La emergencia de Syriza en el contexto de la crisis griega fue una ilusión que se apagó muy pronto. Pareciera que el gobierno de Tsipras finalmente accedió a todo lo que se había opuesto antes de ser gobierno. Estarán quienes le reclamen su falta de valor, sobre todo porque tenía a su favor a un pueblo griego que había dejado en claro que no quería más ajuste. Estarán también quienes adviertan sobre las reales dimensiones del poder que Tsipras osó oponerse. A continuación, una cronología que resume los principales pasos dados por el gobierno griego desde su asunción a principios de 2015.

Por Alejandra Santiago y Pablo Lescano

Ilustración: Disculpen la Molestia


En el 2013 parecía que el candidato por Syriza, Alexis Tsipras, representaba la salvación para Grecia. La Troika, conformada por el Banco Central Europeo, la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI), seguía estrangulando a pesar de la crisis económica y el endeudamiento. Frente a ello, la postura de Tsipras era clara: “La crisis es un síntoma estructural del capitalismo, del neoliberalismo”, “Venimos a cambiar radicalmente la situación de Grecia”. Había que dejar de lado las políticas de ajuste y desempleo estructural, medidas características de una política económica neoliberal. El 5 de julio de 2015, con Syriza en el gobierno, el pueblo griego le dijo “NO” al ajuste a través de un referéndum popular. Sin embargo, días después el Parlamento griego confirmó el paquete de medidas económicas que habían sido rechazadas. “Es la única opción”, fue el justificativo. ¿Realmente era la única opción? Al aceptar las condiciones impuestas por la Unión Europea, Grecia terminaba de entregar su soberanía fiscal y política.

Mucha agua ha corrido debajo del puente desde el 25 de enero, día del triunfo en las elecciones de Syriza, la coalición de izquierda encabezada por Alexis Tsipras. La imposición del memorándum del 12 de julio, obliga a Grecia a poner en marcha un nuevo plan de austeridad más reaccionario que los anteriores. Ni bien asumió, el flamante primer ministro griego emprendió una gira por buena parte de Europa buscando cosechar solidaridades con el objetivo de poder renegociar la asfixiante deuda. Las buenas intenciones no fueron suficientes: más allá de alguna sutil simpatía, no hubo un compromiso real con la causa.

A partir del 11 de febrero se desarrollaron distintas reuniones del Eurogrupo en Bruselas. Los ministros de finanzas de la Zona Euro debatieron acerca de cómo abordar el problema de la deuda griega. En el transcurso de las negociaciones se diluyó un elemento clave que podría haber funcionado como contrapeso en el contexto de debilidad del gobierno griego: los 279.000 millones de euros que Alemania le debe a Grecia en concepto de reparaciones de guerra por la destrucción causada por el ejército nazi. Si, más de lo que Grecia le debe a sus actuales acreedores. Tsipras puso el tema sobre la mesa y lo caracterizó como una demanda histórica del pueblo griego. Sin embargo, la respuesta de Ángela Merkel, canciller alemana, resultó lapidaria: “No estamos reunidos para debatir sobre el pasado, lo que nos importa es el presente, y el presente son los compromisos a los que el gobierno griego debe hacer frente.”

Dos posiciones divergentes aparecieron en las negociaciones. Alemania, representada también por su ministro de finanzas Wolfgang Schäuble, planteó que Grecia debía respetar los compromisos contraídos anteriormente. En otras palabras, que pagara hasta el último euro. Por otro lado, el ministro de Finanzas Yannis Varoufakis, buscó una quita de la deuda, pero no lo consiguió: “…se negaban por completo a debatir argumentos económicos (…) La negociación fue interminable porque la otra parte se negaba a hacer concesiones. Insistían en un acuerdo global, es decir, en hablar de todo, que, en mi opinión, equivale a no querer hablar de nada. No hacían ninguna propuesta. Por ejemplo, las privatizaciones. Les presentábamos nuestra propuesta, la rechazaban y pasaban a hablar de las pensiones, o del mercado de trabajo, y así sucesivamente.”

