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Ph.: Facción Buenos Aires

Alzando la voz y reivindicando la lucha feminista contra las violencias. De esta manera el siguiente artículo recupera el día internacional de la mujer trabajadora y debate con quienes pretenden convertir esta jornada en algo superficial, en un día comercial como otros. La propuesta es a mirar críticamente la sociedad, a indagar de manera profunda en “el mito de la mujer” y analizar los “nuevos machismos”. ¿Cómo y porqué la sociedad heteropatriarcal continúa vigente?

Por Estefania Veronica Santoro @fanusantoro

Ph.: Pharu Fotografía y Facción Buenos Aires


“Quienes nos mantenemos firmes fuera del círculo de lo que esta sociedad define como mujeres aceptables; quienes nos hemos forjado en el crisol de las diferencias, o, lo que es lo mismo, quienes somos pobres, quienes somos lesbianas, quienes somos negras, quienes somos viejas, sabemos que la supervivencia no es una asignatura académica. La supervivencia es aprender a mantenerse firme en la soledad, contra la impopularidad y quizá los insultos, y aprender a hacer causa común con otras que también están fuera del sistema y, entre todas, definir y luchar por un mundo en el que todas podamos florecer. La supervivencia es aprender a asimilar nuestras diferencias y convertirlas en potencialidades. Porque las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo. Quizá nos permitan obtener una victoria pasajera siguiendo sus reglas del juego, pero nunca nos valdrán para efectuar un auténtico cambio.”

Audre Lorde

Si, somos gordas, negras, lesbianas, trans, bisexuales, originarias, pobres o inmigrantes. Nos excluyen y discriminan. Si somos agraciadas y flacas nos cosifican y nos tildan de poco inteligentes. ¿Realmente somos las responsables de la violencia que ejercen sobre nosotras y nuestras cuerpas? ¿Debemos vestirnos con joggins holgados, remeras tres talles más grandes y andar siempre en compañía de un hombre para evitar el acoso callejero, una violación o la propia muerte? No queremos continuar escribiendo crónicas de muertes anunciadas. Cuerpas para visibilizar lo femenino en el lenguaje, que se encuentra velado, feminizar las personas, las prácticas, porque lo que no se nombra no existe y el lenguaje condiciona nuestras formas de actuar y pensar.

Vivimos en un sistema denominado patriarcado que postula que el hombre posee una primacía de poder frente a la mujer en todos los ámbitos de la vida social. Este régimen impone la norma heterosexual, considera una anomalía o una desviación cualquier otro tipo de identificación sexual que no se corresponda con el sexo y el género que se le asigna a una persona al nacer.

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Ph.: Facción Buenos Aires

El heteropatriarcado dominante modela la vida de las personas, sus formas de relacionarse y el reconocimiento que se posee del otrx. Legitima el sentido común que justifica la violencia, nos violan porque “vestimos provocativas”, nos pegan porque “nos gusta”, nos desaparecen porque “caminamos solas de noche por la calle”, en vacaciones nos matan porque “viajamos solas, buscamos joda y somos putas”. Este sistema se encargó de escribir nuestro destino; así terminamos envueltas en bolsas y desechadas como basura, siendo las culpables de todo lo malo que nos sucede.

El mito de la mujer

La filósofa francesa Simone de Beauvoir planteó en 1949 que la mujer (heterosexual) tal y como es concebida dentro de la sociedad es un “producto artificial”, una construcción sociopolítica e ideológica instaurada a lo largo de la historia de la humanidad. “No se nace: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana: es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino.”[1] No se nace mujer sino que hay toda una serie de caracterizaciones, normas e instituciones por las que la “hembra” transita para llegar a ser lo que la sociedad considera como “mujer”. Con esta reflexión De Beauvoir inaugura los cuestionamientos sobre el gran mito de la mujer, cimentado y perpetuado por los hombres que escribieron la historia en beneficio propio.

