El primer trabajador

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Ezequiel Ferreyra

El silencio y la invisibilización son estrategias de las instituciones para negar las violencias que administran y distribuyen entre las personas más vulnerables. De esta forma, se oculta la injusticia estructurada en torno a los intereses de grandes empresas y funcionarios corruptos. El trabajo infantil en Argentina crece y sus condiciones son, en todo sentido, un espacio de abuso y maltrato donde niños y niñas, ocupan jornadas laborales en tareas que repercuten en su salud, su bienestar y desarrollo de capacidades. Largas horas en talleres textiles o en el campo, expuestos a riesgos que afectan directamente sus posibilidades de vivir. El siguiente es una crónica, una reflexión crítica, acerca de esta realidad innegable, cada vez más visible, como es la explotación laboral infantil.

Por Pablo Lescano @fu_ser1928


La Organización Internacional del Trabajo (OIT) define al trabajo infantil como: “cualquier trabajo que es física, mental, social o moralmente perjudicial o dañino para el niño y afecta su escolaridad, al privarlo de la oportunidad de ir a la escuela, obligarlo a abandonar prematuramente las aulas o exigirle que combine la asistencia a la escuela con largas jornadas de labor.” En la actualidad, se calcula que 400 millones de menores en todo el mundo son esclavos, de los cuales 168 millones trabajan y 85 millones de ellos lo hacen en condiciones peligrosas. En Argentina, según la Comisión Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil (CONAETI), la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes (EANNA), realizada en 2012, revela que la prevalencia del trabajo infantil es del 34%.

¿Dónde comienza este circuito que explota inhumanamente a menores y premia a los empresarios con ganancias exorbitantes? El primer eslabón comienza con la situación de los campesinos que junto a sus familias, son expulsados de sus tierras de origen las cuales son expropiadas forzosamente, destruyendo así la economía de subsistencia que practican.

Desde ese momento se pone en marcha todo un entramado de cooptación, engaños e ilegalidades que involucra a funcionarios de diversa índole, cuadrilleros que trasladan a las familias hasta el lugar de explotación, los productores que aprovechan esta situación para hacer la diferencia cuando les venden los productos a los supermercados e hipermercados. Explica Lucas Shaerer, periodista y militante de la Fundación La Alameda, acerca de esto: “Hay distintas formas de cooptación, generalmente hay una persona que los coopta, realizando el primer contacto, ofreciéndoles una vivienda, un buen salario y una buena alimentación; y después el traslado, donde generalmente les pagan el pasaje y eso constituye ya un mecanismo de endeudamiento, porque este pasaje es recordado como pase de factura en el lugar de explotación; los llevan a una zona aislada sin tener acceso a sus propios derechos desconociendo que hay un convenio, que no están endeudados sino que fueron víctimas de un delito federal, etcétera.” Asimismo, la cooptación no se produce sólo fronteras adentro sino que también con familias de países limítrofes, ante lo cual Lucas Shaerer es contundente: “También hay trata externa: involucra a la Dirección Nacional de Migraciones, pero también hay que hablar de los controles policiales o de gendarmería, asimismo del Ministerio de Trabajo pero también los inspectores laborales de cada localidad y después de los juzgados federales y las fiscalías generales que también a la hora de realizar la investigación son responsables de esto. Hay agencias laborales en Bolivia o en el Paraguay, o bien se desarrolla a través de una persona que va al pueblo y empieza a cooptar a la gente. Se los trae en micro o en camionetas.”

De acuerdo al estudio de la CONAETI, persiguiendo el objetivo de realizar una especie de mapa nacional de la explotación infantil, en el espacio urbano hay presencia de menores involucrados en tareas laborales en los siguientes ámbitos: productoras de televisión, locales de comida rápida, subterráneo, pero por sobre todo la industria textil, allí realizan tareas relacionadas con el corte de hilos y la colocación de botones, debido a sus manos pequeñas. Sobresalen al respecto la cantidad de talleres clandestinos que funcionan en Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Lucas Shaerer explica claramente el ritmo agotador de trabajo que sufre un niño involucrado en la industria textil: “En los talleres clandestinos tenés la misma vivienda y la misma explotación. Decimos trabajo esclavo porque supera las 12 horas y ellos residen en el mismo lugar donde se los explota. Están en negro, no registrados, trabajan entre 14 y 16 horas, y vive toda la familia.”