Ante esta situación, el domingo 5 de julio tuvo lugar el referéndum convocado por Tsipras, en el que se le consultó al pueblo griego si estaba de acuerdo con las medidas de austeridad que exigía la Troika. Dato a no perder de vista: se le preguntó al pueblo si aceptaba el paquete de austeridad, pero no si aceptaría que Grecia se retirara de la Eurozona y del euro. ¿El objetivo? Tener una carta más de peso en el mazo para poder negociar en una mejor posición, como lo reveló Jacobin Stathis Kouvelakis, miembro en ese momento del Comité Central del Partido y uno de los referentes de la emergente Plataforma de Izquierda: “Tsipras y la dirección han estado siguiendo muy coherentemente la misma línea desde el principio. Pensaban que mediante un enfoque ‘realista’ en las negociaciones y una cierta firmeza retórica, obtendrían concesiones de los europeos. Pero cada vez estaban más atrapados en esa línea, y cuando se dieron cuenta de que estaban totalmente en una trampa, no tenían ninguna otra estrategia”. Quien sí tenía una estrategia era el ministro de Finanzas Varoufakis, que advirtió a Tsipras sobre la posibilidad de que los acreedores buscaran imponerle a Grecia un acuerdo humillante. Por ello propuso el control estatal a bancos, la desconexión del Banco Central de Grecia del Banco Central Europeo, y la emisión de pagarés propios. Luego de ser sometida a votación en el Comité Central del partido, la propuesta no tuvo apoyo.

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El “No” triunfó en el referéndum con un amplio margen, pero los acreedores impusieron un nuevo condicionamiento para negociar: correr a Varoufakis. Su presencia y argumentos en contra del ajuste a una economía con la soga al cuello incomodaban a la Troika. El ministro de Finanzas dio un paso al costado y fue reemplazado por el moderado Euclides Tsakalotos. La comitiva griega encabezada por Tsipras volvió a viajar a Bruselas con el mandato del pueblo griego en sus manos, pero los amos de las finanzas europeas le harían pagar cara la impertinencia de la aventura democrática. En un intento de forzar la rendición de Tsipras, Merkel y Schäuble le impusieron un paquete de reformas mucho más nocivo que los anteriores bajo amenaza de expulsar a Grecia del Euro y hacer saltar por los aires su sistema financiero. Sin oídos para condicionamientos, ni un solo reclamo fue atendido. Nada.

Tres paquetes de reformas desfilaron por el Parlamento griego, y para ser aprobados y que se habilitaran tramos de rescate que permitieran hacer frente al pago de la deuda, Tsipras debió recurrir al apoyo de la oposición de centro y derecha. Muchos de sus legisladores, el mismo Varoufakis en primera instancia, votaron en contra. La Plataforma de Izquierda, ahora escindida de Syriza, pasó a conformar un bloque propio llamado Unidad Popular. Consciente de la fractura generada al interior de su partido, el primer ministro presentó su renuncia y llamó a elecciones anticipadas para el 20 de septiembre, dónde volverá a ser candidato: “Tengo la conciencia tranquila y estoy orgulloso de la batalla que he dado. Sé que no logramos todo lo que prometimos al pueblo griego, pero hemos salvado al país. Hemos dado el mensaje a Europa de que tenemos que acabar con la austeridad.”

¿Fue la renuncia de Tsipras la crónica de una muerte anunciada? ¿Es Tsipras una especie de genio maquiavélico supertáctico, o es un jugador que apuesta fuerte y se ve superado por los acontecimientos, como afirmó Jacobin Kouvelakis?

La crisis que atraviesa Grecia ya lleva 7 años, el 90% de los Bancos se encuentran privatizados y el desempleo es de un 26%. Si bien existen similitudes con el caso argentino hay una diferencia clave, Grecia comparte la moneda con los que estrangulan su economía. Quienes amenazan con hacer perecer a su sistema económico, amenazan a la vez con despedirlos de la eurozona. ¿Qué pasaría si Grecia sale del euro? ¿Puede un país solo hacerle frente a la Troika? ¿Pueden existir negociaciones equitativas cuando las situaciones económicas entre los contendientes son extremadamente disímiles? Al permanecer en la Unión Europea, las esperanzas de mejora aparecen cada vez más lejanas. Así lo expresó Varoufakis: “[El ministro alemán de Finanzas, Wolfang] Schäuble siempre mantuvo la misma actitud: ‘El programa no se discute, porque el gobierno anterior lo aceptó y no vamos a cambiar por una elección. Con 19 países, siempre hay alguna elección pendiente y, si cada vez cambiáramos las cosas, los contratos entre nosotros no tendrían ningún valor’. Entonces tuve que responder que quizá no habría que celebrar elecciones en los países endeudados, y nadie me respondió, un silencio que solo puedo interpretar como que les parecía buena idea pero difícil de llevar a la práctica. Así que el que no firmara se quedaría fuera.”

Para retomar el sueño de la primavera mediterránea, parece necesario un cambio de rumbo. Si ese cambio se dará hacia adentro o hacia afuera de la Unión Europea, el tiempo y la lucha lo dirán.

 

 

 

 

 

 

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