10551039_908942772503942_6934299638572102980_nEn el marco de la convocatoria #NiUnaMenos, desde Derrocando a Roca compartimos el artículo, escrito como una participación especial para nuestro medio, de Karina Bidaseca*, socióloga, activista feminista y una de las integrantes del colectivo de artistas, periodistas, docentes y activistas que organizó el acto del 3J en Plaza Congreso replicado en muchas otras del resto del país. Una reflexión acerca de cómo surgió esta campaña; que se espera tras la enorme respuesta de la sociedad al respecto, como así también, la urgente necesidad de reacción organizada frente a los feminicidios a partir de la sororidad y las genealogías compartidas. 

Por Karina Bidaseca @karinabidaseca


Los números no son simples estadísticas frente a un sistema opresor patriarcal que nos va matando de a poco. Hay más de 1800 muertas por feminicidio, 700 desaparecidas, y más en estos últimos años es un hueso duro de tragar. #NiUnaMenos es el símbolo de la sensibilidad de esta época que condensa una estructura de sentimientos y de lucha contra los feminicidios en América Latina, que surge con fuerza a partir de los asesinatos de mujeres en la frontera de México-Estados Unidos en 1993.

#NiUnaMenos se gestó en un grupo minúsculo sensible de escritoras, académicas, docentes, periodistas, artistas y logró trascender las fronteras locales, nacionales hasta llegar a Uruguay, Chile, que hoy también concentran con los mismos reclamos. Busca ser parte de un profundo cambio cultural, que proyecta una sociedad que en tanto deshace los binarismos sexuales, no sólo libera a lxs mujeres sino se libera a sí misma.

Buscamos el compromiso real del Estado, de los políticos y de toda la sociedad, especialmente el cambio en el seno del sistema que definimos como una Justicia patriarcal. Aquella justicia que nos condena, revictimiza y ejerce una “pedagogía de la crueldad” -en palabras de Rita Segato-, junto con los medios. Ambas maquinarias se activan en una lógica caníbal, mercantilista que pretende objetivarnos y desagenciarnos. Es a todas voces un discurso mimético, en otras palabras, se alimenta de la misma violencia que pretende erradicar.

Aunque no encontremos aún los 700 y más cuerpos de las mujeres desaparecidas por feminicidio, o sean sólo huesos en el desierto, en los médanos; la fuerza de #NiUnaMenos es haber logrado reunirlos a todos, agrietar el suelo del sentido común, logrando, por el encuentro entre movimiento, arte y política, alterar el régimen de lo visible y lo (d)enunciable.

El movimiento de mujeres inventó la sororidad para enfrentar la espiral del silencio y las violencias, evitando reproducir las violencias sobre otros. En mi mente siempre está presente una frase que repito en todas mis clases a mis estudiantes. La promulgó una gran mujer del movimiento feminista negro, Audre Lorde: “La casa del amo no se desarma con las herramientas del amo”. #NiUnaMenos es una nueva herramienta de lucha que podrá desarmar la violencia del amo.

La lista de mujeres muertas, desaparecidas, traumatizadas es explícita; nos alimenta la esperanza poder cerrarla de una vez para siempre. Estamos asistiendo a un nacimiento que se ubica en la lucha histórica de lxs mujeres contra la dominación patriarcal. No se trata de una acción nacida en el tuit. Tiene una genealogía. Viralizada la consigna que detenta una radicalidad política sin límites, que enfrenta la correctividad política, la doble moral de algunas figuras públicas y mediáticas. Tal vez nos sorprenda su masividad y estamos expectantes de qué sucederá luego. ¿Será un parteaguas en nuestra historia como sociedad humana?

Una genealogía

Actos llenos de crueldad, perpetuados en mayor medida en el hogar, nos llevaba a discutir la falsa dicotomía privado-público que actúa para des responsabilizar a los Estados, pero además deberían merecer una calificación específica y las mismas consecuencias jurídicas, como un crimen contra la humanidad. El nombre de «feminicidio» refiere a los crímenes ininterrumpidos de mujeres, perpetradas con dosis excesivas de crueldad, mujeres estudiantes y trabajadoras que producen las mercancías globales, sin que la plusvalía extraída de ese trabajo sea suficiente: si la deuda contraída con el capital es siempre impagable, la contraída con el orden patriarcal nunca podrá ser siquiera considerada. Nuestro país como otros en la región, han promulgado la Ley de Feminicidio, aumentando por ejemplo, las condenas de los femicidas, pero luego, los mecanismos del sistema judicial patriarcal permite que sean liberados o les otorgan la patria potestad sobre los y las hija/os que quedan huérfanos, muchas/os de los cuales inclusive han sido testigos de ese horror de observar matar a sus madres (el feminicidio vincular define como “feticidio”).

