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Una crónica. Un desafío. ¿Cómo no repetirse? ¿Cómo volver a describir emociones que ya nos atravesaron? Desde adentro y desde muy adentro, desde la pasión del pogo a la precisión de la distancia, intentamos contar lo que nos pasó la noche del 26 de diciembre. Un nuevo encuentro de rock, sensaciones que angustian no poder describirlas, y una banda que sigue marcando un camino. 

Por Andrea Leal @Bbelicosis y Carlos Sanabria @hayquearar

Fotos: Oro Eléctrico Producciones


“Uno escribe y escribe, después canta y después se replica. Es impresionante”, dijo Guillermo Mármol en medio de las estrofas de Entre llanos y antigales, canción que le da nombre al 11º material discográfico de Eterna Inocencia. Pegados a la valla lo miraban rostros atentos y expectantes, como de alumnos respetuosos con su profesor de historia, mientras los típicos revoltosos del fondo del aula seguían saltando y haciendo mosh.

La frase puede parecer trillada, ya que es lo que suele suceder con toda banda que luego de unos años tiene seguidores que se aprenden sus temas y asisten a sus shows. Pero a Guille le parece impresionante. Aun después de 20 años le asombra. Y no es para menos. Porque se trata de un mensaje que ha surgido lejos de la idea del camarín que está en el imaginario del rock y que no se agota en la independencia y la autogestión, sino que se planta con reivindicaciones sociales y políticas, transmite una inquietud, mantiene los conceptos de acción directa y solidaridad que remiten y conectan con aquellos fanzines del ’95.

Ese mensaje que se ha ido macerando a fuego lento y tuvo recepción en un público que jamás fue bombardeado con sus temas en la radio, se materializó en la segunda presentación de Eterna Inocencia en el Teatro Vórterix. Un nuevo encuentro lleno de emociones, “con una carga de amor muy fuerte” que se reflejó en las sonrisas y muestras de sorpresa que la banda manifestó ante la respuesta de su gente a lo largo del recital.

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Fogwill decía que escribía para no ser escrito, para sentirse libre y más dueño de sus actos que si simplemente obedeciera a los estímulos del mundo. De la misma forma, Guille entiende que su puño es la herramienta. El público lo sabe y se dispuso, una vez más, a disfrutar un momento y un sentido de liberación. En el encuentro de cuerpos empapados, en la violencia amigable del pogo, en la complicidad para subir a alguien al mosh, en la solidaridad para cuidar los caídos, en las sonrisas mutuas por compartir el sentido de una canción, o simplemente en la escucha atenta, así se vivió el fuerte golpe a la sensibilidad que fue el show de la noche del 26 de diciembre.

Desde aquel primer Vorterix el 1º de agosto, la gira de “Entre llanos y antigales” se extendió hacia distintas provincias. Les permitió generar un beneficio recíproco con múltiples paisajes, con los momentos de angustia y soledad más crudos y con distintos personajes que fueron alimentando sus ideas y la fuerza de cada tema de un disco que admiten que les costó mucho. EI volvió a pisar el mismo escenario desde el cual partió hacia ese viaje de aprendizaje para reafirmar la convicción intacta de de todos sus sueños, para agradecer, para hacer vibrar al público con la lírica de un hardcore donde el histeriqueo del rock no encuentra lugar, pero sobre todo, para plantear coherentemente una forma de decir y hacer que, según Guille, siempre es perfectible: “Siempre se puede mejorar. Pero son nuestros compañeros los que a lo largo del país nos acercan los temas, nos ‘mandatan’, como decimos nosotros, a escribir”. Cada uno de esos condimentos y experiencias lograron plasmarse en su último recital del 2015.

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“Maceramos con temor un destino inexorable, intentamos evitarnos para no caer, no desfallecer en suspiros, y morir de amor atrapados por la fuerza que aprisiona nuestros corazones”, fueron las primeras frases de un comienzo potente con tres temas al hilo que incluyó Tus heraldos, Cassiopeia y Puente de piedra. Guille saludó y anunció que iba a tocar “un buen rato”: 28 temas que no dieron respiro en un recital intenso donde no importó cada gota de sudor, porque Eterna despedía el año, porque más que nunca era momento de transformar las tristezas en canciones y así mitigar el dolor.

Siguió Verano en tu ventana y ya en Los que se han apagado, alguien del público se animó a intentar subir al escenario y tomar el micrófono unos segundos, pero los muchachos de seguridad no lo permitieron y allí murió el intento por mantener la costumbre presente en cada recital. Después de uno de los temas más vibrantes de “Las palabras y los ríos” – A Elsa y Juan, dedicada a la escritora Elsa Bornemann, autora de “Un elefante ocupa mucho espacio” entre otros libros – se produjo uno de los primeros momentos emotivos de la noche: en una semana particular en la que la ilusión del reencuentro entre Chicha Mariani y su nieta Clara Anahí duró apenas 24 horas, las gargantas no dieron abasto a la hora de apoyar la idea de Guille de “celebrar el reencuentro, ese gesto universal y maravilloso que es el Abrazo”.

Cañaveral recordó esa provincia de lucha, donde “todavía la ceniza cae” que es Tucumán, y un bloque de temas sin interrupciones culminó con Estuario, donde se hizo referencia a las inundaciones que padecieron (y siguen padeciendo) los habitantes del Litoral de nuestro país.