Más tarde, la escritora Monique Wittig también intentará derribar la definición de mujer construída a lo largo de la historia y completará la crítica al concebir a la mujer no como un género, sino como una clase social, lo que significa que los varones y las mujeres no son un “grupo natural o biológico” ni están definidos por la cultura, son en realidad producto de una relación social que es material, “una relación de clase, ligada al sistema de producción, al trabajo y a la explotación de una clase por otra. Es una relación social que las constituye en clase social de las mujeres frente a la clase de los varones, en una relación antagónica (ni guerra de los sexos, ni complementariedad, sino que llanamente una oposición de intereses cuya resolución supone el fin de la explotación y la desaparición de las mujeres y de los varones como clase).”[2]

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Ph.: Facción Buenos Aires

La novedad del pensamiento de Wittig se centra en la idea que define la heterosexualidad no como una práctica sexual, sino como “un régimen político que se basa en la sumisión y la apropiación de las mujeres”. Todas las sociedades continúan rigiéndose de acuerdo a los parámetros de este sistema dominante. La filósofa Judith Butler en su libro “El género en disputa” plantea que “una es mujer en la medida que funciona como mujer en la estructura heterosexual dominante.”[3] Es así como las bisexuales, lesbianas o trans al no encajar dentro de la normativa heterosexual son invisibilizadas y sufren mayor discriminación. Sin embargo, existen a pesar de la exclusión que el sistema hace de ellas.

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Dentro de la lógica del “pensamiento heterosexual” abordado por Wittig, el sexo es una “categoría política producto de la sociedad heterosexual que impone a las mujeres la obligación absoluta de reproducir la especie”. Este pensamiento se ha instalado en el imaginario social y sostiene que las mujeres son incompletas, dependen material y emocionalmente de un hombre y deben cumplir con el mandato de la maternidad, lo que implica la realización del trabajo doméstico y la crianza de los hijos, actividades no remuneradas basadas en un contrato social denominado matrimonio.

Además de la dominación masculina, es preciso conocer cómo esa forma de opresión es atravesada por otras. “La precarización y el empobrecimiento de la gran mayoría de las mujeres en el mundo son de las primeras consecuencias del avance del neoliberalismo, que va reforzando las desigualdades en el mercado internacional del trabajo según criterios de sexo, clase, ´raza´ y nacionalidad […]. La mayoría de la población mundial ([email protected] [email protected] [email protected] por su ´raza´, nacionalidad, clase, sexo u opiniones políticas entre otros) está siendo precarizada, drásticamente empobrecida y muchas veces empujada a la migración interna o internacional.”[4]

La filosofa Alba Carosio asegura que, desde los feminismos latinoamericanos, se intenta dar cuenta cómo la colonialidad produjo en las mujeres negras, pobres, inmigrantes e indígenas una sumisión y discriminación brutal y mayor que en el resto. El avance del capitalismo liberal y la precarización laboral obliga a las mujeres de más bajos recursos a aceptar ofertas laborales informales con sueldos miserables, sin tener acceso a sus derechos. Carosio habla de un fenómeno llamado feminización de la pobreza: “La pobreza fue adquiriendo rostro de mujer latinoamericana, en su triple discriminación de género, clase y etnia. Es un proceso direccional que muestra a las mujeres como principal colectivo afectado. Varios fenómenos han ido en aumento: el grupo Madres solas jefas de hogar, que tiene gran debilidad económica; una proporción creciente e importante de embarazo a temprana edad, con la consecuente vulnerabilidad económica”[5]. Ante este panorama laboral negativo y la desocupación creciente, muchas mujeres se ven obligadas a migrar para evitar la pobreza y la exclusión.

Nuevos machismos

Con un discurso que pretende ser políticamente correcto bajo la defensa de la “igualdad”, se ha instaurado el “neomachismo”. Se trata de nuevos discursos machistas de hombres y mujeres que intentan descalificar los presupuestos feministas con ideas como: “la violencia no tiene género”. Es verdad que todxs podemos ser violentxs, pero no se tiene en cuenta que la violencia de los hombres hacia las mujeres es un tipo de violencia particular instaurada desde los inicios de las sociedades, donde se considera culpable a la propia víctima, es una violencia que se ha naturalizado a partir de las normas profesadas por el régimen heteropatriarcal.

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Ph: Pharu Fotografía

A quienes piensen que machismo y feminismo “son lo mismo” habría que recordarles que el primero considera a la mujer como un ser inferior frente al hombre, mientras que el segundo propugna que mujeres y hombres son iguales en derechos y libertades. Se trata de un movimiento político, teórico y práctico que analiza la realidad social en la que las mujeres viven para tomar conciencia de la violencia existente y poder modificarla. Nuria Varela sostiene que: “Equiparar machismo con feminismo es como decir que racismo y lucha contra el racismo, son lo mismo”. Por ahí no falta quien nos llama “feminazi” posicionando al varón como víctima en un intento absurdo por desprestigiar los feminismos. Hecho que no hace más que reflejar su intolerancia y rechazo ante cualquier práctica en defensa de los derechos de las mujeres.

