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“Horror Vacui: una tragedia pop histórica que le tiene miedo al vacío” intenta reconstruir la vida del político argentino Juan Manuel de Rosas a través de una propuesta original y provocadora. La obra dirigida por Fiorella De Giacomi apela al ojo crítico del espectador e invita a cuestionar, mediante yeites tragicómicos, esa “historia oficial” tan encarnada en los argentinos. Este domingo se llevará a cabo la última función a las 20.30 en el Teatro Beckett, en Almagro.

Por Silvina Arrieta

Ph Uli Ziliotto


El Teatro Beckett alberga una obra cuyo comienzo difiere de las puestas en escena tradicionales: los actores ya están ubicados previamente al ingreso de los espectadores, quienes al entrar a la sala, se encuentran con un escenario a plena luz. Pero la particularidad de Horror vacui es que estos actores son trabajadores en el archivo general de la historia, son actores-empleados encargados de persuadir al caudillo argentino Juan Manuel de Rosas para recrear escenas significativas de su vida con el fin de juzgar sus actos. Caminan de un extremo al otro, murmurando, chocándose, repasando libretos y arrastrando placares viejos sin fondo ni puerta. Dentro de cada placard se divisan utensilios de la etapa colonial, cuadros, vestidos y trajes  de colores crudos, marrones y grises que transportan temporalmente hacia una época en la que la construcción de un Estado nación era el anhelo más preciado.
Pero, ¿un Estado nación inclusivo? ¿Un país para todos? La pregunta se hará presente desde el inicio y retornará a lo largo de la obra a través de metáforas e ironías.

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A sala llena, las luces se apagan. Se oyen pasos, tacos que resuenan. Una mujer, administrativa del archivo, entra a escena: apoya un maletín enorme sobre un piano ubicado adelante y en un costado del escenario, lo abre y extrae de él documentos que reparte lentamente. Los actores-empleados colocados en hileras, vestidos con sus mamelucos pálidos, se disponen a recibir esos archivos: son libretos de personajes que formaron parte de la vida de Rosas y deberán ser interpretados.

La cantante-administrativa se sienta, comienza a tocar el piano y entona. Los actores-empleados siguen ubicados uno al lado del otro, frente al público, con sus libretos. Empieza: “Solicito al encargado de sala dar inicio al prólogo que antecede al comienzo del acto público de representación. (…) Podrán observar con sus propios ojos y juzgar mediante la recreación histórica de los hechos por los cuales se hacen carne las acusaciones probatorias contenidas en este acto de apertura. Alegato de apertura. Defensoría. Declaración de los testigos reencarnados en actores del archivo general de la memoria: ¿Juran decir el texto, solamente el texto y nada más que el texto escrito por los autores de la historia oficial?”

El Brigadier está en escena, recostado sobre un sillón, rodeado de placares y un maniquí con un vestido blanco a su lado. El “Restaurador de leyes” aquí es un modista obsesionado por encontrar el “corte” perfecto, el molde que se adapte a su sueño de nación.

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Se despierta exaltado a raíz de una pesadilla que lo abrumó. Recuerda, piensa, repite en voz alta lo que soñó e intenta “arreglar” el vestido blanco que se encuentra en el maniquí. Tijera en mano y una engrampadora serán sus armas. ¿Por dónde empezar? ¿Acaso por las piernas, aquella Patagonia argentina poblada pero una molestia para la oligarquía que gobierna? ¿Y qué hay del norte? ¿Por qué el maniquí no tiene cabeza? Son solo algunas de las preguntas que se despertarán en la mente de cada espectador mediante las metáforas desenfrenadas que apuntan a establecer una relación con la expresión en latín que le da título a la obra: el miedo vaciamiento de la memoria del pueblo.

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Los actores-empleados reconstruyen, representan, intercambian roles de cada personalidad que ha formado parte de las distintas etapas de la vida de Rosas, desde las invasiones inglesas hasta sus últimos días: su esposa Encarnación Ezcurra, su amante Eugenia Castro y uno de sus siete hijos, su ¿aliado? Facundo Quiroga, su ¿enemigo? el General Urquiza, su sobrino llegado de Europa, Lucio Mansilla, y Camila junto al sacerdote Ladislao Gutiérrez. Mientras, la cantante-administrativa acompaña y guía el curso de la trama con melodías y canciones que explican hechos que quizás no resultan tan claros.

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Horror Vacui es diferente a las obras que representan algún período de la historia argentina. No trata de colocarse en una posición reivindicadora o acusatoria de un político determinado sino abordar el problema sobre el modo en el que se construye y reproduce la historia. Es decir, podría tratarse de Mitre o Sarmiento. El objetivo sería el mismo: interpelarlos, no desde un pensamiento lógico y plano, sino a partir de una visión poética. Es un llamado a la reflexión y una invitación a acudir a esos archivos empolvados, dejados de lado adrede para insertar el chip de la “historia oficial” como un quiste. Porque así nos la enseñaron y así debe ser que sucedió.  Pero no: hay una historia no contada, la de aquellos que perdieron y callaron que trasciende la figura de Juan Manuel de Rosas.

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