Una trompada a la memoria: el acampe wichi en Plaza de Mayo

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Quienes no vivimos en la última dictadura solemos preguntarnos acerca de la responsabilidad del ciudadano ‘común’. Y algunos pensamos que fueron cómplices por callar, pero otros comprendemos el miedo y estamos más cerca de entenderlos como víctimas. Cualquiera de estas posturas son aceptables, pero lo que hacer, es ver si hoy  no estamos actuando de la misma manera. Ya no hay ni miedo ni gobierna una dictadura, hoy elegimos nuestros representantes y podemos expresarnos libremente. Entonces ¿Qué es lo que nos frena a denunciar la violación de derechos humanos en la actualidad? ¿La memoria no sirve acaso para evitar que la historia se repita? ¿No denunciar la falta de agua potable, la falta de vivienda digna, el tráfico de bebes, la trata de personas, el asesinato, no es lo mismo que no denunciar la desaparición, la persecución en tiempos de dictadura? ¿Llegamos verdaderamente a un nivel de conciencia que nos permita levantarnos contra toda violación de los derechos humanos?

Por Tomás Hart

Todo hecho histórico que conlleve dentro de sí altos niveles de violencia o de conflicto social, marca el imaginario social que todos compartimos. La última dictadura Cívico Militar iniciada en 1976, una de las más sangrientas de América Latina, dejo una profunda herida en la historia y en la conciencia de todos nosotros. Con el objetivo de terminar con todo movimiento político que luchara por la construcción de un mundo mejor, militares, civiles, periodistas, y corporaciones, llevaron a cabo un plan sistemático brutalmente represivo acompañado con un plan económico que traía el hambre bajo el brazo.

Pasaron muchos años y varios gobiernos para que finalmente se condenen a militares y civiles implicados en crímenes de lesa humanidad. Abuelas, madres, hijos, organizaciones sociales, fueron los que siempre estuvieron luchando en pos de la memoria, y en pos de la justicia. Finalmente el Gobierno de Néstor Kirchner cristalizó esta lucha a nivel institucional y varios genocidas pudieron ir presos.

La memoria sirve para exigir justicia, para aliviar corazones, para construir un futuro sin ese pasado doloroso, para educar, para comprender nuestra historia, para recordar y levantar la voz de los que luchaban por un mundo mejor. Cuando decimos que sirve para evitar que algo así vuelva a pasar, no solo lo decimos por el futuro, sino también por el presente, y no solo lo decimos dentro del plano discursivo, sino también dentro del plano objetivo.

Mientras una multitud se concentraba en Plaza de Mayo por la conmemoración del Día de la Memoria, en una esquina de la plaza, cerca del escenario principal, se divisaban un conjunto de carpas y banderas que no habían llegado hace horas, sino que estaban instalados hacía 15 días. Un grupo de representantes de organizaciones sociales y pueblos originarios viajaron desde Chaco para exigirle al gobierno nacional y provincial que se escuchen sus reclamos. Vicky Maciel, una de las referentes  relataba que “venía a denunciar la represión y la persecución” del gobierno de Juan Carlos Bacileff Ivanoff, quien reemplazó recientemente al hoy Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich.

La lucha por el respeto de los derechos humanos obviaba un derecho tan básico como el agua “tenemos que tomar agua de los charcos, ya que no hay agua potable, hay contaminación, chicos enfermos. Hace dos semanas atrás hubo un caso de dos chiquitos aborígenes que estaban con un terrible grado de desnutrición, una jueza ordenó trasladarlos a Buenos Aires, pero allá el gobierno se negó”. La vivienda, el derecho a una casa digna también estaba ausente: “Hay miles de hectáreas que fueron cedidas a empresas que encima son subsidiadas, y ellos que son originarios, son despojados de sus tierras”. Vicky describió también la discriminación que sufren y el temor por el aumento del tráfico de bebés.

Más allá de este caso en particular, lo importante es que nos demos cuenta de que todavía falta mucho más. Mientras conmemorábamos legítimamente un nuevo 24 de marzo y hacíamos uso de la memoria, nos pasaba por el costado (literalmente por el costado de la plaza, entre vallas) la violación de los derechos humanos en el presente, en nuestro país, como una trompada en nuestra cara.

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