Otro resabio del neomachismo es poner en duda la veracidad de los testimonios de las víctimas. Las mujeres deben soportar todo un ambiente hostil e inseguro por parte de las instituciones. Al realizar sus denuncias en las comisarías sufren maltratos y burlas por parte de los oficiales. Del mismo modo, el poder judicial que se rige por el régimen patriarcal falla a favor de los violentos al otorgarles salidas transitorias y absoluciones sin sentido. El Estado que debiera protegerlas está ausente o falla constantemente, los casos de violencia doméstica no presentan el debido seguimiento para resguardar la vida de las víctimas, y es así como los femicidas logran perpetrar sus crímenes al violar fácilmente los cercos perimetrales que nadie controla.

No somos perfectas, somos reales

En las calles, en las instituciones y en la intimidad de los hogares, la vida de las mujeres está llena de prohibiciones morales impuestas desde la antigüedad por el sistema heteropatriarcal capitalista y católico que nos obliga a actuar y pensar de una determinada forma que solo ayuda a perpetuar la misoginia y la violencia hacia nuestras cuerpas. Pero lo personal es político, lo que sucede en las casas, en el ámbito privado, tiene implicancia con lo que pasa afuera. ¿Por qué será que las adolescentes tienen que soportar las miradas babosas de algún integrante de la familia seguido de un “que grande está la nena”? La existencia de una rivalidad sin sentido entre mujeres continúa hoy vigente: “somos envidiosas, competidoras, conventilleras”, cosa que increíblemente no sucede entre hombres. Que rara casualidad, una vez más somos desprestigiadas.

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Ph.: Pharu Fotografía

Hoy en día asistimos a nuevas formas de violencias, solapadas e indirectas, pero que afectan tanto como la violencia directa, física y verbal. Por su parte, los medios de comunicación perpetúan y legitiman en sus discursos la violencia ejercida por la sociedad heteropatriarcal. Los modelos de belleza que impone la tv, las publicidades y las pasarelas presionan a las mujeres desde su adolescencia a verse extremadamente delgadas, lo que desencadena trastornos de alimentación como bulimia y anorexia y la discriminación hacia aquellas que no cumplen con la imagen de un cuerpo perfecto. Nuestra felicidad depende de ello: “Modelos, deportistas, actores y personas con imagen pública transmiten este mensaje; es una especie de salvación o redención individual a través del físico, tan extendida que se habla de epidemia de culto al cuerpo. El cuerpo se convierte en el referente más importante de la propia identidad que homogeneíza valores a falta de otros de diferente naturaleza. Se asocia con felicidad, éxito, estatus social y autoestima, y la relación de autoestima con imagen corporal es motivo y fuente de angustia. El deseo de alcanzar el modelo ideal y la imposibilidad de lograrlo provocan un conflicto entre lo ideal y lo real, que es más fuerte en las mujeres que en los hombres”, explica Carosio. Toda esta violencia simbólica es tan perjudicial como la violencia física que nos mata, la primera es leña que alimenta el fuego de la segunda.

¿Tan utópico suena creer en la posibilidad de desterrar la violencia hacia las mujeres y lxs cuerpxs feminizadxs? Desde los feminismos seguimos luchando, abriendo caminos y construyendo herramientas que posibiliten que cada vez más hombres y mujeres se alejen del régimen heteropatriarcal dominante que nos oprime. Todxs podemos infundir determinados valores para que lxs más chicxs crezcan en real igualdad. En las escuelas, en las casas, enseñemos a los nenes que no son superiores a las mujeres y que deben respetadas, concienticemos a las nenas a ser reales, libres, contestatarias y fuertes. Sigamos creando alianzas, organizando la rabia para defender la alegría en manada. ¡Sororidad! no estamos solas, hermanadas unamos fuerzas. No nos dejemos convencer por el discurso superficial y mercantil del capitalismo sexista y colonizador, es urgente y necesario un despertar social que nos acompañe en la lucha para desterrar todas las formas de violencias machistas. ¡Feliz a todas aquellas personas que se sienten mujer!


[1] De Beauvoir, Simone, El Segundo sexo.

[2] Curiel, Ochy y Falquet, Jules, El patriarcado al desnudo. Tres feministas materialistas: Colette Guillaumin, Paola Tabet y Nicole Claude.

[3] Butler, Judith, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad.

[4] Falquet, Jules, “La pareja, este doloroso problema. Hacia un análisis materialista de los arreglos amorosos entre lesbianas”.

[5] Carosio, Alba, “Feminismo latinoamericano: imperativo ético para la emancipación”.

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