Un bloque de canciones del disco EI (2009), arrancó con “un temita formativo”: Congreso. En la misma línea sonó Arte es disfrutar, que interrumpió con toda potencia el cantito del público “Yo soy de Eterna, es un sentimiento, no puedo parar”. En una esquina del escenario, dos amigos se encontraron y aunque sus remeras estaban empapadas, no dudaron en abrazarse y permanecer así el resto de la canción, levantar sus puños y cuestionarse por qué pagar para tocar. En ese gesto pareció manifestarse el hecho de entender y defender la esencia contestataria, comprometida y despierta de Eterna Inocencia. “Son personas verdaderamente maravillosas. Nos han acompañado con lo que le cuesta a esta banda parir discos. Son 20 años y ocho discos, así que gracias por acompañarnos, porque además este es un público que cuando tiene que ayudar, ayuda como ese 22 de agosto en Moreno en un festival a beneficio de los inundados, un recital que caracterizó la mejor naturaleza del estilo de música que hacemos nosotros”, agradeció Guille una vez más, ese que no puede concebir otro cambio que no sea de raíz.

La historia no es objeto de construcción en un tiempo homogéneo y vacío, sino en el tiempo actual, que es pleno. Por eso, el contexto social y político siempre amerita a cuestionarse si entendemos lo que es la lucha por el poder, lo que es regar para siempre la tierra con sal. Sonaron así las necesarias líneas de Cártago, donde el bajista Ale Navajas puso la voz y el sacrificio.

Luego de tocar Iconoclastas – con la misma entereza y exposición de argumentos con los que Guille discutió cierta vez con un abogado en un festival cuya consigna era bajar el monumento a Julio A. Roca – y Dejen a los cerros en paz, se recordó a Oscar Moreno, Walter del Río y al periodista Hernán Scandizzo, autor del libro “La Patagonia petrolera, el desierto permanente”: “Gracias a esa red de compañeros es que aparecen estas canciones que tratan de pensar alrededor de una minería sustentable. Compañeros que, además, están muy conectados con la lucha de los pueblos originarios y ahí, claramente, hay mucho para escribir”. ¿Vamos?, preguntó Guille como invitando a retomar la acción. Reflexión y acción. Un decir y hacer constante arriba y abajo del escenario.

La solidez de Germán Rodríguez en bateria y la precisión de la guitarras de Roy Ota y Javi Pesquero siguieron presentes en Vivan mis caminos y Vientos de amanecer, seguidos de Entre llanos y antigales, un tema que para Guille podría llamarse “Vasija de barro” en honor al poeta salteño Ariel Petrocelli. No podía ausentarse el recuerdo y el homenaje a la figura de Matías Catrileo, mártir de la zona de Temuco y Puerto Montt. “Weichafe Catrileo” es una letra que Guille compuso en la cursada de Historia de América III en Puán.

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“Despreciable es el ruido que golpea de madrugada, varios años han pasado ya sobre mi cara…”. Uno de los grandes pogos de la noche llegó de la mano de Cuando pasan las madrugadas, que el mismo público inició cantando a capela. “Nos sacaron la ficha”, dijo Mármol. No solo hubo agradecimientos sinceros hacia esa energía que emanaba desde abajo, sino que también hubo algunas palabras dirigidas a los miembros de la banda: “Me cumplen el sueño con este primitivo instrumento. La voz se va desgastando. Gracias, compañeros por tocar así. No soy nada sin estos músicos”.

Todas las condiciones parecían estar dadas para escuchar ese himno de la banda que permitió unir miradas cómplices, palmas coordinadas y una sonrisa entre Guille y Roy: Nuestras fronteras, esta vez, dedicado a los compañeros de Antena negra TV. “Ha pasado un vendaval y aquí estamos soldando y soldando, parte por parte”, expresó Guille.

Oscuridad, un par de murmullos, una leve y anhelada brisa de aire y los primeros acordes de Le pertenezco a tus ojos crearon una atmósfera que removió hasta el último rincón de las emociones y sensaciones traducidas en un canto unificado que acompañó e hizo más ameno transitar por una realidad desgarradora que nos vuelve impotentes frente a las distancias inquebrantables. Respiramos, asumimos, nos negamos a aguardar y alguna que otra lágrima cobró protagonismo entre el público.

En la antesala de la despedida y la recta final del recital, Guille aprovechó la oportunidad para volcar su conocimiento dejando de lado los parámetros y métodos que la historia le impone a la hora del análisis, a diferencia del arte que le permite ser tranquilamente irreverente. Así hizo referencia a aquel encuentro entre Bakunin y Wagner en las penumbras de la ciudad de Dresde, para introducir en el tema Mis maestros: “Siempre hay una sábana blanca dispuesta cuando suena un teléfono a la noche, un fino y blanco lienzo para recibir a los compañeros”. El gesto y la reflexión fueron bienvenidos: desde el fondo se escuchó una voz femenina que gritó “¡Vamos, profe!” y a sus manos llegó un libro del periodista, político y anarquista mexicano Ricardo Flores Magón, que Guille agradeció pues no formaba parte de su biblioteca.

Resistencia y La radio comunitaria fueron las canciones encargadas del cierre, esta última, dedicada a los compañeros uruguayos de las bandas Pirexia y Setiembreonce: “Nos enseñaron de las radios comunitarias, de aquellos que saltan los tapiales para conseguir transmisores”. Así, una vez más la banda valoró y reconoció el laburo de los que apuestan a la comunicación alternativa y popular.

El telón se cerró y los últimos aplausos dieron paso al momento de las reflexiones tras ese vendaval de emociones y valores. Toda despedida es un sueño sin tiempo. La música es un eterno retorno. Fue tiempo, entonces, de pensar en el próximo encuentro que albergará a varios dispuestos a reafirmar que esto no es una aventura pasatista y adolescente.

 

 

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