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Recientemente, la aplicación de mensajería instantánea para celulares más usada del mundo ha brindado la posibilidad de elegir la tonalidad de sus “emoticons” .Son seis las opciones de color que nos da la ultima versión de Whatsapp. Finalmente, la población negra formará parte del mundo de los íconos. ¿Aceptación de la diversidad o falsa tolerancia?

Por: Tomas Hart @tomasshart

Ilustración: Disculpen la molestia


Es cierto, hasta hace muy poco, los hombrecitos y mujercitas que nos proponía la aplicación de la que es dueña Facebook desde 2014, eran blancos. En principio, agregar distintas tonalidades, que van del amarillo al marrón mas oscuro, parece ser un acto de integración. ¿Está mal que exista esta posibilidad? Claro que no, pero veamos un poco más allá.

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En la posmodernidad, ha surgido una especie de multiculturalismo cínico. Se trata de aceptar al “Otro”, pero solo hasta el límite en el que ese “Otro” no se nos acerque mucho. Es decir, a pesar de que sabemos que las vacas no son seres sagrados enviados por algún dios, respetamos a las culturas que así lo creen. Sin embargo, cuando la misma tradición hindú quema a las mujeres después de la muerte de sus maridos, dejamos de ser tolerantes. Este multiculturalismo tolerante se ampara en una visión puramente euro céntrica: “toleramos al otro mientras sus costumbres no dañen a nadie”. La tolerancia al “otro” llega hasta que se meten con “nuestro” sistema de valores.

La corriente de pensamiento poscolonial plantea la necesidad de que las minorías tengan el derecho a narrar sus experiencias como “victimas”, por lo que se desprende que la raíz de la explotación se encuentra en nuestra intolerancia hacia Otro. Se trata  de escuchar la voz de las minorías de forma directa, haciendo énfasis en la experiencia directa, práctica y personal. Sin embargo, hay que tener en cuenta que existe una intolerancia hacia lo “Extraño en nosotros”, es decir, la parte de nosotros que reprimimos, por ejemplo la sexual. Hay un Real insoportable con el que nos encontraríamos de forma traumática.

En estos últimos años, en Argentina –como también en otras partes del mundo- hay una exageración teatralizada para ser “políticamente correctos”. Como dijo Galeano: “Ahora las torturas se llaman apremios ilegales, la traición se llama realismo, el oportunismo se llama pragmatismo, el imperialismo se llama globalización, y a las víctimas del imperialismo se los llama países en vías de desarrollo”. El multiculturalismo y el poscolonialismo nos dicen “charlemos de la imperante necesidad de un cambio para que realmente nada cambie”, “que el whatsapp integre a los individuos de color para que realmente estos nunca estén integrados”.

La tolerancia hacia el Otro se mantiene mientras que el este no sea un fundamentalista intolerante, o sea, que no sea un verdadero Otro. Este tipo de multiculturalismo liberal nos muestra que es imposible mantener la tolerancia respecto al goce excesivo del Otro, por eso que debemos mantenernos a una distancia prudente. En cambio, un multiculturalismo crítico haría hincapié en las fuerzas comunes que nos oprimen y estereotipan. El énfasis se desplazaría a una lucha común, a las equivalencias y no a las diferencias.

El problema del “derecho a narrar” es que se basa en cuestiones puramente prácticas para su argumentación política: “solamente un transexual latino puede experimentar lo que significa ser un transexual latino”. Si solo nos basamos en las cuestiones prácticas, todos podríamos usar esa lógica de pensamiento “solo un torturador militar argentino puede explicar lo que sintió en aquel momento para llevar adelante lo que hizo”. La cuestión es reconocer que la “verdad universal” sobre determinado tema es excluyente del partidismo, y al mismo tiempo ambos conceptos se condicionan: la verdad universal sobre un tema se articula desde una perspectiva partidista. Una estrategia de lucha eficaz sería especificar los criterios de la “narración”: “estamos en contra del machismo, que está presente tanto en sociedades occidentales, orientales, pueblos originarios, campesinos, clases bajas etc”.

