Rasguñando las piedras, el arte de resistencia tras los muros

Cárcel

El terrorismo de Estado de los años ’70 reclama, aún, ser pensado y problematizado desde una mirada que alcance a ver más allá de los rituales conmemorativos que siguen siendo fundamentales para salir a la calle y sostener el pedido de memoria, verdad y justicia. A treinta y nueve años del 24 de marzo de 1976 todavía quedan experiencias por narrarse. Formas de solidaridad y cooperación colectiva organizada tras los muros de las cárceles habitadas por presos y presas políticos que, desde ahí resistían y hallaban formas, no sólo simbólicas, de liberación. Frente a la más dura disciplina de vigilancia y castigo, tenía sentido defender la vida. Tenía sentido rasguñar las piedras.

Por Pablo Lescano @fu_ser1928


“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”
ÍTALO CALVINO, LAS CIUDADES INVISIBLES

  Con anterioridad al golpe de Estado que inauguró la última dictadura militar en la Argentina, más específicamente a comienzos de la década de 1970, el capitalismo nacional se hallaba inserto en las transformaciones que requería un nuevo ciclo de acumulación a nivel mundial como el neoliberalismo. Frente a este escenario, se erigía la resistencia de los sectores populares, quienes veían cada vez más en retroceso las conquistas obtenidas décadas atrás. De esta forma, se configuró una situación de enfrentamiento, abriéndose un período de aguda conflictividad social, teniendo su epicentro en la protesta popular denominada “Cordobazo” en mayo de 1969 en la provincia de Córdoba, a la cual le siguieron sucesivos “azos” en el territorio nacional (el “Viborazo” en la misma provincia y el “Rosariazo” en la provincia de Santa Fe, son dos ejemplos al respecto).

  Amenazados los parámetros básicos del orden social establecido, la fracción oligopólica de la burguesía recurrió a las Fuerzas Armadas para desarrollar su proyecto económico y llevar adelante las transformaciones que el nuevo ciclo de acumulación capitalista neoliberal exigía. Para cumplir con ese cometido, el proceso militar tenía como objetivo emprender una transformación profunda de la sociedad, la cual antes de ello debía ser controlada y dominada por el terror y la palabra.

Entre ese conjunto de la sociedad se encontraban las presas y presos políticos, sobre quienes en el espacio carcelario se abatió este proceso de disciplinamiento, buscando generar su control, dominación y transformación, intentando romper con toda forma de solidaridad y en su reemplazo introducir lógicas emparentadas con el individualismo; generar competencia allí donde había cooperación y todo aquello que pudiese expresar algún rastro de homogeneidad, convertirlo en fragmentación.
Si bien ya había presos políticos durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, mejor conocida como Isabelita, las cárceles denominadas de “máxima seguridad” se superpoblaron durante la última dictadura militar, como expresa Débora D´Antonio en su artículo sobre represión y resistencia en las cárceles durante la última dictadura: “Luego del golpe, el número de reclusos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional se elevó a ocho mil seiscientos veinticinco personas, con un incremento respecto del año anterior de alrededor de un cuarenta por ciento y hacia 1977 otras mil doscientas personas fueron arrojadas en los presidios.”

Las condiciones de detención y posterior traslado de los presos políticos distaban de ser las ideales. Por el contrario, se llevaban a cabo procedimientos que no diferían lo suficiente del que sufrían las personas que luego han sido desaparecidas, como lo manifiesta Leopoldo, preso en la cárcel de Sierra Chica: “Primero estuve secuestrado-desaparecido 93 días donde fui torturado permanentemente, era un delincuente terrorista subversivo.” La diferencia sustancial de los presos políticos, una vez ingresados en el espacio carcelario, con los desaparecidos, radicaba en que los primeros se hallaban, como hemos mencionado anteriormente, “legalizados”. Esto significaba que podían tener contacto con sus familiares más cercanos mediante un régimen de visita.

  En el interior del espacio carcelario, una vez que los sujetos han ingresado en su interior, se tienen que poner en marcha los distintos engranajes que permitan moldear los cuerpos, situarlos a merced del poder disciplinador, con el fin de que no se vuelvan a repetir las conductas que los privaron de su libertad. De esta forma, el sujeto es presentado como peligroso y al que hay que disciplinar. ¿De qué manera? Según expone Michel Foucault en Vigilar y castigar, se propone lo siguiente: “Aislamiento del penado respecto del mundo exterior, de todo lo que ha motivado la infracción, de las complicidades que le han facilitado. Aislamiento de los detenidos entre sí (…) Sofocar los complots y los motines que puedan formarse, impedir que se urdan complicidades futuras o que nazcan posibilidades de chantaje.”La figura arquitectónica para poder desarrollar ello en su máxima expresión reside en el Panóptico de Bentham, en donde el poder disciplinador posee dos características esenciales según el mismo Foucault: “Bentham ha sentado el principio de que el poder debía ser visible e inverificable. Visible: el detenido tendrá sin cesar ante los ojos la elevada silueta de la torre central desde donde es espiado. Inverificable: el detenido no debes saber jamás si en aquel momento se lo mira, pero debe estar seguro de que siempre puede ser mirado.”