Pese a ello, cabe destacar que en Argentina el 60% del trabajo infantil se centra en áreas rurales, volviéndolo mucho más intenso que en la zona urbana. Allí los menores realizan tareas como la siembra, la cosecha, el cuidado de animales, recolectan diversos elementos y manipulan agrotóxicos. Ejemplos paradigmáticos de esto son: la industria del ajo, del ladrillo y la vendimia en Mendoza; la cosecha del arándano en Entre Ríos; la fruta del Alto Valle; el citrus en la región cuyana; la zafra tucumana; el cultivo de la yerba en la zona de Mesopotamia.
Entre los venenos o agrotóxicos que emplean los menores para realizar los trabajos en las áreas rurales, se encuentra el DDVP (mejor conocido como Vapona), el cual es un veneno – plaguicida fosforado sumamente peligroso, prohibido su uso por la convención de Ginebra y diversas organizaciones relacionadas con el medioambiente. Las empresas que lo comercializan venden un slogan con la falacia de que no es tóxico para los seres humanos. Mentiras calamitosas si las hay, este producto es comercializado bajo alguno de los siguientes nombres: Benfos, Cypona, Derriban, No-Pest, Nuvan. Causa diversas alteraciones en el organismo si se lo manipula de forma prolongada: respiratorias (exceso de fluido en los bronquios, ahogo); digestivas (náuseas, vómitos); afecta directamente el sistema nervioso central produciendo incoordinación, contracciones musculares involuntarias, visión borrosa. En casos de gravedad puede ocurrir psicosis, convulsiones y coma.

juzg-fed-escrachadoAllá por el año 2010, esta cuestión adoptó corpus mediático cuando se difundió la noticia del fallecimiento de Ezequiel Ferreyra de seis años de edad, víctima del trabajo esclavo en la granja avícola Nuestra Huella S.A. (la cual ya no existe en la actualidad) en el partido de Pilar, como consecuencia de la manipulación de Nuvan lo que le produjo un cáncer cerebral irreversible. Sin embargo, a diferencia del tratamiento mediático del tema, buscando presentarlo como un hallazgo, las investigaciones pudieron constatar la existencia de otros “Ezequiel”, todo negado por parte de la empresa como bien expresa Florencia Mujica, autora del documental La cáscara rota: “Cuando a la empresa se le preguntó por el trabajo infantil, en su explicación argumentó que eran los padres los que obligaban a trabajar a los niños, que ellos no tenían nada que ver. Porque en realidad se quiere poner de relieve la cuestión cultural, debido a que se argumenta que vienen de otro país.” Lo cierto es que hay muchos más “Ezequiel”, según ilustra Lucas Shaerer: “se llegó a estimar unos 200 chicos explotados por Nuestra Huella S.A. La misma empresa ya tenía una disposición para hacer trabajar a los niños, porque uno evaluaba la altura en donde colocaron a las gallinas para poner los huevos y la misma coincide con la altura de un pequeño. Cuando se crea la infraestructura para tales fines, se hace sabiendo que ahí se va a hacer trabajar a todo el grupo familiar. Pagando salario lógicamente fuera de convenio, sólo al adulto, pero también trabajan todos los hijos y la mujer, trabajando de lunes a lunes. Teniendo en cuenta que había galpones que iban de 35 mil a 45 mil gallinas. El guano que producen es muchísimo y ahí estaban los menores para llevar los pesticidas y demás para evitar las moscas.”

Recordemos que al calor de la disputa por las retenciones en 2008, Ezequiel, y tantos otros como él, iniciaban su derrotero laboral mientras los exportadores de la agroindustria buscaban sostener su modelo de híperganancias.

Una popular canción infantil reza:

“Arroz con leche
me quiero casar
con una señorita de San Nicolás,
que sepa coser,
que sepa bordar
que sepa abrir la puerta para ir a jugar.”

Muchos, como Ezequiel Ferreyra, no podrán abrir la puerta para ir a jugar.

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