WhatsApp y clases sociales

Un suceso maravilloso que se ha dado en estos últimos años en Argentina es más que interesante para analizar. La cumbia villera como género musical surgió en la década de los 90/principios del 2000, en plena etapa neoliberal, caracterizada por una pobreza extendida. La identificación de las clases bajas con la cumbia era directa. Tanto las clases bajas, como las altas, visualizaban esa identificación. Sin embargo, en los últimos años observamos el surgimiento de bandas de cumbia integradas por personas de clase media/alta. En fiestas, boliches o reuniones a las que asisten las clases mejor acomodadas podemos escuchar y ver bailar este género musical a todos los presentes. Al mismo tiempo, podemos apreciar una transformación en el vestuario de los sectores sociales con menos recursos: comenzaron a utilizar ropas de marcas que suelen usar las clases altas como Lacoste o Levis, e incluso, comenzaron a vestir colores como el rosa, tono con el cual, durante la etapa neoliberal, a ningún “cumbiero” se le hubiera ocurrido salir a la calle.

Esta “villerizacion” de la clase media y el “achetamiento” de la clase baja se puede explicar desde dos puntos que se entrecruzan: la identidad y la economía. Por un lado, la necesidad de los individuos de identificarse con hábitos, costumbres y consumos, que al mismo tiempo no solo los identifican sino que los diferencian de los “Otros”. Por otro lado, la recuperación económica de esta última década permitió una reconfiguración en relación al consumo de ciertos sectores. Ahora las clases bajas tienen la posibilidad de comprar ropas de marca, a las cuales antes no tenían acceso. Al mismo tiempo, la clase media católica, tiene la necesidad de diferenciarse de esa clase alta derrochadora, inhumana y ostentadora, por lo cual, se identifica y se diferencia, por ejemplo, escuchando cumbia, obviamente, hecha por individuos de clase media, a diferencia de la cumbia villera, producida por las clases bajas.

Sin duda, la opción de elegir el color de piel de los emoticons, será utilizada por todos, pero sobre todo por las clases medias y altas. La posibilidad de ser o sentirse “negro”, al menos por un instante y cibernéticamente, nos da un manto de tranquilidad a nuestra culpa por no hacer nada para que las cosas cambien. Nos da la posibilidad de tolerar e interactuar con una persona de color.

La cuestión no está en determinar si esta bien o esta mal que exista la posibilidad de elegir el color de un emoticons, sino mas bien en dilucidar si es o no eficiente para la lucha por ejemplo, contra el racismo. En Argentina, quizás a diferencia de EEUU, la cuestión racial esta relacionada mas bien con las clases sociales. Alguna vez, todos hemos escuchado la frase “no es negro de piel sino de alma”. La falsa tolerancia hacia los “negros” es la que nos calma ese sentimiento de culpa que en algún modo, es lo único que nos motorizaría para hacer algo realmente. Así como McDonalds nos da la posibilidad de ayudar a niños de África comprando un Big Mc, el WhatsApp nos da la posibilidad de tolerar a los “negros” mientras satisfacemos nuestro deseo de comunicación instantánea que nos brindan las redes sociales o las empresas de telefonía, y finalmente, limpiamos nuestra conciencia, nuestra, culpa haciéndonos creer que “hoy hicimos algo para cambiar”, cuando en realidad simplemente somos los que reproducimos el sistema de opresión y racionalidad irracional del sistema capitalista. La violencia no es solo física sino que también es simbólica. Justamente, esta última es la más difícil de dilucidar. Seguir hablando de distintas “razas” humanas, por un lado es desconocer teorías sociales de antaño, y por otro lado, es seguir sosteniendo la idea de que hay diferencias, por ende, hay jerarquización –que sirven para justificar dominación- dentro de la humanidad.

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