Feminismo s/Luchas cotidianas

Todo odio es político

La lesbofobia, la transfobia, la homofobia, el odio hacia los cuerpos feminizados y la misoginia profesadas por los hijos sanos del patriarcado causan miles de muertes acá y en todas partes del mundo. Esta vez fue Laura Moyano, mañana puede ser cualquiera, pero no queremos sumar ningunx más. Ante la total ausencia de políticas estatales ¿Qué hacemos como sociedad frente a esta problemática? ¿Cómo cuestionamos la normativa heterosexual y el sistema patriarcal legitimado? ¿Cómo enfrentamos esta violencia simbólica que rige nuestros comportamientos y cuerpos? ¿Es posible dejar de ser cómplices de una dominación encubierta?

Por Estefania Veronica Santoro @fanusantoro

Ilustración: Disculpen la molestia

PH: Colectivo Manifiesto


Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas
(tan derramadas, tan abiertas)
y abriremos la puerta de calle
al monstruo que mora en las esquinas,
o sea el cielo como una explosión de vaselina
como un chisporroteo,
como un tiro clavado en la nalguicie.
Néstor Perlongher “Austria Hungría” (1980)

¿Hasta dónde puede llegar el odio? El pasado sábado 25 de julio hallaron muerta en un barrio de la provincia de Córdoba a Laura Moyano, una mujer trans. Tenía el rostro desfigurado y signos de mutilación genital, inmediatamente la organización de derechos civiles Devenir Diverse denunció que estaban ante un claro caso de crimen por transfobia. La brutal violencia ejercida sobre el cuerpo de Laura demuestra los más altos niveles de odio y desprecio y cuán grande puede llegar a ser la bajeza humana. Tres días después familiares y amigos realizaron una marcha para pedir el esclarecimiento del caso. Hablamos de vidas que se encuentran totalmente desprotegidas, que carecen de valor alguno, no se consideran sujetxs de derechos, no hay leyes que lxs amparen, las agendas de los medios hegemónicos no lxs tienen en cuenta, son vidas marcadas por la discriminación, la estigmatización, el sufrimiento y la violencia.

En nuestro país la ley de identidad de género, sancionada en 2012, permite que todos podamos elegir, en nuestro documento de identidad, el nombre y el sexo con el que nos sintamos idetificadxs. Dos años antes el Senado aprobó la ley 26.608 que posibilita que sujetos del mismo sexo puedan contraer matrimonio. Tal vez muchos pecamos de inocentes al creer que, en una sociedad donde se conquistaron grandes luchas a favor de los derechos de las multitudes LGBTIQ (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersex y queers) el odio se reduciría. Sin embargo, el rechazo profesado sobre estos cuerpos hace pensar que la realidad no ha cambiado demasiado, los logros obtenidos en materia de derecho civil no alcanzan para conseguir una verdadera y profunda aceptación social de las diversidades sexuales.

Ph.: Colectivo Manifiesto

Ph.: Colectivo Manifiesto

En Argentina al igual que en el resto del mundo, las multitudes cuya identidad de género no se ajusta a la norma heterosexual impuesta sufren toda clase de opresiones y esto sucede en la mayoría de los espacios por los que transitan a lo largo de su vida. En la privacidad de sus hogares, en las escuelas, en los lugares de trabajo, en las calles, en los hospitales, en los boliches, en las universidades. Las instituciones sociales lxs ningunean y la sociedad lxs desprecia y discrimina, es así como la gran mayoría decide ocultar su orientación sexual. Mientras tanto, lxs que se animan a visibilizarla padecen una condena que no solo es social sino también política y que puede llegar a quitarles la vida. Según la investigación “La gesta del nombre propio” (Josefina Fernández y Lohana Berkins, 2006) en nuestro país más del 90 por ciento de las personas trans (travestis, transgéneros, transexuales) sufren o sufrieron diversos tipos de opresiones que van desde los insultos, hasta la violencia física y toda clase de abusos por parte de las sociedad y las instituciones. En 2013 Amnistía Internacional realizó una investigación en todos los Estados de la Unión Europea y reveló que casi el 70 por ciento de las personas LGBTIQ ocultaban su orientación sexual.

“La actual falta de leyes sobre crímenes de odio perpetrados por motivos de orientación sexual e identidad de género reduce las posibilidades de que la policía y la fiscalía tomen debidamente en cuenta estos motivos de odio”, explica el fiscal, Francesco Messineo [1]. Asimismo, la falta de investigación imposibilita saber cuántas son las personas que sufren y mueren por año a causa de este tipo de crímenes, estamos ante una realidad sesgada, son muertes silenciadas. En nuestro país la lista es larga pero solo algunxs casos salen a la luz con nombre y apellido, entre ellos: Vanesa Ledesma asesinada por la policía en el año 2000 luego de ser detenida y torturada, Natalia Gaitán muerta de un escopetazo por el padre de su novia en 2010, La Ursula en 2005, Clota Lanzeta en 2001, el suboficial de Prefectura Naval Octavio Romero hallado muerto en el Río de la Plata en 2011, días después de pedir permiso para casarse con su pareja Gabriel Gersbach.

