Oportuncrisis en el fútbol argentino

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La partida para nada prematura de Julio Grondona de la esfera de la vida (y por consecuencia también de la presidencia de la AFA), permite, por lo menos por un momento, ilusionarse con un cambio positivo en nuestro fútbol. Por cierto, ¿Cuál es nuestro fútbol? ¿La selección de elite que participó del mundial de Brasil 2014, o aquel que nos regala bostezos, preocupaciones e inseguridad cada fin de semana? Para escarbar en estos temas nos servimos de los testimonios de los periodistas Ezequiel Fernández Moores, Gustavo Grabia y Ángela Lerena, quienes participaron del panel de “Fútbol y Cultura Popular”, del Foro Nacional de Educación por el Cambio Social organizado en la Ciudad de Buenos Aires.

Por Carlos Sanabria @hayquearar


Se interrumpió el partido. Una imagen muestra a un grupo de sujetos subidos en lo alto de un alambrado. Otra, a muchachos que deciden darle un uso distinto a cientos de butacas: ya no servirán para agasajar a cientos de traseros, sino para que después de un largo recorrido, golpeen la cabeza de hinchas del equipo rival. Y el relator de turno vuelve a describir a los autores de estos actos vandálicos como “inadaptados”, o con el clásico “bárbaros”, a lo Domingo Faustino ¿Cuál será la responsabilidad de Julio Grondona en el incremento del poder de los barras? ¿Será más por acción o por omisión? ¿El sólido dominio de los barras es uno de los legados de Don Julio?

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En la apertura del panel “Fútbol y Cultura popular”, Ángela Lerena decidió jugar con la frase que pasó a la historia con Sarmiento, y propuso entender a los barras como “civilizados”, como personas que lograron adaptarse al sistema para “vivir del fútbol” y que cambiaron el amor de los colores, por el “amor a la guita” ¿Cómo desterrar a los barrabravas que nos sacan las ganas de ir a la cancha? ¿Es un problema a resolver solo por el Poder Judicial? Gustavo Grabia, periodista de Olé, fue pesimista al respecto: “Hay una rotación de barras, si meten en cana a uno, tenés otros diez que ocupan su lugar”. Sin embargo, propuso la acción ciudadana como solución, que el resto del público del fútbol deje de “darle entidad a los barras”, ya que si el “hincha común” no fuera a la cancha, “sería un buen punto de partida para mostrar al Gobierno”. “Pero el fútbol no es de ellos”, reflexionó Ezequiel Fernández Moores, y aunque desconocía la solución, el irse de la cancha solo profundizaría la entrega que le hemos hecho a los barras, “hemos arruinado el fútbol al dejarlo en manos de ellos, no son los dueños el estadio”.

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  ¿Y seremos tan distintos nosotros? ¿De verdad no somos como Ellos? ¿Estamos del lado de los buenos y los barras son los malos? “El hincha del fútbol es una mierda” sentenció Grabia. “No, son lo más sano del fútbol” contradijo Lerena. “Grondona no fue el factor fundamental de la violencia, si el hincha hoy ni siquiera puede ocupar el mismo lugar físico con otro. Hoy que no hay visitantes, los hinchas locales andan en “cacería buscando infiltrados”, retrucó Grabia. “Pero viajan por el sentimiento a donde sea, buscan en el fútbol su identidad, eso es lo más positivo”, argumentó Lerena. Y a la vez “toma literalmente al hincha de otro club como enemigo, por eso nos han ganado por escándalo en la lucha contra la violencia”, volvió Grabia. ¿Quiénes somos nosotros? Quizás haya que volver una y otra vez a las preguntas que iniciaron el párrafo…

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Si el cambio no depende de los hinchas, ya que ser “hincha” es algo muy heterogéneo, que puede por momentos ser muy parecido a un barrabrava y por otros algo completamente diferente, ¿Se puede esperar algo de los jugadores, de los trabajadores en cuestión? ¿Son el sujeto revolucionario estos hombres que son tratados como niños toda su vida, que viven rodeados de merodeadores que quieren obtener algo de ellos y que cargan sobre su espalda la presión de triunfar para sostener su hogar? ¿Serán el motor del cambio estos seres con relaciones completamente mercantilizadas y que desde los 15 años tienen botineras esperándolos a la salida de un entrenamiento?

Para Ángela Lerena, los únicos que pueden cambiar esto son los rebeldes, “los jugadores que buscan la gloria y no se van a jugar con los osos polares a Rusia”, los clubes que se inserten en el barrio y sean “fuentes de valores”, “un Estado que intervenga” para que los futbolistas no se vayan del país como si fuera la soja transgénica, y los hinchas, “los únicos capaces de la transformación”. A pesar de “no creer en la humanidad”, Gustavo Grabia valoró al fútbol al recordar que los momentos más expresivos de la relación con su padre fueron en la popular de Ferro: “la cancha es un lugar de afecto”, sin embargo mostró pesimismo con lo que viene, “nadie de nosotros podrá repetir esas experiencias de abrazos de gol con sus hijos, aunque ojalá sea yo el equivocado”.

Habrá que apropiarse del fútbol otra vez, cómo hicieron los sectores populares a principios de siglo “a pesar del origen de elite”, que historizó Ezequiel Fernandez Moores. En este recorrido lleno de grises, carente de soluciones acartonadas que tanto les gusta vociferar a la mayoría de los periodistas deportivos, habrá que valorar encontrarse con otras imágenes, ya sean de equipos a los que les broten sus identidades, de jugadores ansiosos por jugar a la pelota y no solo por ganar, de hinchas desesperados por disfrutar el buen juego y el espectáculo, y de barras que… ¡Bárbaros! ¡Inadaptados!

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