  Ante todo, como señala Foucault, hay que proceder a romper con toda forma de socialización que despierte comportamientos o inclinaciones peligrosas entre los presos políticos. Individualizar para no dar lugar a conspiraciones o desmanes que puedan tener consecuencias contrarias a lo que se busca. Destruir toda forma de lazos horizontales que se pudieran llegar a entablar. Generar un individuo sometido, dócil, indefenso ante la maquinaria que se desplegaba ante sí mismo. Esto queda ratificado con el siguiente testimonio de Leopoldo: “El hombre no puede estar incomunicado. Si hay algo que te define como ser humano es la comunicación. Ellos tenían muy en claro que iban a romper toda forma de vínculo, de solidaridad. Si bien el régimen nazi fue lo más duro que había pasado en el mundo como represión y fue muy cruel, los milicos argentinos le dieron una vuelta a esa tuerca. Por ejemplo los nazis tenían barracas con dos mil tipos adentro, eso hacía que la solidaridad, la creatividad, distintas cosas que se fueron desarrollando. En nuestro caso, nosotros no las pudimos hacer: el hecho de no trabajar, de estar solo la mayoría del tiempo, de tener que buscar cualquier vericueto para poder comunicarte, hizo que fuera mucho más duro que lo que vivieron en esos campos de concentración.”

Panopticon  Frente al despliegue de la maquinaria disciplinadora, los presos políticos se las ingeniaron para construir mecanismos de resistencia. Sin embargo, ante todo, para poder llevar a cabo la empresa con éxito era necesario superar las diferencias políticas que se habían desarrollado afuera, con el objetivo de crear una causa común frente al enemigo en el espacio carcelario, como expresa Luis, preso en la cárcel de Sierra Chica: “No podíamos llevar al plano interno las diferencias que teníamos afuera, porque lo mejor que nos podía pasar era mantener la unidad frente al enemigo común que teníamos ahí dentro.” Ante una gran desproporción de fuerzas en las que el enemigo dispone de todo su aparato de poder, buscando imponer su disciplina con absoluta prepotencia, esperando como respuesta la absoluta sumisión, los presos políticos no consintieron pasivamente sino que se resistieron en las siguientes condiciones: total inferioridad física, pero sólida superioridad moral y política. Lo cual refleja Leopoldo en el siguiente testimonio: “Nosotros teníamos prohibido hacer gimnasia, hacer los materiales de lectura para distribuir. Para evadir eso poníamos guardia. El que hacía esta guardia te daba el okey si no había nadie y entonces de tal celda a tal celda hacían gimnasia. Así hacíamos con las distintas actividades. Teníamos compañeros que daban clases, teníamos recreación con compañeros que contaban las películas y era como ir al cine por la garra que le ponían, estudiábamos, militábamos. Sabíamos que si no lo hacíamos, no salíamos. Sabíamos que no había que caer en el plan rutinario, que había que cambiar los horarios. Cambiarles los horarios nos daba el plus de que no pudiesen notar que había otra rutina contraria a la de ellos, porque si notaban eso, caían en ese momento y te castigaban. A la rutina de ellos nosotros le contestábamos con una no-rutina propia.”

A pesar de los múltiples esfuerzos llevados adelante por la dictadura militar en el interior del espacio carcelario, no pudo lograr el fin último que pretendía para los presos políticos: su aniquilamiento en las diversas facetas que hacen a un ser humano. Principalmente no fue logrado porque frente a todo lo mencionado anteriormente se erigió la solidaridad como bastión principal. La resistencia de las presas y presos políticos no fue de tipo aislado, individual, espontáneo. Por el contrario, se desarrolló una organización, dejando de lado diferencias ideológicas de acuerdo a su procedencia, persiguiendo el objetivo de hacer causa común frente a un único enemigo que tenían en el interior de ese espacio. Diversas procedencias, diversos caminos, diversas historias, diversas experiencias, todo eso se conjugó para llevar adelante el desafío de impugnar cada uno de los mecanismos que el poder disciplinario tenía preparado para aplicar sobre ellos.
A través del desarrollo de lo que se puede denominar una militancia carcelaria, lograron no solamente mantener crepitando la llama de la vida, sino también configurar una disciplina de efecto contrario a la que recibían, una disciplina resistente, que les permitió generar toda una red de contención para actuar en bloque y no dejar a nadie a merced de las fauces del poder.

1 Comment

  1. Interesante e indispensable mirada de la situación de los ex presos politicos, vivenciados durante el presidio en la última dictadura militar argentina del 76- al 83. A esa experiencia la vivimos , en todas las cárceles en donde estuvimos detenidos, pero especialmente en la de Coronda, Santa Fe

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s