan el lugar pasivo de la ‘víctima imaginada’ para reclamar atención sobre la ‘experiencia’

«(…) Una de las características frecuentes que define a la víctima imaginada es la palabra ‘vulnerabilidad’: siempre son presentadas como mujeres vul­nerables. Sufrieron la trata por ser vulnerables y por haber sido víctimas seguirán siendo vulnerables. Esta palabra, este adjetivo o condición que se les atribuye es claramente rechazado por las mujeres de la investi­gación. Les parece un estigma, una categoría que ha sido creada para excluirlas y callarlas. Tanto la víctima imaginada a la que hago referencia y los prejuicios de cómo debe ser y comportarse no sólo invisibiliza a quien realmente vive la trata, también hace invisible a las mujeres que no cumplen el perfil predeterminado (…) En la investigación hemos identificado este concepto de De Sousa Santos ligado también a la temporalidad con la que se ve a las víctimas: el hecho de que no se cuente con las experiencias reales que han vivido las mujeres víctimas de la trata demuestra que, en una lógica de razón indolente, estas experiencias no importan pues se asume que no aportan nada. Esto se debe al posicionamiento jerárquico que se toma frente a la víctima, el cual se demuestra bajo una forma paternalista y asistencialista de acercarse a las mujeres. Pero, sobre todo, se debe al hecho de que a la víctima se la ve detenida en el tiempo. Concretamente se la detiene en el momento en que sufrió la trata, un momento en que siempre se las imagina golpeadas, tiradas en un rincón, como lo muestran la mayoría de imágenes que repre­sentan a una víctima. Ese pasado concreto se inmortaliza, se les impone como un eterno presente. Con esto se niega la capacidad de movilidad que han tenido las mujeres para afrontar la trata y, especialmente, se niega cualquier posibilidad de reconocer que las mujeres han desarrollado estra­tegias para afrontar, escapar, salir y superar la trata. Estas experiencias que dan cuenta de sus estrategias no son imaginadas. Durante la investigación las mujeres ponían más énfasis en todo lo que hicieron durante y después de la trata, un despliegue de estrategias que les permitió sobrevivir a la trata y al recuerdo de la misma. Esta inmovilidad con la que se les fija en el tiempo, esta incapacidad de ser que se les atribuye por ser víctimas y vulnerables según sus paráme­tros producen también una serie de juicios morales y sociales que se les aplica cuando se muestran capaces, con autonomía y con deseos de decidir por su propia vida»

Si bien en nuestros territorios tenemos las experiencias de los Encuentros Nacionales de Mujeres; la Marcha Anual de las Mujeres Originarias por el Buen Vivir; una legislación de vanguardia e innumerables cátedras dentro de las universidades, en la planificación docente de las escuelas medias, primarias e institutos; las organizaciones barriales, comunitarias, obreras, sindicales, populares; observatorios de género en el tratamiento de las violencias en los medios de comunicación y unas trayectorias feministas donde apoyar nuestro trabajo cotidiano, nuestro esfuerzo colectivo, aún es necesario desestabilizar las rígidas estructuras de las violencias basadas en la jerarquía de género, raza, sexualidad y clase desde las voces empoderadas de las nombradas ‘víctimas’, ya no sólo como protagonistas de un testimonio a analizar, sino desde sus decisiones en tanto agentes que accionan sobre sus contextos, se organizan, poseen saberes transformadores y alternativas contra-hegemónicas frente a las violencias. Por eso, las acciones como las de la convocatoria #NiUnaMenos de construir una trama de narrativas sobre las experiencias de violencias y publicarlas en las redes sociales; o el trabajo de Andrea González, ‘Narrativas, metáforas para pensar la pedagogía’*** donde se recogen testimonios de mujeres que abortaron son experiencias de trabajo en red con las protagonistas en diálogo y alianza, donde las experiencias contienen las herramientas y las estrategias que desafían el orden y el lugar pasivo de la ‘víctima imaginada’.

El desafío es escuchar(nos), escuchar(las) desde el reconocimiento por el coraje de las que están hablando y la convicción de que la agencia de otras, el empoderamiento de otras, repercute en la colectiva, aumentando la capacidad de acción/reacción hacia un nosotras.

Referencias

*Biglia, Bárbara. 2007, “Las estructuralidades de las violencias. Resignificando violencia(s), obra feminista en tres actos y un falso epílogo”; en Estado de wonderbra. Entretejiendo narraciones feministas sobre las violencias de género, Virus Editorial. 2004, “Narr-accions de gènere”, en Illacrua (monográfico 10, 2.ª época), 122, pp. 35-37.

**Flamtermesky, Helga. 2011, “Mujer frontera: reflexiones de mujeres inmigrantes sobre las sociologías de las ausencias”, en Formas-Otras-Saber-Nombrar-Narrar-, CIDOB

***Andrea González. “Narrativas, metáforas para pensar la pedagogía”, presentado en el simposio “Narrativas sobre experiencias corpo-aborteras”, que se desarrolló en las XII Jornadas de Historia de las Mujeres y el VII Congreso Iberoamericano de Estudios de Género. Elaborados por “Conjuros…a viva voz”. Producciones radiales feministas. Fm Alas.89.1. Radio comunitaria de El Bolsón. Río Negro. Fuente: http://larevuelta.com.ar/tag/narrativas-corpo-aborteras/

 

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