Ph.: Colectivo Manifiesto

Ph.: Colectivo Manifiesto

Ya sea por su aspecto físico o por tener una menor aceptación social, las personas trans son más discriminadas que el resto de las multitudes sexuales. A su vez, les es muy difícil insertarse en el mercado laboral, situación que las obliga a prostituirse exponiéndose a todo tipo de abusos, viviendo en la pobreza, la explotación sexual, la marginación total, y por sobre todas las cosas la violencia institucional por parte de la policía. Especialmente en América Latina, las personas trans padecen además otras formas de opresión como la discriminación por raza y clase producto de las realidades sociales en las que viven. No es lo mismo ser un gay o lesbiana blancx de clase media, que ser una mujer trans negra y pobre de una provincia del interior donde los mecanismos de discriminación se encuentran mayormente arraigados y legitimados. Hay un prototipo de gay blanco, musculoso y bello que se ha normalizado y aceptado socialmente y que crea nuevos marginados, aquellxs que no poseen las características de ese producto cultural creado por el imperialismo, retomando a Néstor Perlongher.


Heterosexualidad obligatoria

La heterosexualidad no es solo una elección sexual, es también un régimen político fundado en la subordinación y apropiación de las mujeres[2] como lo define Monique Wittig. Un sistema que nos obliga a formar parte ya que, es allí donde se pone en juego nuestra aceptación social. Cuando decimos que es necesario cuestionar la normativa heterosexual, nos referimos a desafiar este modelo que oprime a los sujetos sociales y considera que todo lo que no se ajusta a sus parámetros es una desviación, perversión y anomalía. No es solo la hegemonía del sistema patriarcal que subyuga los cuerpos feminizados, son también las categorías hombre y mujer impuestas por el régimen heterosexual que nos obliga a encajar en alguna de ellas. De lo contrario pasamos a formar parte del grupo de lxs desviadxs: homosexual, lesbiana, transexual, intersex, siendo estas etiquetas sangre derramada que alerta a los tiburones para poder atacar, profesando odio contra los que eligen construir libremente su sexualidad.

A lo largo de la historia de la humanidad se han establecido construcciones provenientes de diversas disciplinas que legitiman y justifican la heterosexualidad como la única condición sexual permitida y aceptable. Primero fueron las teorías religiosas, luego los conceptos e investigaciones psiquiátricas y psicológicas. Mientras seguimos leyendo a Freud e intentando comprender el complejo de Edipo, autores como Wiittig han logrado demostrar que estamos dominadxs por un régimen que condena la sexualidad femenina a la función reproductiva. La teórica reivindica la figura de la lesbiana al plantear que “no son mujeres” cuestionando así las categorías hombre y mujer y destruyendo el poder político heterosexual. La correspondencia entre sexo, sexualidad y género es una construcción social a la que no todos los sujetos pueden ajustarse, sino que por el contrario, falla constantemente, ya lo dijo Butler. Lo que se considera dentro o fuera de lo normal es una fabricación del sistema capitalista, la homosexualidad también lo es, definida de esa forma para poder ser perseguida, es así como Guy Hocquenghem nos devela la historia de este término. El sistema dominante reduce el deseo sexual a la función reproductiva heterosexual como única vía posible.

El odio hacia los sujetos que no se ajustan a la norma heterosexual y el odio profesado por el patriarcado no cesan de cobrarse victimas, esta vez fue Laura. Violentar, discriminar, estigmatizar, los cuerpos que el sistema dominante considera como anormales, ya se viene repitiendo en la historia de la humanidad desde sus inicios. Pero, qué es lo normal sino una construcción sociocultural legitimada históricamente por un régimen político que sostiene que todxs los que no encuadran en sus parámetros son considerados sujetos sociales fracasados, perversos, anómalos, monstruos, vidas perdidas, sin valor, sin derechos. ¿Realmente debemos seguir creyendo esta ficción? ¿Y si contamos el cuento al revés? ¿Qué sucede al invertir los roles? ¿Quiénes son los verdaderos monstruos? ¿Los sujetos que se encuentran fuera de la norma o los que se encargan de propagar y perpetuar el odio y la discriminación? ¿Cuánto tiempo de vida le queda al mayor sistema de exclusión social denominado heterosexualidad?. Muchos ya iniciamos la lucha contra la mentira más salvajemente construida, esa que nos hizo creer que se es hombre o mujer y que cualquier otra alternativa nos convierte en enfermxs, desviadxs o rarxs.

Ph: Colectivo Manifiesto

[1] Por ser quien soy. Homofobia, transfobia y crímenes de odio en Europa, Amnistía Internacional, 2013.

[2] El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Monique Wittig, 1992.

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