El movimiento de mujeres no defiende la corriente punitivista y respeta la importancia de la eficacia simbólica de la ley. Pero nada indica que las muertes por feminicidio disminuirán, ni tampoco su crueldad si no hay un cambio profundo, que sea gestado, parido, impulsado desde los movimientos de mujeres para abarcar a otros movimientos y a la sociedad. Hace poco leí una nota que tenía un llamativo título: “El feminismo la liberó”. Se refería a Yanina González, la joven acusada por abandono de persona seguido de muerte tras el asesinato de su beba a manos de su ex pareja, que fue absuelta gracias a la lucha del colectivo de mujeres, que se movilizó desde el momento de su detención arbitraria, ordenada por la fiscal Carolina Carballido Calatayud en 2013. La Justicia se encargó de emitir el mensaje de un castigo ejemplificador que culpabiliza a las mujeres y naturaliza la violencia machista, dejando libre al asesino. Los jueces (y las juezas) se arrogan impunemente el derecho a sentenciar a las propias mujeres, “víctimas” de esos varones amenazados, con condenas análogas a las impartidas a los dictadores que cometieron crímenes de lesa humanidad.

Esa misma justicia condenó a cadena perpetua a otra joven, Reina Maraz Bejarano, en noviembre de 2014 por el Tribual de Quilmes, a quien acompañamos en la presentación. Acusada de matar a su marido, Reina nunca comprendió por qué estaba en prisión en la Unidad Penitenciaria Nº 33 de Los Hornos, donde parió a una niña, la amamantó, cuidó de ella. Acompañamos a Reina en ese espiral de violencias que representa esta la justicia patriarcal. La joven parió sola en la cárcel una niña que nació en cautiverio, fue alejada de sus otros dos hijos pequeños. La historia de Reina Bejarano tiene que ver varios episodios que van complejizándose a medida que uno va queriendo comprender la trama de la vida. En esa trama se intersectan muchas discriminaciones que son las de ser mujer, boliviana, ser indígena, pobre, quechua hablante. Su cuerpo y su alma eran entregados como moneda de pago contraída entre varones. Violada en sucesivas veces, Reina se desmayaba, tratando de evadirse de esas violencias. La espiral de maltratos nunca cedió. Llevó inclusive a la fiscal a someter a su pequeño hijo a una Cámara de Gesell, induciéndolo con preguntas para culpabilizar a su propia madre. Un acto de violación absoluta de los derechos del niño fue prueba presentada en el juicio oral a la vista de todas y todos quienes estábamos presentes para condenar a Reina. ¿Ninguna ni ninguno de las y los magistrada/os pensaron en la vida de ese niño? ¿Cómo van a reparar ese daño infringido contra Reina, sus hijos y su familia? Esta experiencia en particular me llevó a pensar desde dónde impulsar el cambio. La pregunta parece ser: ¿CÓMO NOS LIBERAMOS LAS MUJERES DE LA JUSTICIA PATRIARCAL? ¿QUIÉN NOS LIBERAD DE LA JUSTICIA PATRIARCAL? 

*Karina Bidaseca es Doctora de la Universidad de Buenos Aires, en Ciencias Sociales. Investigadora Adjunta del CONICET, en el Instituto de Altos Estudios Sociales. Profesora Ajunta del IDAES en la Carrera de Sociología. Dicta cursos de Postgrado en IDAES y en la Facultad de Cs. Sociales, UBA. Coordinadora del Programa “Poscolonialidad, pensamiento fronterizo y transfronterizo en los estudios feministas” y del Proyecto “Violencia en mujeres subalternas. Representaciones de la desigualdad de género y la diferencia en las políticas culturales.” Autora del libro “Perturbando el texto colonial. Los estudios (pos) coloniales en América latina” (Ed. Sb, Bs. As., 2010); co-compiladora del libro “Feminismos y Poscolonialidad. Descolonizando el feminismo desde y en América latina” (2011); co-compiladora del libro “Legados, genealogías y memorias poscoloniales en América Latina: escrituras fronterizas desde el Sur” (Ed. Godot, Bs. As., 2014). Es activista feminista e integrante del Colectiva organizador de la Campaña #NiUnaMenos contra los feminicidios.

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